abigael bohorquezAbigael Bohórquez, “poeta de poderosa y macha poesía” como afectivamente lo llamó Efraín Huerta, es uno de los más intensos de nuestro siglo xx. Al menos desde Las amarras terrestres (1969) había ofrecido una poesía madura, muy personal, intensísima. Navegación en Yoremito (1993) y Poesida (1996) son momentos casi insuperables de la poesía mexicana. En él encontramos, sin duda, una de nuestras cimas líricas.

 

 

 

 

 

 

Reincidencia

 

dejó sus cabras el zagal y vino.

qué resplandor de vástago sonoro,

qué sabia oscuridad sus ojos mansos,

qué ligera y morena su estatura,

qué galanura enhiesta y turbadora,

qué esbelta desnudez túrgida y sola,

qué tamboril de niño sus pisadas.

 

dejó sus cabras el zagal y vino…

ah libertad amada dije

éste es mi cuerpo, laberinto, avena,

maduro grano que arderá en tus dientes,

esquila, choza, baladora oveja,

tecórbito y aceite, paja y lumbre;

baja a llamarme, a reprenderme, a herirme,

a serenar turbadas hendiduras;

baja, pupila de avellana, baja

rústico centelleo, ráfaga de rocío,

colibrí de ardimientos,

soy también tu ganado, ven, congrégame,

descíñete, descúbreme

asido a tu cintura, dulce ramo,

caramillo de azahares en mi boca.

 

y ante mis ojos,

como un tañido de frescura,

triunfal y apasionado desconcierto

emergió de sus piernas trascendiendo

hacia todos mis dedos como galgos,

liebre espejeante, mórbida espesura,

la suntuosa epidermis respirando,

temblando, endureciéndose

en la gallarda péndola,

el orgulloso, endurecido bronce,

de su intocada parte de varón;

estallido, mordisco, ávida lengua, indómito pistilo,

dulzorosa penetración, pródigo arquero, novilúnido

semen,

plenamar de su espasmo,

de su primer licor, abeja de oro,

se me quedó en el pecho, pecho a tierra,

un gemido de manso entre los árboles.

Luego estuvimos mucho tiempo mudos,

vencedores vencidos,

acribillados, cómplices, sobre las pajas ásperas,

él junto a mí, sonando todavía

y yo, mi cara sobre sus genitales de salvaje pureza.

Recordé que se olvida.

Que no se dijo nada más.

 

Dejó sus cabras el zagal y vino.

Qué blanco, qué copioso y dul

 

ce

vino.

 

 

 

 

Se ha repetido hasta el lugar común que la crítica y los estudios sobre poesía mexicana son pobrísimos y limitados. Nunca fue más cierta esa idea que cuando abordamos el caso de Abigael Bohórquez. Poetas, críticos y académicos deberíamos sentirnos avergonzados por no haberle sabido dar el lugar que merece en nuestra tradición. Ejemplo claro de lo anterior es el hecho de que su trabajo no ha sido recogido por prácticamente ninguna antología de poesía mexicana. Nacido en 1936 y muerto en 1995, Bohórquez, “poeta de poderosa y macha poesía” como afectivamente lo llamó Efraín Huerta, es uno de los más intensos de nuestro siglo xx. Al menos desde Las amarras terrestres (1969) había ofrecido una poesía madura, muy personal, intensísima. Navegación en Yoremito (1993) y Poesida (1996) son momentos casi insuperables de la poesía mexicana. En él encontramos, sin duda, una de nuestras cimas líricas.

            Su poesía es una especie de escándalo del lenguaje, un decir que no sólo se aparta brillantemente de la norma lingüística sino que es, también, altamente emotivo y vertiginoso. En sus poemas asistimos a una puesta en operación de la lengua que retoma la fuerza del arcaísmo y aún construcciones sintácticas propias de los Siglos de Oro y la Edad Media. A lo anterior incorpora sorprendentes neologismos, no vacila en el uso de palabras o estructuras de ese dialecto parasitario, variado y vivo que es el slang o la castellanización de vocablos en inglés. Estos elementos, dispuestos sintagmáticamente por una inteligencia aguda e ingeniosa, generan un complejísimo tejido verbal que resulta sumamente atractivo no solamente por el extrañamiento que causa sino por su lirismo y por el tratamiento del tema homosexual. Su música es intrincada, con una especie de candorosa aspereza que se suma al ritmo que impone la silva, visitada por él no pocas veces.

 

Alí Calderón