Yohei Moriya Miyakawa conversa con María Paz Otero (España)

Yohei Moriya Miyakawa conversa con la poeta española María Paz Otero (1995). Además de poeta está vinculada profesionalmente con la psiquiatría. Ha merecido distinciones como el III Premio de Poesía Joven Tino Barriuso por Nimiedades (2021), Premio Vitruvio de Poesía por A la tarde (2024), Premio Adonáis 2023 por Los atormentados (publicado en 2024) y el Premio Hiperión 2026 por Las cosas por su nombre.

 

 

María Paz Otero (Madrid, 1995) es poeta y médica, vinculada profesionalmente al ámbito de la psiquiatría. Su poesía explora el sufrimiento psíquico, los cuidados, las relaciones humanas, el amor y aquellas experiencias individuales que adquieren una dimensión colectiva.​​ Es autora de​​ Nimiedades,​​ A la tarde,​​ Los atormentados​​ y​​ Las cosas por su nombre. Su trayectoria ha sido reconocida con importantes galardones de la poesía joven española: III Premio de Poesía Joven Tino Barriuso por​​ Nimiedades​​ (2021),​​ Premio Vitruvio de Poesía por​​ A la tarde​​ (2024),​​ Premio Adonáis 2023 por​​ Los atormentados​​ (publicado en 2024)​​ y​​ Premio Hiperión 2026 por​​ Las cosas por su nombre.

 

 

 

 

 

1. Si tuvieras que defender que esos tres poemas —“Los atormentados”, “Una colchoneta en medio del océano” y “La cuidadora”— no solo funcionan como piezas independientes, sino como un núcleo simbólico que condensa la poética completa del libro, ¿cómo explicarías la relación interna que establecen entre sí en términos de tono, imagen y experiencia emocional, y de qué manera ese recorrido —de la apertura, a la deriva, y al cuidado— redefine la lectura del conjunto?

 

Bueno, los tres poemas —“Los atormentados”,​​ “Una colchoneta en medio del océano”​​ y​​ “La cuidadora”— forman parte de lo que sería, de alguna forma, el​​ mensaje global del poemario. Hablan de experiencias universales que, a la vez, son experiencias individuales.​​ Me parece inevitable: toda experiencia individual es, al final, la que acaba conformando la experiencia colectiva. De esta manera, Los atormentados describe ese mundo que a veces parece lejano, el de aquellos que sufren, pero que en realidad somos todos, en algún momento.​​ Y, como dice​​ “Una colchoneta en medio del océano”, podemos caer de uno u otro lado… como si acaso existiera realmente un lado u otro: la orilla o el mar, que en el fondo son lo mismo.​​ “La cuidadora”, de alguna forma, es el poema que se desmarca un poco de los tres, porque es un regalo a aquellas personas que cuidan. Pero también vuelve a esa experiencia colectiva en la que todos queremos, al final del día, querer y ser queridos; cuidar y ser cuidados.​​ Y es que todos estos roles —el que sufre o el que cuida, el que está en la orilla o el que está en la colchoneta en medio del océano, el que observa o el que es observado— son, en esencia, intercambiables.

 

2. Si asumes que en tu poemario la figura femenina aparece como cuidadora no por una decisión idealizada, sino como un reflejo —casi inevitable— de una realidad social que aún persiste, ¿cómo dialoga esa representación con tu propia mirada crítica: crees que el poema se limita a registrar ese desequilibrio o, de algún modo, lo tensiona y lo pone en cuestión al mostrar las implicaciones emocionales y simbólicas de que el cuidado recaiga mayoritariamente en ella?

 

Bueno, efectivamente el foco está puesto en la figura femenina como cuidadora principal, porque creo firmemente que la sociedad heteropatriarcal en la que vivimos sigue poniendo, de alguna forma, ese peso sobre la mujer.​​ Entonces, lo​​ que se busca es no solo señalar este desequilibrio, sino también criticarlo de alguna manera. Porque muchas veces esta colocación de la mujer en la posición de cuidadora creo que es una imposición: a veces más sutil y soterrada, y otras veces más evidente.​​ Me gustaría destacar cómo la hermana, la hija, la mujer, la amiga, la madre ocupan esta posición, muchas veces inevitable, y toda la carga que eso puede conllevar. Y, de alguna forma, cuestionar el porqué ha ocurrido esto, por qué sigue ocurriendo y qué consecuencias evitables tiene esta balanza tan poco justa.

 

3. Desde una perspectiva psiquiátrica, si en la sección de “lo extraño” trabajas esa vivencia de desbordamiento y extrañamiento propia de la experiencia psicótica —donde el lenguaje se quiebra—, mientras que en “Voces de silencio” propones un giro hacia la escucha de ese mundo interior marcado por el mutismo y la introversión, y en “Las ventanas” introduces una posición de observación que combina cercanía y distancia, ¿cómo entiendes el tránsito entre estas tres instancias: como un recorrido clínico que va del síntoma a su posible simbolización, o más bien como una puesta en escena de los límites mismos del lenguaje frente a la psicosis? Y, en ese sentido, ¿qué lugar ocupa tu voz como mediadora entre la experiencia del paciente y su inscripción en el poema?

 

Bueno, el silencio y la palabra —o el lenguaje, mejor dicho— son elementos con los que trabajo habitualmente; casi los únicos elementos.​​ Creo que es muy importante prestar atención por igual a uno y a otro. Y considero que los puentes que se cruzan entre esos tres poemas son precisamente eso: los límites del​​ lenguaje para expresar no solo la psicosis, sino también experiencias inefables que todos hemos vivido.​​ De alguna forma, ahí se consolida —no se culmina— lo que es una experiencia psicótica, pero que también ocurre en muchas experiencias no psicóticas y que muchos de nosotros podemos haber experimentado.​​ Precisamente ahí es donde hay que ahondar: en los límites de las palabras, en los límites del lenguaje, en las cosas que no se pueden pronunciar porque son increíblemente dolorosas, increíblemente incomprensibles o increíblemente abrumadoras.​​ Eso es lo que hace mediar, de alguna manera —aunque sea contradictorio con mis palabras— entre esas experiencias que nos dejan, precisamente, y valga la redundancia, sin palabras, y el sentimiento común.

 

4. Considerando que incorporas citas de poetas que atravesaron la enfermedad mental y, al mismo tiempo, tu escritura no parece quedar absorbida por esas influencias, ¿cómo concibes el papel de esas voces dentro del libro: funcionan como una compañía silenciosa que acompaña tu mirada, como un diálogo respetuoso con una tradición previa, o como un punto de apoyo desde el cual afirmas una voz propia? Y, en ese equilibrio, ¿de qué manera logras que esas referencias enriquezcan la lectura sin diluir la singularidad de tu propuesta poética?

 

Bueno, al incorporar esas voces, yo lo que pretendía precisamente era, en primer lugar, darles un lugar; eso es lo primero. Porque han sido voces que a mí me han inspirado y voces que han tenido un peso muy importante en la literatura y en la reivindicación de la escritura desde el sufrimiento psíquico.​​ Y, por otro​​ lado, simplemente colocarlas ahí. Colocarlas ahí: introducir al lector en los mundos de estas personas, que podrían ser cualquiera de los protagonistas del libro.​​ Esas eran, un poco, mis pretensiones, más allá de mi admiración por todas las personas que están citadas y por sus obras: permitir que esas identidades concretas, conocidas, leídas por muchas de nosotras, se conviertan en unos espectadores.​​ Que se sienten al lado, en la butaca del cine, de alguna forma, a la hora de leer el libro.

 

5. Si en tu poemario te sitúas como testigo de una sociedad que, ante la enfermedad mental, tiende a ignorarla o maquillarla porque pone en crisis sus propios discursos políticos, sociales y económicos, ¿cómo concibes tu escritura frente a esa realidad: como una forma deliberada de señalar y cuestionar esas fisuras, o como un gesto más íntimo de observación que, al dar voz a lo que suele silenciarse, termina revelando —casi de manera inevitable— las limitaciones de esos marcos colectivos?

 

Creo que es una voz genuina que surge desde la observación más inocente.​​ Cuando escribí este libro, estaba empezando a trabajar; estaba abrumada y fascinada por muchos de los fenómenos y de las historias que iba conociendo, y que, como digo, también menciono en el libro, generosamente compartieron conmigo muchas personas.​​ De esa observación curiosa e inocente surge, digamos, un señalamiento de las fisuras del sistema y de este estigma todavía tan absoluto que existe hacia las dificultades o hacia el sufrimiento psíquico de los otros y las otras.​​ Y espero haber conseguido que, simplemente con esta observación, queden en evidencia por sí mismas esas grietas; esas grietas en las​​ que todos incurrimos inevitablemente en un momento u otro.​​ E intentar que, simplemente, la observación o la puesta de manifiesto sirva como punto de partida, o como toma de conciencia, de estas realidades que, como decía al principio de la entrevista, son individuales, pero a la vez colectivas.

 

6. ¿Cómo articula​​ Las cosas por su nombre, en su estructura de díptico, una relectura contemporánea del desamor y el re-enamoramiento como experiencia casi milagrosa en lo cotidiano, y de qué manera este logro poético dialoga con el hecho inédito de que su autor sea el primero en reunir tanto el Premio Adonais como el Premio Hiperión dentro del panorama de la poesía joven en lengua española?

 

Bueno, a mí me pone muy contenta haber ganado este premio —o, mejor dicho, estos premios— con dos libros radicalmente diferentes. Sin embargo, me gusta pensar que en ambos existe una voz común que, en el fondo, busca simplemente observar las nimiedades.

 

Dejando de lado mi primer libro, estos dos trabajos son, en efecto, radicalmente opuestos. Uno aborda los sufrimientos comunes, como decía; y el otro se adentra en algo tan universal y, a la vez, tan individual como el enamoramiento y el desenamoramiento, o más bien a la inversa: el desenamoramiento y el reenamoramiento.​​ Entonces, el hecho de que dos libros tan distintos hayan sido reconocidos supone para mí una alegría inmensa. Porque, como señalaba, creo que ambos coexisten y que he logrado ser fiel, en cada uno, a una voz propia y a un mismo impulso: el deseo de mirar, con atención, las cosas pequeñas.

 

 

 

***

 

 

 

Nimiedades

 

 

Tu luz era fuente de gozo aquellos días.

No importaba más

la piel dura de las sombras,

ni el rasgado sol de aquel otoño incipiente

impedía aún el rojo de la tarde.

 

Entonces era más joven y escribí

poemas remilgados. Inventé para ti paisajes tiernos

y la esperanza

de aquel que desconoce,

iluminaba mi rostro y transformaba el presente

en un futuro favorable.

 

Quisiera ahora, sin embargo, nimiedades.

Verte dudar junto al estante de los yogures,

mirarte hervir las patatas,

sacudir de tu hombro las gotas

algún día en que, al salir del cine,

nos sorprendiese la lluvia y su fragancia

 

 

 

 

 

 

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