PlayingKafka. Aristas de lo kafkiano: nuevo libro de Ronaldo González Valdés

Leemos una muestra del nuevo libro de Ronaldo González Valdés, PlayingKafka. Aristas de lo kafkiano, publicado por Círculo de Poesía Ediciones y la Secretaría de Cultura de Jalisco. El libro cuenta con un prólogo de Hugo Garciamarín y con ilustraciones de Pablo Toussaint. Este libro ofrece un acercamiento inusitado en la experiencia lectora del universo kafkiano y da un repaso no sólo a los recovecos de la obra del autor checo, sino a sus comentaristas más notables.

Ronaldo González Valdés (1960). Sociólogo y ensayista. Es autor de libros como​​ Merodeos. Una visión generacional​​ (1996),​​ Sinaloa: una sociedad demediada​​ (2007),​​ Dispersa andadura. Ensayos de crítica cultural​​ (2018),​​ George Steiner: entrar en sentido​​ (2021),​​ Culiacán, culiacanes, culiacanazos​​ (2023) y​​ Tiempo y perspectiva. El Guacho Félix, un misionero secular​​ (2024), entre otros.

Dice Hugo Garciamarín en el prólogo:

(…) la propuesta de juego que presenta el autor es la de ensayar lo personal, reflexionar sobre el autor de​​ América (o El Desaparecido), interpretar sus otras obras y explorar ese agobiante lugar efímero en el mundo que oscila de lo inmenso a lo particular. González, cabe señalar, no busca desentrañar el trasfondo último de la obra de Kafka, sino recorrer sus contornos a través de escribir y dejarse sorprender. Por eso, intuyo, el escrito no fue pensado como un libro convencional, con introducción, capitulado y conclusiones; sino como un texto fragmentario: una sucesión de imágenes concretas de lo cotidiano, del propio autor, de los debates en torno a Kafka y de la vida misma; imágenes que, en sí mismas, encierran una o varias ideas que pueden —o no— vincularse entre sí.

Mientras que, en la cuarta de forros, Roberto Amézquita dice:

PlayingKafka​​ es un opúsculo fragmentario, escrito a modo de glosas, apostillas y digresiones, que explora la figura y la obra de Franz Kafka a propósito del centenario de su muerte. El libro más allá de su profunda exégesis y notas biográficas, constituye un ejercicio personal de lectura y escritura: el autor recorre las interpretaciones más influyentes de Kafka (Lukács, Benjamin, Canetti, Blanchot, Bloom, Stach, entre otros) mientras entreteje reflexiones sobre lo cotidiano, la burocracia, el poder, la culpa y la escritura misma, argumentando que lo kafkiano no puede reducirse a ningún estereotipo, ni al laberinto burocrático ni al absurdo vanguardista, sino que se habita, ante todo, leyendo y escribiendo con la misma atención minuciosa con que Kafka observaba el mundo ordinario.​​ 

 

 

 

 

PlayingKafka. Aristas de lo kafkiano

 

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2 de junio de 2024. A propósito del lanzamiento del videojuego​​ Playing Kafka, en mayo pasado, estoy tentado a pensar que no pocas cosas del centenario de la muerte del escritor checo están cruzando ya la frontera hacia lo​​ mainstream, pero en dicho nivel, por cuestiones generacionales, soy incapaz de juzgar. Por lo pronto, espero que no sea este el remache del estereotipo de lo kafkiano (laberintos burocráticos desafiantes que hay que superar diestramente con el manejo de controles en mano).

 

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26 de abril de 2025. Dentro de un rato tendré que interrumpir mis lecturas y notas porque debo ocuparme en trámites burocráticos. Filas, aglomeraciones, tratos fríos e indiferentes. A pesar de que me acabo de jubilar, me queda mucho de eso todavía. Y con este ánimo releo el ensayo ¿Franz Kafka o Thomas Mann? de Lukács. Esa confrontación —me parece, ya a estas alturas, equívoca— del supuesto realismo del segundo con el supuesto vanguardismo decadente (aunque fuera, como decía Lukács, un vanguardismo “complejo”) del primero. No faltaron quienes, en vida de Kafka, lo ubicaron en el expresionismo alemán de aquellos años. Él nunca se reconoció como tal. Sabía que lo suyo iba más adentro y más allá de esas distinciones de la crítica académica (y no pocas veces ideológica). El propio Lukács, al compararlo con Hoffmann, escribe que, en Kafka, “hasta la vida se vuelve fantasmagórica sin que intervenga ningún fantasma”. Continúa diciendo el crítico húngaro que, “por mucho que se distinga Kafka en sus procedimientos narrativos de la​​ mayoría de escritores de vanguardia, su esencial principio de representación sigue siendo, sin embargo, el mismo de ellos: el mundo concebido como alegoría de una nada trascendente” (cursivas en el original). Acaso esa nada a la que se refiere Lukács se correspondiera con aquello que suscitaba el temor de Dostoievski, pero en Kafka, antes que la nada puramente nihilista (que en Dostoievski encarnaban los fanáticos terroristas de la Rusia de fines del siglo XIX o, en general, los desencantados “hombres del subsuelo” procreados por aquella híbrida modernidad de su espacio y su tiempo), está la contigüidad inmediata (e invisible a nuestros ojos vaciados por las apresuradas demandas de lo cotidiano) del absurdo y las convenciones.​​ 

Y uno se pregunta: ¿el absurdo es nada?; ¿el absurdo no existe?; ¿no dio cuenta Kafka de lo absurdo mejor que cualquier “realista”?; ¿no reside en eso la​​ verdad literaria​​ que la obra hace brotar de entre el enredado follaje de la realidad, sedimentándola en un imaginario?​​ 

Yo mismo, lo tengo muy claro, probaré la experiencia de esa realidad en unos momentos más. No con la intensidad enajenada del K. de​​ El castillo, pero me veré inmerso, otra vez, en ese absurdo que, en definitiva, es real​​ y-no-es-para-nada-la-nada.

 

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El 18 de febrero de 1920, en su diario, Kafka habla de Robinson Crusoe como el náufrago que decidió abandonar el punto más alto de la isla, el que le brindaba visibilidad y al mismo tiempo le permitía la posibilidad de avistar algún barco con la esperanza de ser rescatado. Ese Robinson “se puso a explorar toda su isla y a disfrutar de ella, se conservó vivo y finalmente —todo sea dicho, con una lógica no indispensable para el entendimiento— lo encontraron”. Se decidió a dejar de avisorar lo lejano desde lo elevado para ver lo cercano desde abajo. No avisorar sino ver, no subir sino bajar. El Robinson kafkiano está confinado y opta por vivir su confinamiento casi como autoconfinamiento, por explorar su isla hasta sus grietas mismas. Es el mismo Robinson-Kafka que un día después, el 19 de febrero, escribirá en ese cuaderno: “Dejo que mi necesidad continúe siendo necesidad, yo no dreno los pantanos, sino que vivo en sus brumas febriles”.

 

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Lukács reprochaba a Kafka su falta de “perspectiva” para encontrar en la realidad las notas destacadas de una literatura que diera cuenta de la “totalidad concreta”. Cuando, después de que le fue diagnosticada la tuberculosis, en su retiro en Zürau, Kafka escribía: “he asimilado con ganas lo negativo de esta época mía que me es muy cercana, de la que tengo el derecho, no de combatirla,​​ sino de representarla​​ en cierto modo” (cursivas mías, RGV), apuntaba una perspectiva más realista que la de cualquier “realista crítico” de su tiempo, y se sustraía, a la vez, de los encasillamientos de las vanguardias. Lo hacía sin ese propósito explícito, esa era su única y auténtica búsqueda: “Yo soy principio y fin”, remataba. Y sí, ha sido ambas cosas para la literatura moderna y contemporánea. (Cuaderno en H, Zürau, 25 de febrero de 1918).

 

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Empecinados en hallar, desde una lectura puramente sociopolítica, un sistema crítico en Kafka. A diferencia de la ciencia, es en la identificación con el estereotipo donde los sistemas ganan las batallas en literatura.

 

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Pocas veces un erudito escribe una buena novela. Eso lo han sabido, es de suponerse, los mismos eruditos. El deslumbramiento de la ficción suprema, dice George Steiner, dificulta la apreciación de ese cúmulo de ficciones con que se amasa la realidad. Kafka era buen lector, le gustaba el teatro más que la música. No era un erudito, y para convertirse en el escritor que quería ser, dejaba a la madeja del mundo desovillarse ante sí: “Quédate sentado a tu mesa y aguza el oído. Ni siquiera aguces el oído, espera tan sólo. Ni siquiera esperes, permanece completamente en silencio y a solas. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede hacer otra cosa; embelesado, serpenteará ante ti.” (Aforismo núm. 109 b.​​ Aforismos de Zürau. Primavera de 1918).

 

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¿Qué nos sigue atrayendo a la lectura de​​ La metamorfosis​​ de Kafka? Algo muy distinto de lo que atrajo a sus primeros lectores, todavía no conscientes de la manera en que, en aquella modernidad, sus vidas se habían vuelto superfluas y prescindibles, todavía no conscientes de la conversión de la vida humana en algo desechable. Nosotros, en cambio, a estas alturas de la historia, nos sabemos escarabajos en potencia.

 

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Hay que decirlo con más claridad: el mundo está ordenado, pero es absurdo. De ahí el pesimismo de Dostoievski y Kafka. Sólo que el primero temía al nihilismo como reacción a ese absurdo, mientras que al segundo le interesaba, más bien, penetrar hasta el fondo del absurdo mismo.

 

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Famosamente, a propósito de las interpretaciones teológicas de Kafka, Borges escribió (en el prólogo a la primera edición en español de​​ La metamorfosis​​ como libro autónomo —un título que él deploraba, pues nunca dejó de insistir en que ese relato tendría que haberse titulado​​ La transformación— de editorial Losada en 1938): “El pleno goce de la obra de Kafka —como el de tantas otras— puede anteceder a toda interpretación y no depende de ellas”. Tal vez esa lectura, “cruda” y no “cocida”, nos revelaría mejor lo kafkiano. Pero, ¿es esa aproximación todavía posible cuando casi todos creemos saber qué es lo “kafkiano” antes de habernos acercado siquiera a su obra? ¿Podemos acercarnos todavía a lo kafkiano sin una prenoción, sin ningún estereotipo de lo “kafkiano”?

 

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Steiner, para quien la extraterritorialidad alude al viaje por las lenguas, en Kafka la extraterritorialidad era​​ extraterrenalidad​​ o ajenidad extrema, extrañamiento permanente ante lo naturalizado como normal (“Tú no eres de la misma especie”, anotaba en su diario, en la entrada del 10 de octubre de 1921).

 

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Kafka escribió en 1909 un manual para la prevención de accidentes en máquinas de cepillado de madera, ilustrado con imágenes de manos cortadas: “Una obra maestra de la propaganda”, escribe Reiner Stach en su meticulosa biografía.

 

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“En lo recóndito, todo es ley”, escribió Rilke en su sexta carta a un joven poeta. Hasta donde entiendo, lo que quiso decir es que en la soledad todo es acaecer y uno mismo se vuelve acaecer. ¿Kafka hubiera dicho algo distinto? Lo recóndito, oculto bajo los mantos de alguna superficie, es inefable para él. Y, como lo supo el campesino que (en el relato “Ante la ley”) quería entrar en ella, la ley es inaccesible por inefable. Quizá por eso, entre otras cosas, Rilke, quien había asistido a la lectura de​​ En la colonia penitenciaria, el 10 de noviembre de 1916 en Múnich (un “fracaso realmente grandioso de todo el conjunto”, según Kafka), mostró un interés tan declarado por ese escritor apenas conocido todavía en 1922: “Nunca he leído una sola línea de este autor que no me haya afectado del modo más singular o no me haya resultado sorprendente” (en la carta al editor Kurt Wolf del 17 de febrero de 1922).

 

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Hablar de lo kafkiano tendría que suponer algo que va mucho más allá del estereotipo de la burocracia y la opresión sin más. Tendría que ver, por ejemplo, con los espacios y con la densidad del poder. No con una dialéctica de la servidumbre sino con un ejercicio del poder que fulmina como un rayo,​​ con una obediencia casi mecánica por cristalizada en su absurda alienación. Aunque se refiere a algunos pasajes de​​ El castillo, Roberto Calasso en su​​ K.​​ abre esta rendija de interpretación de la incomprensible obediencia de Georg Bendemann en “La condena”: “En las relaciones de poder, la tensión no es proporcional a la dimensión de los elementos en juego. Una habitación puede equivaler a un continente. Pero en la habitación las relaciones de poder se manifiestan con carácter más lineal, porque son mínimos los elementos que pueden distraerlos”. En el reducido espacio de un cuarto, como ocurre en esa breve narración, las pequeñas alienaciones personales sucumben fácilmente a las grandes alienaciones sedimentadas a lo largo del tiempo. La de Bendemann es la muerte por mandato del padre, sí, y por lo mismo es la muerte debida a una influyente y alienante tradición, robustecida por la culpa originada en la (¿imaginada?, ¿apropiada después del reclamo del padre?) “traición” al amigo lejano.

 

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Cuando el arte imita a la vida fracasa. Lo contrario, en cambio, siendo una figuración, es arte en sí mismo. La vida no imita a nada, salvo que la piense el artista. Y entonces se encontrará, en la frontera creativa, con el absurdo alumbrado por las narraciones kafkianas. Esa no es ya imitación de la vida, es la vida en la literatura, curiosamente despojada de los cosméticos de la convencional realidad: es verdad literaria.

 

 

 

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