El retorno de la diosa blanca



El poeta mexicano Audomaro Hidalgo reflexiona, en “El retorno de la diosa blanca”, sobre el tiempo que vivimos y la necesidad de una purificación del lenguaje. Hidalgo recibió el Premio Nacional de Poesía Juana de Asbaje en 2010 y el Premio Tabasco de Poesía José Carlos Becerra en 2013. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. En 2016 publicó, bajo el sello de Círculo de Poesía y Valparaíso México, Pequeña historia de la destrucción. Actualmente vive en Francia.

 

 

 

 

 

Retorno de la diosa blanca

 

Hace dos décadas vivimos algo único e irrepetible para nosotros. Asistimos no sólo al final de un siglo sino a algo más profundo y complejo: el paso de un milenio a otro milenio. Esto es algo que no se debe pasar por alto y que no deberíamos olvidar. Del mismo modo como sucedió con algunas sociedades que vivieron un nuevo amanecer, pienso en los cristianos, los teotihuacanos y los chinos del año Mil, el comienzo de esta era nos obliga a pensar, ver y sentir de otra manera. Un verso de Apollinaire, escrito en 1918, dice: “O Soleil, c´est le temps de la Raison ardente”. Esta línea quizá podría resumir y definir una era de al menos dos mil años de pensamiento, filosofía, historia, moral y poética regidos por el Sol como símbolo del principio rector masculino. Más que cantar y celebrar la época que postula, la de “la Razón ardiente”, este verso la despide. Si a lo largo de la historia el hombre ha impuesto sistemas de pensar, maneras de amar y de soñar, hábitos y gustos, formas de combatir y, en fin, esquemas epistemológicos de interpretación del mundo, toca a la mujer inventar otras formas de convivencia, nuevas imágenes de la realidad. No digo que antes no lo haya hecho, creo que lo hemos ignorado o peor aún, lo hemos negado. De los harapos del hombre anterior y de la presencia activa de la mujer tenemos que crear un nuevo pacto social, un diálogo inédito entre tú y yo pero también con el otro, y el otro es nuestro entorno. Si el escenario de los cambios políticos y sociales de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX fue por excelencia la Ciudad, ahora regresamos a la Naturaleza para encontrarnos cara a cara con ella. Pero la Naturaleza está herida de muerte: el aire está contaminado, el agua está contaminada, la tierra está contaminada y el fuego, en un plano metafórico, se ha vuelto energía nuclear que puede destruirnos. Nuestro planeta vive un desequilibrio vital. Los elementos están en desarmonía, por lo tanto hay que reestablecer el equilibrio. La Naturaleza nos está hablando y una de las cosas que nos pide es que debemos prestar más atención a la gestación primera, a ese momento en que todo surge como si fuera la primera vez. Esta atención a lo que continuamente está naciendo, emergiendo, está profundamente ligada a la idea del tiempo que vivimos actualmente, el ahora. Nuestra idea del tiempo no es más una proyección hacia el futuro. Vivimos un ahora, el tiempo concebido como creación incesante, fusión de vida y muerte anudadas en un solo acto. La mujer y la naturaleza son los principales agentes de la transformación que a todas luces estamos viviendo, quien ignore esto, quien no lo quiera ver es un ser anacrónico.

El pacto social al que aludí arriba debe comenzar por una purificación del lenguaje. Una de las primeras notas salientes de una sociedad en crisis es la degradación y la pérdida de sentido de las palabras. La sociedad contemporánea padece burdos excesos de todo tipo: producimos mucho pero nos alimentamos mal, nos comunicamos más pero escuchamos menos, se prioriza el tener y se escamotea el ser, la ligereza de los hábitos eróticos actuales ha difuminado los contornos del amor. Postular que “L´amour est à réinventer” no es una queja, un arrebato juvenil o un grito de protesta, es todo esto junto pero también se trata de algo más serio y profundo, es un acto visionario y como toda visión, no ha perdido su magnetismo intrínseco, porque el extravío del amor es uno de los temas más sensibles de la sociedad actual. Quizá hoy no se trata de reinventar el amor como de reencontrarlo y volver a insertarlo en nuestra vida. Para ello necesitamos un acuerdo tácito en el que el hombre escuche mejor a la mujer y la mujer no repita los mismos patrones y comportamientos que ha padecido. La actual masculinización de la mujer (uso con pinzas este término) es uno de los resultados del innegable cambio de paradigma que vivimos. Lograr un nuevo pacto social es muy difícil, requiere una acción conjunta, un diálogo constante, pero nuestra realidad lo demanda. Hoy cualquier muchacha o mujer del siglo XXI se reiría si algún enamorado le repite un verso de Góngora, en el que se presenta al sexo femenino como un agente de atracción y de contemplación al mismo tiempo, casi sin voluntad: “El bello imán, el ídolo dormido”. No estoy en contra del rol más activo que manifiesta actualmente la mujer, estoy a favor, como ya dije, de la construcción de otro pacto social que permita el nacimiento de un ser humano nuevo. El nuevo ser humano no puede ser concebido si entre nosotros no creamos vínculos inéditos, si no vibramos de otra manera con la energía que impregna como una ola innegable e incontenible este amanecer de la especie humana. El ser humano nuevo debe volver a re-conciliar en sí las dos mitades del espíritu, tratar de “tenir moins écartées les deux pointes du compas”, como escribió Breton. Debemos olvidarnos de la mirada antropocéntrica. Formamos parte de un Todo orgánico, con leyes y dictados que acaso nunca entenderemos, pero que en algunos momentos de nuestra existencia, así sea sólo un segundo, comprendemos. No estamos solos, en torno nuestro están los árboles, más allá los astros, el aire de la mañana, el alfabeto de los pájaros y sobre todo, está la mujer, la presencia real de la mujer, no atrás ni adelante sino a un lado.

Escribimos en un alba sin astro pero con algunas luces ya sensibles.

Le Havre, febrero 2020