Poesía irlandesa: Sinéad Morrissey



Presentamos cuatro poemas de la poeta irlandesa Sinéad Morrissey (Portadown, 1972). Es autora de los libros de poesía There Was Fire in Vancouver (1996), The State of the Prisions (2005), Parallax (2013), On Balance (2017), entre otros. Ha ganado los diferentes reconocimientos en los que destacan el Patrick Kavanagh Poetry Award en 1990, el Eric Gregory Award en  y el T. S. Eliot Prize en 2013. Las traducciones son de Adalberto García López.

 

 

 

 

Genética

 

Mi padre está en mis dedos pero mi madre está en mis palmas,

los levanto y los miro con placer:

sé que mis padres me hicieron por mis manos.

 

Pueden haber sido separados en tierras distantes,

en hemisferios diferentes, quizás acostándose con varios amantes

pero en mí ellos se tocan donde los dedos se unen con las palmas.

 

Sin nada más de su unión que los amigos

que buscan sacar su imagen de un río,

al menos conozco su matrimonio por mis manos.

 

Doy forma a una capilla donde se encuentra un campanario.

Y cuando le doy vuelta

mi padre está por mis dedos, mi madre está por mis palmas

 

recatada ante un sacerdote recitando salmos.

Mi cuerpo es el registro de su matrimonio.

Vuelvo a representar su boda con mis manos.

 

Así que llévame contigo, toma lo que la piel exige

para reflejarse en futuros cuerpos.

Legaré mis dedos si tú legas tus palmas.

Sabemos que nuestros padres nos hacen por nuestras manos.

 

 

 

Shostakovich

 

El viento y sus instrumentos fueron mis maestros secretos.

En la calle Podolskaya toqué el piano para mi madre

-nota por nota sin partitura alguna- mientras el viento

corría por el departamento con las ventanas abiertas: con su pesada mano

tocaba el cristal, gemía por la estufa, golpeaba

una puerta repetidamente en el rellano,

el fantasma en la máquina de Dos preludios

a través de las 12 tonalidades mayores de Beethoven, eso decía que mentían.

 

Más tarde me paré en un campo de trigo y escuché al viento hacer música

de todo lo que tocó. Las notas más altas fueron las cáscaras:

frenéticas pero nerviosas, vertiginosas, con voz baja,

mientras debajo de una fuerte melodía extraña pulsaba

como si el grano fuera aparejo, o un bosque.

 

En toda mi alabanza y canto llano escribí

el sonido de las botas de un hombre detrás de la montaña.

 

 

 

Las sombras en Siberia según Kapuscinski

 

Son rectas

emitidas no por la luz solar sino por el aliento helado:

 

respiramos

y están con un contorno

 

y cuando pasamos

este contorno se suspende y no se ata

 

a nuestros tobillos

como las sombras producidas por el sol. Un niño estaba aquí

 

fantásticamente vestido

contra la escarcha ártica como un cristal antiquísimo

 

envuelto en plástico de burbuja,

desapareció en el ático

 

de sí mismo. Ni siquiera Alice,

con su habilidad de encontrar debilidades

 

en la goma laca

de este mundo, dejó una tarjeta de visita con ese cuidado.

 

 

 

El último invierno

 

no fue como el invierno pasado, dijimos, cuando el invierno

rechinaba sus dientes de hierro en serio: Belfast estaba

más frío que Moscú y un eclipse lunar total

colgaba su linterna china sobre el solsticio.

El invierno pasado usamos abrigos en noviembre

y perdimos nuestros guantes, persistieron los geranios,

nuestro asador nuevo estuvo apagado por la noche

y la noche siguiente y adentro de nuestros pulmones y gargantas,

incrustado en nuestras células, los virus se propagaron

tranquilamente, invencibles réplicas de sí mismos

en las temperaturas más amigables. Nuestro hijo

se enfermó. Permanecimos despiertos en la cama,

sin tocarnos, escuchándolo toser. No podía caminar

por debilidad en la mañana. Torácico,

los pasillos de nuestra casa

se detuvieron con lo que no diríamos:

cómo, el día de nuestra boda, de repente

nos sentíamos apenados por estar solos, de vuelta

de la cacofonía en mi pequeño, tranquilo piso

y rodeados de flores.