Yohei Moriya Miyakawa conversa con la poeta española Marina Casado (1989). Ha merecido distinciones como el Premio Internacional de Poesía León Felipe y el Premio Carmen Conde de Poesía de Mujeres. Su libro más reciente es Otros sabrán de mí (2023, 2025).

 

 

 

 

Marina Casado Hernández (Madrid, 1989) es Doctora en Literatura Española con calificación Cum Laude por la Universidad Complutense de Madrid, Licenciada en Filología Hispánica y Licenciada en Periodismo. Combina su labor docente en la enseñanza pública de la Comunidad de Madrid, donde ejerce como profesora funcionaria de Lengua Castellana y Literatura, con una prolífica carrera en el periodismo cultural. Colabora de forma habitual en la sección de opinión y cultura del diario EL PAÍS, escribe columnas para Prensa Ibérica y es colaboradora en el programa "Hoy por Hoy" de la Cadena SER Henares. Como escritora, ha desarrollado una sólida trayectoria literaria que abarca la poesía, el ensayo y la narrativa de ficción. En el ámbito ensayístico, es autora de​​ El barco de cristal. Influencias literarias en el pop-rock​​ (2014) y de su estudio doctoral​​ La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra​​ (2017). En narrativa, ha publicado las novelas​​ Los doce reinos del Tiempo​​ (2021) y​​ La manzana de Eris. Como poeta, cuenta con una extensa obra que incluye los títulos​​ Los despertares​​ (2014),​​ Mi nombre de agua​​ (2016),​​ De las horas sin sol​​ (2019),​​ Este mar al final de los espejos​​ (2020),​​ Entra la noche​​ (2023) y​​ Otros sabrán de mí​​ (2023, reeditado en 2025). Su producción lírica ha sido ampliamente reconocida con distinciones de gran prestigio, entre las que destacan el Premio Kutxa Fundazioa Irun, el XIV Premio Paul Beckett de Poesía,​​ el Premio Internacional de Poesía León Felipe y el Premio Carmen Conde de Poesía de Mujeres además de haber sido finalista del célebre Premio Adonáis de Poesía en cuatro ocasiones.

 

 

 

 

 

Si la poesía nace inevitablemente de tu experiencia íntima pero aspira a volverse universal, ¿cómo negocias ese equilibrio entre la transparencia emocional y la elaboración simbólica —como ocurre en​​ Entra la noche— sin que la intensidad subjetiva derive en un hermetismo excluyente o, en el extremo opuesto, en una explicitud que limite la participación interpretativa del lector?

 

En efecto, se deben evitar ambos extremos. Creo que la clave reside en la honestidad a la hora de expresar los propios sentimientos combinada con el intento de salir de nosotros mismos y quedarnos solo con las emociones, que son universales. Es decir, no se trata de ser “protagonistas” del poema, sino de formular una serie de sentimientos que pueden ser nuestros y de otros. Y esos sentimientos han de ser verdaderos para no caer en el exceso de abstracción.​​ 

 

¿Cómo dialoga, en tu proceso creativo, esa tensión entre la escritura libre —no condicionada por un proyecto previo— y la posterior construcción deliberada del poemario como una unidad orgánica, especialmente en el momento de “poda” tras el reposo, donde decides qué permanece y qué se excluye sin traicionar la autenticidad inicial de los poemas ni forzar una coherencia artificial?

 

Nunca he intentado​​ elaborar​​ un poemario conceptual desde el momento de la creación de los poemas. Mi técnica consiste en escribir de lo que me inspire en cada momento y, una vez tengo un corpus considerable de poemas, los reúno y selecciono: primero, los que merece la pena conservar y los que tendría que revisar; después, ordeno los que he decidido conservar por temas.​​ Esa clasificación posterior es la que va definiendo la estructura del libro y no al revés.

 

¿Cómo interpretas la evolución simbólica de la “noche” en tu obra —desde su carga inicial de pérdida y desolación en​​ De las horas sin sol​​ hasta su resignificación como espacio de revelación en​​ Los ojos fríos del vals—, y de qué manera ese tránsito se articula en tu último libro como una poética del umbral donde la voz lírica no solo huye de la realidad, sino que accede a una dimensión casi ritual o sagrada de la experiencia?

 

En​​ De las horas sin sol, la noche simboliza la desorientación existencial, el extravío de la esperanza, la supervivencia del sujeto lírico en un mundo desconocido, extraño y terrorífico, que es el mundo que queda tras la pérdida de un ser muy querido. En​​ Los ojos fríos del vals, sin embargo, la voz poética ha resignificado la oscuridad como terreno fértil en el que dibujar su refugio frente a la realidad, en el que resucitar todo lo perdido. Este mismo significado tiene en el siguiente poemario, titulado, precisamente,​​ Entra la noche. Dentro de la noche, todavía podemos ser quien deseamos o quien fuimos.

 

¿De qué manera​​ Otros sabrán​​ de mí articula la nostalgia como un espacio de refugio simbólico en el que confluyen la memoria personal, los universos de la infancia (cuentos, mitología) y una estética de filiación modernista —marcada por el “azul” rubendariano—, logrando así una relectura del pasado que no se agota en la melancolía, sino que se proyecta como una forma de sanación y permanencia afectiva?

 

Creo que​​ Otros sabrán de mí​​ es el poemario en el que más hablo de mis raíces, más aludo a experiencias, a lugares y a personas concretas: el​​ alumbramiento de la poesía, el pueblo de mi madre, el recuerdo de mi abuela… Es un libro en el que trato de convencer al lector de que el pasado, nuestras raíces, constituyen la parte esencial de nuestra identidad: la relectura del pasado es a la vez la interpretación del presente y la intuición del futuro. Podrán quitarnos todo, menos los recuerdos. Son la parte más poderosa de nosotros mismos.

 

Ante la amplia recepción de poetas contemporáneas como Elvira Sastre, Irene X o Loreto Sesma, cuya accesibilidad suele valorarse bajo el criterio de “entender” sus textos, ¿hasta qué punto este fenómeno pone en evidencia una posible insuficiencia en la educación literaria —especialmente en la enseñanza de la poesía— y, al mismo tiempo, cómo debería replantearse el vínculo entre claridad, complejidad y formación del lector para evitar reducir la experiencia poética a un mero ejercicio de comprensión inmediata?

 

La respuesta siempre es: hay que leer. Quienes escribimos poesía no podemos dejar de hacerlo, y algunas de las personas que se autodefinen como “poetas” –precisamente, en la línea que mencionas– se enorgullecen de no leer para no “manchar su esencia”. Eso me parece una barbaridad, porque todo lo que puedan aportar ya lo habrá aportado alguien antes.​​ 

Respecto a los lectores, se puede establecer un vínculo espontáneo con la poesía, claro –véase, por ejemplo, la poesía de guerra, de Miguel Hernández o Rafael Alberti, para animar a los milicianos en la Guerra Civil–, pero profundizar en el género exige, del mismo modo, leer. La práctica es la que nos hace alcanzar la facilidad a la hora de interpretar un texto sin que este tenga que ser un “pinta y colorea”.​​ 

Y aparte de todo esto, claro, yo, como profesora, percibo cuándo mis alumnos se han educado en una familia que les ha “abierto la mente” al arte;​​ y no hablo solo de leerles poesía, sino de llevarlos a museos, enseñarles música, etc. La sensibilidad también se cultiva.

 

¿Cómo construye​​ Un mar que nadie mira, especialmente en su primera sección, una poética del despojamiento donde la brevedad, el ritmo endecasilábico y la dicción limpia permiten condensar la experiencia humana en instantes de revelación, y de qué manera la memoria —entendida como una resistencia frágil frente al tiempo— articula una tensión constante entre belleza, pérdida y la necesidad de refugio ante la conciencia de la finitud?

 

Soy consciente de que mis poemas se han ido condensando o acortando con el paso del tiempo. Desde hace unos años, es lo que busco: la claridad expresiva, la concisión, el impacto. Me parece que lo he conseguido en​​ Un mar que nadie mira.​​ Hay poemas que exigen ser largos, por supuesto, pero hoy, cuando veo algunos de mis primeros libros, creo que podría haber expresado lo mismo en menos versos, y el mensaje habría llegado de manera más directa y clara al lector.

La memoria lo es todo. Es el eje alrededor del que gira y girará mi poética. La memoria no solo mantiene vivo el pasado, sino que también configura nuestro presente y esboza el futuro. Hablo de la memoria individual y de la colectiva o histórica. Somos humanos porque tenemos memoria. Recordar a veces es doloroso, pero también es la única forma de conservar los fogonazos de belleza que experimentamos a lo largo de la vida.

 

¿Cómo se transforma en​​ Un mar que nadie mira​​ el espacio —desde los lugares de la memoria en «Escondites» hasta los territorios simbólicos y culturales que aparecen en poemas como «Edfu», «Thot» o «Jim Morrison contempla El jardín de las delicias»— en un escenario interior donde​​ pasado, mito y presente dialogan para reconstruir la identidad del sujeto lírico? Asimismo, ¿de qué manera la sección «Los que duermen» profundiza esa exploración al enfrentar la fragilidad humana mediante una poesía breve y contenida, en la que la música, la memoria y el dolor funcionan como formas de resistencia frente al paso del tiempo y la pérdida?

 

Los lugares que aparecen en la sección de “Escondites” son contemplados por la voz poética como coordenadas temporales, más que geográficas. Más que lugares, son momentos vividos por mí. Se trata de una visión absolutamente subjetiva: no aparecen esos lugares como son, sino como los siente el sujeto lírico. Por eso, configuran y reconstruyen su identidad. En la memoria no recordamos las cosas como son realmente, sino como son para nosotros. El “mar que nadie mira” es nuestra propia memoria: lo que uno mismo alcanza a ver.

“Los que duermen” alude al falso amor, al amor como engaño ajeno y de uno mismo. Amor imposible, amor no correspondido, amor que no era verdadero. Es la situación previa a despertar, a enfrentarse a la verdad y el dolor y seguir adelante, porque no se puede huir de la verdad.

 

¿Qué elementos de Adamar de Ariadna G. García consideras que aportan una mirada distinta dentro del panorama poético actual, y qué aspectos de su propuesta estética —en relación con la construcción de la voz lírica, el tratamiento de la experiencia y su concepción de la poesía— revelan una perspectiva capaz de ampliar o cuestionar las formas habituales de acercarse al poema?

 

En el panorama poético actual, marcado​​ frecuentemente​​ por esa inmediatez o transparencia expresiva de la que hablábamos, la propuesta de Ariadna G. García destaca por un lenguaje con densidad simbólica que no cae en el​​ exceso de abstracción, por imágenes con potencia evocadora.​​ Para interpretar al completo su escritura hay que realizar una lectura activa, implicarse en el poema, que se convierte en un espacio compartido. La autora no se limita a describir su experiencia, sino que tiende una mano a su lector, lo invita a sentir con ella.

 

 

 

 

***

 

 

 

 

Nueva Orleans

 

Recuerdo cuando fuimos inmortales.

La luz de media tarde

desparramaba sus cabellos de oro

sobre el sofá.

La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,

canturreaba una canción de plastilina

en los oídos de las hadas

que nunca se atrevieron a buscarnos.

Mara tenía la mirada bovina

y una ancha sonrisa confiada y patética

colgando con lustrosa placidez de las mejillas.

Alguien hablaba de Nueva Orleans.

Yo imaginaba las trompetas conviviendo

con las luces rojizas de los bares,

sombreros desgastados, calles amargas

perfiladas de risas en el anochecer.

 

Han pasado los años.

Ahora nadie conocerá jamás Nueva Orleans,

herida por aquel huracán

de principios de siglo.

Dicen que la trompeta de Louis Armstrong

apareció semienterrada en la mandíbula de un río,

que los últimos muertos se reunieron al caer la tarde

para manchar sus voces negras con la sangre del jazz.

Yo no los pude ver, pero sentí una luz de acetileno

naufragando en mis labios.

 

Recuerdo cuando fuimos inmortales:

Mara, Nueva Orleans y yo.

Corría el año 1995.

Me han contado que Mara se hizo boy-scout

y dejó de cantar para las hadas inexistentes.

Imagino sus ojos de cordero enlutado

contemplando la luna,

la misma luna que en Nueva Orleans

salpicaba las calles amargas de los negros

en el tiempo en que todos éramos inmortales.

 

​​ 

 

de​​ Mi nombre de agua

 

 

 

 

 

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