Anne Stevenson: ¿Qué esperar de un poema contemporáneo?



Proponemos la lectura de una poética de la escritora británica Ann Stevenson (Cambridge, 1933). De padres estdaodunidenses, estudió en la Universidad de Michigan. En su primer poemario, Correspondencias (1974), se encuentra una preocupación por la ruptura de la moral puritana estadounidense así como una observación precisa del comportamiento humano. Su obra también muestra un aprecio por Elizabeth Bishop (de quien ha escrito dos trabajos), si bien el tema de su controvertida biografía fue Sylvia Plath, (…) (1989). Su Antología poética 1955-1995 apareció en 1996. Sus ensayos críticos fueron publicados en Between the Iceberg and the Ship (Entre el iceberg y el navío, 1998). A diferencia del imperante optimismo, Stevenson advierte que la poesía está, de hecho, “en partes”, habiéndose saturado de las cuestiones culturales y literarias del presente. Resuena la visión de Pound de un siglo atrás, las miradas puestas en la poesía que vendrá: original pero escrita por la del pasado, expresiva pero imparcial; llamando por una necesidad crucial de colocar de nuevo al poeta en la extraña tiranía del poema. El texto apareció en el volumen Strong Words. Modern Poetry on Modern Poets, editado por W. N. Herbert y Mattew Hollis, publicado en Inglaterra por Bloodaxe. La traducción corrió a cargo de Eyson Morales Raymundo.

 

 

 

 

 

Unas pocas palabras para el nuevo siglo

 

Nos guste o no, el nuevo de milenio nos encuentra a muchos de nosotros a merced de la tecnología y en la esclavitud de los medios. La poesía, como las demás artes, está “en partes”. Quienes se preocupan por ella son pocos, y en menor cantidad están aquellos que buscan dedicarse a ella como expresión artística. Sin embargo, en Inglaterra, como en los Estados Unidos, los poetas escriben bajo presión para complacer a una clientela especial. Escribir poemas (no el leerlos ni recitarlos) se ha vuelto una práctica común, los talleres de escritura permiten cada año la formación de amistades y un sentido de propósito individual como también una ruta de escape gratificante y relativamente fácil de las frustraciones personales. No hay nada de malo en ello, pues, de hecho, hay mucho que decir sobre un movimiento contracultural que motiva a la gente a apagar la televisión, ignorar la insípida pornografía de los revisteros y olvidar por un par de horas cada semana que se ha vivido en una sociedad consumista.

Así mismo, los seres humanos desean con vehemencia un alimento del arte, me refiero al arte del cual nos acordamos constantemente por las filas de personas que asisten a cada gran obra de Shakespeare, cada recital de “música clásica” (desde Bach a Stravinsky), cada exhibición de Viejos Maestros curada por la Real Academia de Artes o la Galería Nacional -en ocasiones incluso por el Tate (Galería Nacional de arte británico y arte moderno). ¿El poder de atracción del arte popular en nuestra sociedad trivial sugiere que nuestros niños, criados en una cultura basura y de estupidez televisiva, se encontrarán entre las multitudes que visiten en tropel las galerías de Londres y los salones de conciertos? Desearía poder pensar en una preferencia mejor que pudiera ser adquirida fácilmente que lo mundano. Puesto que mi tema es la poesía, permítaseme decir directamente que pienso que realmente perjudica (al arte, a la literatura y a toda la gente que acude a talleres literarios como una almenara en una época oscura) el hacer sencillas tanto la composición como la comprensión de la misma. La facilidad, como cualquier músico o atleta dirían, no crea felicidad ni bienestar. Lo fácil significa inmoderación, pereza al enfrentar desafíos y una cobarde reticencia a herir a la gente al decirles la verdad o a alterar el status quo. La simplicidad significa aceptar el mínimo común denominador de arte y extender la idea de que cualquier cosa que sea mejor para la gran mayoría es excelente.

Eso no quiere decir que deberíamos escribir poesía de una manera más compleja e introducirle teorías. Mucho de lo que escuchamos como posmodernismo intenta hacerlo innovador. La noción de que el arte “progresa” de la misma forma en la que la ciencia lo hace conlleva a una hórrida y destructiva malinterpretación. Pues, mientras que es posible demostrar que en química, por ejemplo, siglos de experimentos y deducciones han hecho que las fórmulas de los alquimistas sean superfluas, nadie podría realmente decir que las obras teatrales de Shakespeare serán permanentemente reemplazadas por los “más válidos” dramas de Harold Pinter. En la perspectiva del “tiempo geológico”, la civilización humana no es más que un pestañeo del tiempo. Si trazáramos una gráfica de nuestros logros culturales en una hoja diseñada a escala del tiempo humano, esta mostraría que la arquitectura occidental quizá habría estado en su punto álgido en la Grecia de los siglos IV y V antes de Cristo, la música junto con sus influencias en el siglo XVIII y principios del XIX y la literatura con Homero ocho centurias antes de la era cristiana. El arte occidental continuó cambiando en el último (y corto) siglo, lográndolo gracias al alejamiento de los estilos establecidos de una cultura desgastada y tratando de hallar inspiración en lo extranjero, lo exótico, en las tradiciones de pueblos frecuentemente derrotados: el jazz, la escultura africana, la pintura aborigen, la música india o indonesia. Empero, los compositores modernistas que rechazan la armonía clásica no son mejores que Bach y Beethoven; es probable que nunca disfrutarán de una fama similar. Y aunque Eliot y Pound destronaron a Milton para poner a Dante en su lugar, Philip Larkin veía con recelo los vers libre de los modernistas para encontrar un modelo en Thomas Hardy, ninguna justificación hecha de fe u opinión política puede probar que ni Larkin no los modernistas estaban en lo “cierto”.

Muchas emociones fuertes cambian de dirección o moda en las artes que vuelven sencillo el olvidar que ni el tiempo ni la cultura de nadie ha tenido alguna vez un monopolio de excelencia. Posiblemente no podemos saber qué harán los futuros lectores de la poesía de finales del siglo XX, pero pienso que nosotros, quienes escribimos ahora, deberíamos pensar en nosotros mismos como aquellos que han  llegado al final del período, el cual denominamos modernista. El posmodernismo es un final débil para un movimiento que en sí mismo fue el término del romanticismo. Para verdaderamente hacerlo de nuevo, debemos buscar las constantes que trasciendan la moda y el ansia humana por experimentar; por ende deberíamos preguntarnos qué es la poesía. ¿Por qué tenemos un gusto hacia ella? ¿Cómo nos afecta o ayuda? Por constantes me refiero a aquellos elementos comunes en la mejor poesía de todos los tiempos: sonidos del habla y patrones rítmicos originados de ritmos de latidos y pisadas; imágenes verbales derivadas de cosas que vemos, la no forzada expresión de emociones y, sobre todo, la compasión, una percepción psicológica por encima de la general, un instinto excepcional para relacionar el tema a tratar con la forma. En mi libro, el poema ideal del próximo siglo no será un juego para buscar referencias. No será una furiosa diatriba, una autoentrevista exhaustiva o un río de lágrimas que se desborde por las orillas de autocompasión. No confundirá novedad con originalidad. No temerá aprender de la poesía de los siglos pasados, pero tampoco la imitará. No ganará premios de poesía, puesto que no será escrita con “difusión” en mente. Ni un género, una raza, una nación, un partido político o un taller de escritura creativa. Aunque muchas de tales influencias podrían insertarse al “componerla”, al final será escrita por una persona muy extraña, una poeta sometida a nada más que a la tiranía e ingobernable necesidad de existir.