Rosa Carreto y su Causa justa para negar un beso



Presentamos un poema de Rosa Carreto, poeta mexicana del siglo XIX que no ha tenido la difusión necesaria debido a los machismos de la época y los que han permanecido en la literatura mexicana. Además lo acompaña un ensayo de Úrsula de Gante en el que hace una nueva valoración de la poeta y este poema a partir de una perspectiva feminista.

 

 

 

 

Rosa Carreto y su “Causa justa para negar un beso”

 

Rosa Carreto Díaz nace el 5 de septiembre de 1846 y muere el 11 de noviembre 1899 en la Ciudad de México[1]. Se le conoce como poeta angelopolitana porque llega al Estado de Puebla con su familia en 1849. Su primera educación es recibida en el hogar y, al morir su madre, trabaja para su padre, Santiago Carreto, como secretaria en su despacho de abogados. Asimismo, se dedica al magisterio en el Instituto Normal del Estado de Puebla donde funda el periódico estudiantil Alba en 1861. Entre 1880 y 1886 pertenece a las siguientes asociaciones literarias: Filarmónica de la Purísima Concepción, El Liceo Hidalgo, El Liceo Morelos, Gran Círculo Nacional de Obreros “Rodríguez Galván” y el círculo Artístico Literario “Carmen Romero Rubio”.

Reconocida como poeta, su obra aparece en los siguientes títulos: Poetisas mexicanas, siglos XVI, XVII, XVII y XIX (1892) de José María Vigil y La lira poblana. Poesías de Rosa Carreto, Severa Aróstegui, Leonor Craviotto, María Trinidad Ponce y Carreón, María de los Ángeles Otero y Luz Trillanes y Arriaga (1893), publicada en la imprenta de los sucesores de Francisco Díaz de León por orden del Gobierno del Estado de Puebla. Ambas antologías son expresamente elaboradas como muestras literarias de escritoras mexicanas para conmemorar el IV Centenario del Descubrimiento de América[2].

La escritora poblana también incursiona en la narrativa con géneros como leyendas, tradiciones, fábulas, también escribe teatro. Sobre las fábulas destaca el título Fábulas originales (1882), a cargo de la Tipografía Literaria de Filomeno Mata. La mayoría de las leyendas y tradiciones se encuentran publicadas entre 1882 y 1886 en El diario del hogar. El diario de las familias cuyo editor fue Filomeno Mata. Luis Mario Schneider recopila en Rosa Carreto. Obras completas (1992) algunas leyendas y tradiciones. De igual forma, se encuentran colaboraciones suyas en La Prensa entre 1883 y 1890. Tras su matrimonio con el escritor español Antonio García Tornel en 1893, se desconoce si continuó escribiendo.

Los personajes políticos y literarios que en su momento vieron en Rosa Carreto a una escritora valiosa son, el ya referido Filomeno Mata (1845-1911), Manuel M. Flores (1840-1885), Abraham Sosa (1845-1943) y el Gobernador de Puebla de 1869 a 1875, Ignacio Romero Vargas, quien le ayuda a ingresar a los más prestigiosos círculos literarios del estado. La recepción de la obra de Rosa Carreto se centra en sus publicaciones aparecidas en El Diario del Hogar. El diario de las familias, especialmente en la sección de “Variedades” donde los textos se caracterizaban por presentar poemas, narraciones y traducciones literarias. El público que leía la obra de la escritora era principalmente femenino y familiar.

A continuación, se presenta el siguiente soneto:

 

Causa justa para negar un beso

 

¿Por qué te ofendes, celestial, Aurora,

Cuando quiero imprimir mi labio ardiente

Lleno de amor en tu nevada frente

O en tu fresca mejilla seductora?

Si sabes tú que el corazón te adora.

Y por ti nada más late ferviente,

Si me has dicho que me amas tiernamente,

¿Por qué te muestras tan esquiva ahora?

Cuando sabes que te amo con exceso,

¿Es acaso un delito, una locura,

Que bese yo tu faz que es mi embeleso?

¿Te ofende la expresión de mi ternura?

-No señor, no me ofende con su beso,

Pero me descompone la pintura (291).

 

Para comentar este poema tomaré la crítica feminista propuesta por María Milagros Rivera Garretas en su libro Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría literaria feminista (2003), tomo en primer lugar su concepto “categoría mujeres” y cómo se vislumbra en el presente poema. El poema presenta dos enunciadores uno que se superpone “masculino”, en la mayoría de los versos, excepto en los dos últimos donde el enunciatario se convierte en otro enunciador, en este caso enunciadora, a través de las marcas de diálogo y el guion: “-No señor, no me ofende con su beso, /Pero me descompone la pintura”.

La enunciataria muestra un apego al maquillaje, aspecto que toda mujer debía cuidar durante el siglo XIX y no porque ellas lo quisieran, sino porque así era, pues en aquella sociedad poblana el patriarcado dominaba. Sobre esta “categoría mujeres”, advierte Rivera: “es una categoría difícil porque no tenemos pistas claras para determinar…  qué es lo que en ella procede del orden socio-simbólico patriarcal, ni qué es lo que en ella procede de la resistencia al patriarcado, ni qué es lo que en ella procede del pensar en otros términos de la experiencia personal de vivir en un cuerpo sexuado femenino…” (61), sobre todo, también, cuando la brecha temporal es tan abierta. Precisamente se observa en este caso del siglo XIX, que es más difícil descifrar todos estos saberes sobre la “categoría mujeres”; sin embargo, más adelante la teórica destaca: “El postmodernismo ha negado la posibilidad de que exista una mujer, simplemente porque se ha cargado la posibilidad de existencia de identidades en lo absoluto” (62), pero en el siglo XIX  y en una colonia que había experimentado una independencia, con patrones de conducta patriarcales y de sometimiento, las mujeres sólo pensaban y se concebían mujeres al ser madres, esposas, monjas, maestras, hermanas, hijas porque sólo existía esta identidad de ser mujer, que no lectora, escritora, pintora, música, científica… a menos que el medio social lo permitiera, pero como una simple diversión o actividad de ocio. Quienes se enfrentaban a la sociedad para escribir, como en el caso de Rosa Carreto, debían hacerlo bajo todos los parámetros patriarcales de la época sin desviar la atención de dos aspectos importantes; el primero, escribir sin perder de vista la identidad de ser mujer y el segundo, maquillar la escritura para develar cierta crítica al medio social.

En “Causa justa para negar un beso” lo vemos, un hombre que practica el amor cortés y que le pide un beso a una mujer, pero que ésta se lo niega por temor a que el maquillaje se estropee, se aprecia esta dualidad, por un lado nunca perder de vista ese ser femenino, que se corteja, y por otro, se asoma una crítica que Carreto hace a su medio social y a las mujeres al estar más preocupadas por el rol femenino simbolizado en el maquillaje. Es decir, las autoras decimonónicas debían escribir desde su experiencia de vida y desde su forma de ver la vida, bajo estructuras misóginas que ya eran vistas con conciencia y eran ya veladamente criticadas. Lo que le da validez a este tipo de estudio es leer y escribir desde la experiencia de vida, según María Milagros Rivera porque “la experiencia femenina vive”, por lo tanto, la autora vive, las autoras decimonónicas viven.

El siguiente aspecto para analizar es “el patriarcado”, Rivera da muestra de varias definiciones de patriarcado que algunas estudiosas han presentado, la que para efectos de este trabajo sirve es la de Victoria Sau:

toma de poder histórica por parte de los hombres sobre las mujeres cuyo agente ocasional fue de orden biológico, si bien elevado a la categoría política y económica… pasa forzosamente por el sometimiento de las mujeres a la maternidad, a la represión de la sexualidad femenina y la aprobación de la fuerza de trabajo total del grupo dominado, del cual su primer, pero no único producto son los hijos (72).

Rosa Carreto cumplió con el rol de “esposa” al casarse a los 43 años, edad en la que era prácticamente impensable que una mujer lo hiciera, siguió lo marcado por el patriarcado, sin embargo, no cumplió con otro aspecto patriarcal, la maternidad porque la edad ya no lo permitió, por tanto, su fuerza de trabajo, la escritura, fue desacreditada, pues se valoró la obra de su esposo el escritor español Alfonso García Tornel y ella fue abandonada en el negocio de la familia donde murió en un incendio, olvidada.

Si apreciamos el aspecto textual que el poema ofrece, podemos ver uno de los elementos fundamentales del patriarcado “el amor cortés” que muestra, en palabras de Ana Jónasdóttir: “La forma de relación socio-sexual que domina actualmente es una en la que el poder del amor de las mujeres, entregado libremente, es explotado por los hombres” (73). En este caso, ese amor que expresa la mujer está fundado en el mismo juego del amor cortés del hombre que lo ofrece: “¿Por qué te enojas, celestial Aurora, /Cuando quiero imprimir mi labio ardiente/ Lleno de amor en tu nevada frente/ O en tu fresca mejilla seductora?”, un juego que se muestra con el uso del verbo “enojas”, ¿a qué mujer le enoja un beso?, pues sólo a aquélla que la misma sociedad patriarcal ha formado, aquélla que está más interesada en la apariencia, en el maquillaje, en lo superficial, en la mujer ignorante de sí, pero conocedora del mundo y de un mundo patriarcal en el que la mujer sólo es un objeto de adorno maquillado, pero que no es ciudadana y que no tiene participación política.

Esto se evidencia a partir de la aparición de un “contrato sexual” aparecido antes de un “contrato social”, en época de la Revolución Francesa, y si contextualizamos en México, a partir de la Guerra de Independencia donde este “contrato sexual comporta, para las mujeres, una pérdida muy importante de soberanía de sí y sobre el mundo” (75), donde el hombre y sólo el hombre dirija su mundo, su conducta, sus formas de pensar. No obstante, Carreto enfrenta la estructura dominante y con el uso de la ironía cobra un tono más laxo que le permite criticar, pero también provocar simpatía o risa, para acceder y participar “políticamente” en el canon literario de la época.

Sobre el “género” sabemos que es una construcción cultural y que en palabras de Gerda Lerner es: “La definición cultural de la conducta definida como apropiada a los sexos en una sociedad dada, en una época dada. Género es una serie de roles culturales” (Rivera 79). El género es esta imposición de roles que determina una cultura patriarcal. En el soneto de Rosa Carreto podemos ver la imposición del género, el rol que el hombre ejecuta es el típico “caballero” que quiere robarle un beso a la “mujer”, objeto de deseo y que se muestra en, prácticamente, todo el poema: “¿Por qué te enojas, celestial Aurora,/ Cuando quiero imprimir mi labio ardiente/ Lleno de amor en tu nevada frente/ O en tu fresca mejilla seductora?/ Si sabes tú que el corazón te adora/ Y por ti nada más late ferviente,/ Si me has dicho que me amas tiernamente,/ ¿Por qué te muestras tan esquiva ahora?/ Cuando sabes que te amo con exceso,/ ¿Es acaso un delito, una locura,/ Que bese yo tu faz que es mi embeleso?/ ¿Te ofende la expresión de mi ternura?”. El hecho es que se muestra el rol impuesto al hombre que profesa el amor cortés, a través de la caballerosidad, porque la autora toma un enunciador masculino para hacerlo patente, mientras que la mujer muestra el rol, también impuesto de “enojarse”, de “mostrarse esquiva” y, al final del poema, la mujer sigue el rol de lo que yo denominaría “género decimonónico”, de estar más preocupada por el maquillaje, por la apariencia de ser objeto y no sujeto. La autora lo revela acentuadamente en la enunciación, pues quien lleva el desarrollo de la estructura y la voz poética es el enunciador masculino, mientras que quien sólo completa la enunciación es la enunciataria, que aparece sólo en dos líneas del poema, porque así se representa la estructura patriarcal de la época, a través de la imposición del “género”, reunido en todas estas conductas que promueve la cultura, en este caso, una cultura que había sido conquistada y que logró su independencia, pero que estaba en procesos de identidad nacional y en la cual mujeres, niños e indígenas no tenían ningún tipo de participación política, esta impostación del “género”: “es un disfraz, una máscara, una camisa de fuerza en la que hombres y mujeres bailan una desigual danza” (79). Tal “disfraz”, “máscara” o “camisa de fuerza” se nota en el poema: el hombre es educado y un caballero, mientras que la mujer rechaza esa caballerosidad, por miedo a que se descomponga su apariencia, lo que evidencia la falta de sincronía entre hombre y mujer que produce una diferencia tajante entre ellos. 

La diferencia sexual, dice Rivera Garretas: “se refiere directamente al cuerpo; al hecho de que, por azar, la gente nazca con un cuerpo sexuado: un cuerpo que llamamos femenino, un cuerpo que llamamos masculino” (81), lo que implica que exista una diferencia total entre hombres y mujeres, pues a pesar de reconocer tal diferencia corporal, no se reconoce una diferencia en la igualdad mental, política, social, psicológica. Si la cultura es patriarcal y son los hombres los que imperan en la concepción del mundo, por ende, del cuerpo; las mujeres han quedado fuera: “porque, tradicionalmente, el sujeto del pensamiento, el sujeto del discurso, el sujeto de la historia, el sujeto del deseo es un ser masculino que se declara universal, que se proclama representante de toda la humanidad” (82), vemos que en las representaciones ideológicas más fuertes que determinan la cultura patriarcal, efectivamente el hombre es el ser universal que representa a la humanidad entera.

Reflexionemos: Dios es una figura masculina y los representantes de Dios en la tierra son hombres; el Estado es una figura masculina y los representantes son hombres, ahora acceden algunas mujeres, pero que deben masculinizarse, en muchas ocasiones, para acceder; la ciencia está mayormente poblada de hombres, siguiendo estos parámetros era impensable que, en el siglo XIX, las mujeres tuvieran algún tipo de participación más directa en estos terrenos. Las mujeres no podían votar, por tanto no eran ciudadanas; las mujeres no podían leer o escribir, a menos que fuera por diversión o entretenimiento, la mujeres debían casarse y ser “ángeles del hogar”, ¿qué se podía esperar?, pues que mujeres como Rosa Carreto se integraran a la cultura patriarcal bajo el disfraz  y maquillaje de su literatura, de ahí, acceder al canon, ser reconocidas y mostrar no su diferencia, sino la igualdad en capacidades intelectuales para poder desarrollar la escritura y además obtener una retribución económica por ello.

La diferencia sexual se ha evidenciado más en la literatura de la segunda mitad del siglo XX, las escritoras de esta época tal vez no eran tan conscientes de una escritura desde el cuerpo, desde la diferencia sexual, porque era impensable tener una presencia reflexiva del cuerpo, ya que el medio, la educación, la formación de las mujeres no lo permitía, no obstante, comenzaban por hacer conciencia si no de diferencias sexuales, por lo menos de igualdad en derechos, en facultades mentales, en participación social, etc. Rosa Carreto, por ejemplo, fue una de las pocas mujeres que participó en la Batalla del 5 de mayo como promotora de paz y auxiliando a los hijos y esposas de soldados acaecidos en combate, si bien, como estructura patriarcal se muestra la participación desde “el amor” del “ángel del hogar” para Rosa Carreto fue el mejor instrumento para poder acceder al canon literario y ser aceptada por los escritores más importantes de la época.

Finalmente, si tomamos en cuenta que en la cultura del siglo XIX el estado de la literatura era definido por hombres y las actitudes ante ella eran masculinas, el hecho de que las mujeres escribieran y publicaran no era nada sencillo; tal vez tendrían cierta aceptación, pero definitivamente, las mujeres debían disfrazar sus textos para poder argumentar su mirada crítica. Así lo expone Rosa Carreto en “Causa justa para negar un beso” y por ello recurre a la ironía que le permite burlar los roles impuestos a la mujer. Rosa Carreto critica dichos roles, los cuales le exigen el buen comportamiento que representa al “ángel del hogar”, llevando a cabo una digna vida pública, mostrando valores, pulcritud y recato. El poema denota la incongruencia de estas pretensiones sociales, maquilladas con el simple hecho de pedir un beso que descompone la posición exigida a la mujer. A ello, la voz femenina responde sutilmente: “No señor, no me ofende con su beso, / Pero me descompone la pintura”, respuesta que da a conocer el desorden y trastorno de la apariencia pública impuesta al rol femenino. En este poema Rosa Carreto critica tanto lo que la sociedad le exige a una mujer, como ese doble juego que realiza el hombre al exigir buen comportamiento e insistir en recibir un beso. La respuesta, entonces, representa la burla de la apariencia y el mismo maquillaje que utiliza la mujer como máscara para cubrir sus verdaderos sentimientos, actitud impuesta socialmente.

 

 

 

Referencias

García De Gante, U. (2019). El contenido simbólico en las leyendas de Rosa Carreto. Hacia una interpretación del uso de la leyenda como texto ejemplar después de la República Restaurada. Tesis doctoral. México: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Rivera Garretas, M. (2003). Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y  teoría feminista. Barcelona: Icaria.

Schneider, L. (1992). “Rosa Carreto una escritora desatendida”. Obras completas de doña Rosa Carreto. Puebla-México: Gobierno del Estado de Puebla.

 

 

 

[1]    Las fechas de nacimiento y muerte se muestran en el trabajo hemerográfico de mi trabajo de investigación doctoral El contenido simbólico en las leyendas de Rosa Carreto. Hacia una interpretación del uso de la leyenda como texto ejemplar después de la República Restaurada (2019). La fecha de su nacimiento aparece en un elogio conmemorando su natalicio en El diario del hogar y la fecha de su deceso se obtuvo de una nota sobre su trágica muerte en El tiempo, textos que proporcionan las fechas exactas.

[2]    Celebrado del 1° de mayo al 30 de octubre de 1893 en Chicago, Illinois a petición de la Junta de Señoras de México, cuya presidenta fue la primera dama Carmen Romero Rubio