Sobre la poesía de Alfredo Pérez Alencart. Texto de Yordan Arroyo.



El poeta costarricense Yordan Arroyo lee El sol de los ciegos del poeta peruano radicado en España, Alfredo Pérez Alencart (1962). Ha publicado Pérez Alencart, entre otros libros,  La voluntad enhechizada (2001); Madre Selva (2002); Ofrendas al tercer hijo de Amparo Bidon (2003); Pájaros bajo la piel del alma (2006); Hombres trabajando (2007); Cristo del Alma(2009); Estación de las tormentas (2009); Savia de las Antípodas (2009); Aquí hago justicia (2010); Cartografía de las revelaciones (2011); Margens de um mundo ou Mosaico Lusitano (2011); Prontuario de Infinito (2012); La piedra en la lengua (2013); Memorial  de Tierraverde (2014); Los éxodos, los exilios (2015), El pie en el estribo (2016); Ante el mar, callé (2017) y Barro del Paraíso (2919). Su poesía ha sido parcialmente traducida a cincuenta idiomas y ha recibido, por el conjunto de su obra, el Premio Internacional de Poesía Vicente Gerbasi (Venezuela, 2009), el Premio Jorge Guillén de Poesía (España, 2012), el Premio Humberto Peregrino (Brasil, 2015), el Premio Andrés Quintanilla Buey (España, 2017) y la Medalla Mihai Eminescu(Rumanía, 2017), entre otros.

 

 

 

 

 

Fue, es y será en El sol de los ciegos (2021), de Alfredo Pérez Alencart

 

Como no todo ha sido malo durante la pandemia, al menos yo, tuve la oportunidad de conocer al poeta peruano-español Alfredo Pérez Alencart hace unos meses. Y aunque el primer contacto fue parcialmente por medio de Facebook gracias a su invitación para participar en el XXIV Encuentro de Poetas Iberoamericanos, espacio que me ayudó a crecer enormemente como persona y donde pude conocer y reencontrarme con personas maravillas, entre ellas, solo por mencionar algunos nombres: mis adoradas Marisa Russo y Carmen Nozal con quienes recorrí las calles de Salamanca, Carmen Palomo (con quien no pude hablar, pero quedé maravillado con su poesía), Javier Alvarado, Marcelo Gatica Bravo, Héctor Naupari, Juan Carlos Martin, Miguel Elías, María Ángeles Pérez López, Xavier Oquendo Troncoso, Harold Alva, Boris Rozas, Pilar Fernández Labrador y por supuesto, Antonio Colinas, dedicado del encuentro, fue hasta el 2 de octubre cuando logré conocerlo en persona.

Ese día, Alfredo nos citó en Plaza Mayor a mí, a su hijo José Alfredo y a mi querido amigo, el ecuatoriano Juan Suárez Proaño. Mientras comíamos, logré conocer parte de su espíritu, bondad y solidaridad. Sin embargo, no esperaba que dichos valores, junto con otros tantos más, estuvieran tan encarnados en su poesía, tal cual sucede con el libro El sol de los ciegos (2021), que me comprometo a reseñar de la mejor manera posible.

Desde el título, su autor induce al lector a conocer parte de lo que engloban los 100 poemas de su libro. El sol de los ciegos remite a una antítesis cuya fuerza retórica impulsa a la esperanza en el mundo. Y es que esperanza es quizás una de las palabras que más identifican este poemario. Sin perderla, el yo lírico recuerda y desde el dolor (fue) habla desde el presente (es) y ve el futuro (será) encadenado al hoy, todo ello con la fe de que los ciegos encuentren el sol por medio de la palabra y el amor hacia un tú lírico que bien podría entenderse como la humanidad.

A su vez, cabe destacar en este libro la depuración, manejo rítmico, constancia con los versos de arte menor y el cuidado en el uso de las palabras. Esto se visualiza desde su primer poema “Taller” (p. 11). En él, a manera de metapoesía, la voz lírica es consciente de que el proceso de producción de un poemario implica toda una labor de carpintería y por eso, para que estas toquen con mayor profundidad el alma de sus lectores, el poeta debe lijarlas. Por ende, es entendible apreciar cómo sus poemas construyen mundos desde la poesía misma. En ella está la salvación, la armonía, el humanismo visto desde el uso de verbos conjugados en primera persona plural (nosotros), pero también por medio de aquellos poemas que se dirigen a un tú que muchas veces nace de sitios donde prima la angustia, tal cual sucede en el poema “Campo de refugiados” (p. 18). En él, el yo lírico habla por aquellos niños que mueren sin haber provocado guerras y por aquellas madres que tienen que cargar con la injusticia de sepultar a sus hijos.

Por esta razón, abordando diferentes cicatrices y llagas, el yo lírico apela por un cambio en el mundo. Basta con leer el poema “Invocación” (p. 20) para enterarse de ello. En dicho texto se halla lo que podría denominarse la poética de la solidaridad y del bien común: “Hermano, / estés donde estés, / abre los puños / y que no vuelvan / las armas a tus manos / que la lucha / no insista en acercar / distancias / que sólo las palabras / se levanten y convenzan”. En el fragmento anterior se denota un compromiso por parte del yo lírico con ese otro que puede ser cualquier persona. La humanidad se transforma en hermana o familia de otra sangre que debe luchar por medio de la palabra, el verbum, metáfora sagrada de Dios, quien todo lo crea y todo lo destruye.

Asimismo, la poesía de Alencart está permeada de espíritu. Por eso, he titulado esta reseña “Fue, es y será”. El yo lírico se convierte en una especie de profeta que viaja desde los inicios de la humanidad, se sensibiliza con la naturaleza como espacio sagrado, y pasa por el presente mediante una estructura humanista que le permiten no perder su fe en el mañana. Incluso, ni siquiera se oculta cuando todo está oscuro, pues el yo lírico es consciente de que tarde o temprano los ciegos abrirán los ojos y podrán ver la perfección de ese sol que solo pudo ser creado por Dios y que, por tanto, se encuentra en el sitio más sagrado y difícil de hallar.

Pero no solo esto, sino que, en todo este libro, el lector podrá leer poemas totalmente influenciados por la Biblia. Sin duda, dicho texto sagrado camina consciente o inconscientemente por las venas de este autor. Basta con hacer un repaso por diferentes palabras, construcciones sintácticas o expresiones que remiten a tópicos bíblicos y sagrados, entre estos, solo por mencionar algunos se encuentran: la carne, el vino, Eva, David, amor, creación (son constantes las creaciones desde un pasado remoto, como si fuera un tratado mitológico), costillas, soy y seré, cruz, Verbo (una de las metáforas constantes en la Biblia) y Adán.

Además, la poesía de Alfredo no solo se ve influenciada por la fraternidad, el humanismo y la solidaridad de diferentes pasajes bíblicos que perviven en la esencia de su personalidad y su inconsciente colectivo, sino que también, es conocedor de otras voces trascendentales de las tradiciones literarias griegas, romanas, españolas, costarricenses o en términos generales, hispanoamericanas. Estas se pronuncian en sus poemas por medio de Píndaro, Virgilio (punto clave), Dante, Eunice Odio que tanto resuena en Salamanca, Miguel de Cervantes y Miguel de Unamuno.

Respecto a este último autor referido, su mención permite denotar la importancia que tiene no solo el amor hacia la humanidad en el poeta Alfredo Pérez Alencart, sino también el respeto y la gran admiración que él siente por el hogar que lo acogió como migrante, por esa razón, el yo lírico en el poema “Unamuno” (p. 112) es consciente de que Unamuno, hijo de Salamanca, nunca estará huérfano. Igual sucede con Alencart, porque él encontró hospitalidad en el planeta entero por medio de la poesía. La manera en la que ha lijado como carpintero sus palabras a lo largo del tiempo han hecho que sus textos sean camino y luz para acabar con guerras, hambrunas, muertes, miserias y vicios letales como la adicción a la fama, que no debe ser buscada de manera enfermiza por los poetas o el cáncer de la envidia, motivo de creación para el siguiente poema:

 

Consejo para envidiosos

 

(Virgilio guía a Dante por la segunda grada
del Purgatorio, mientras anota
un concejo para los vivos)

¡No lancéis más piedras
Porque os dolerán
las manos

y algún fragmento que
rebote os dejará ciegos
para siempre!

No infaméis
simulando preocupación
fraterna:

¡Un hilo de espuma en la boca
demuestra vuestro acecho!

Llamas diminutas
Sois, llamas menguantes
entre tinieblas
de la envidia

Dentro de los muchos poemas que más captaron la atención, el anterior es uno de ellos. Por ello me detengo particularmente en él. Este texto no cae en lo banal o carente de sustancia. El yo lírico no parte de su concepción de mundo sobre lo que representa la envidia, sino que refuerza el contenido de su voz por medio de un intertexto clave en la literatura universal, La Divina Comedia, particularmente, en referencia al segundo de los tres cantos. En este poema, el yo lírico se refiere a la segunda de las siete gradas del Purgatorio tratadas en los cantos decimo tercero, décimo cuarto y décimo quinto, cuyo énfasis radica en los envidiosos.

Es necesario señalar que la envidia es considerada uno de los siete pecados capitales en el cual han caído personajes como Caín y Abel, Judas, Hitler y el músico Salieri, quien le tenía una pésima envidia a Mozart. Por eso, en el canto décimo tercero, el mismo Dante se considera propenso a ella y posteriormente, entre los versos 37, 38 y 39 del canto décimo tercero se cita: “Se purga en esta esfera / la culpa de la envidia, que fustiga / con látigo de amor mano severa.” (Trad. Bartolomé Mitre). Luego, el poeta escuchaba a las almas envidiosas y llenas de angustia, clamar por su intersección, a María, a Pedro, Miguel y a todos los santos. Él veía el sufrimiento que estaban sintiendo.

Además, otro punto importante de este mismo pasaje de la Divina Comedia que se conecta con el poemario de Alencart se encuentra entre los versos 67, 68 y 69: “La luz la tienen los ciegos apagada: / y así a estas sombras, en su noche oscura, / de los cielos la luz está negada” (Trad. Bartolomé Mitre). Si se recuerda el título del poemario en discusión, los versos anteriores permiten apreciar un desdoblamiento del intertexto dantesco, debido, justamente, a que este poemario apuesta por la esperanza, el cambio, el encuentro de la luz en la ceguera. Pero para ello es necesario librarse de todo vicio y mezquindad, tal cual sucede con la envidia.

Desde esta lectura, queda claro que quienes se dejen atrapar por la soberbia de la envidia, la miseria, las guerras, la búsqueda constante de la fama, la discriminación y la falta de empatía y hermanad con los demás y con la naturaleza no solo perderán su vista, sino que no encontrarán la luz nunca. Todo lo contrario sucederá con quienes busquen el sol en su propio interior o por medio de la palabra hecha carne y poesía en un solo cuerpo sin dañar a los demás.

En conclusión, este poemario de Alfredo Pérez Alencart comprueba que la única fórmula para encontrar el verdadero significado de la vida es, si se quiere, desde una visión platónica, por medio de la búsqueda en la sombra, representada mediante Jacqueline Alencar, dedicada de este libro, y que bien, podría analogarse, en términos literarios, con el eterno amor hacia Beatriz. Este fuerte sentimiento, después de que Dante pasara por los más hondos y oscuros espacios, lo condujo hasta el encuentro con la luz, hacia el empíreo, o en términos más precisos, hacia el sol de los ciegos que permite revelar el mensaje universal grabado por Alighieri desde el siglo XIV: “cuando el amor alcanza un grado divino o metafísico es capaz de mover al sol y a las estrellas”, por eso, todas las personas debemos buscarlo y apostar por él.