Yohei Moriya Miyakawa conversa con Jorge Pozo Soriano (España)

Yohei Moriya Miyakawa conversa con el poeta español Jorge Pozo Soriano (Madrid, 1985). mereció distinciones como el XV Premio Internacional de Poesía Antonio Gala (2021) por Escrito bajo las uñas, el Premio Provincia de Guadalajara de Poesía "José Antonio Ochaita" (2021) por Hogares impropios, y el XXII Premio Nacional de Poesía "Ciega de Manzanares" (2023) por Los márgenes remotos.

 

 

  • ¿Cómo has vivido el tránsito de esa condición de “joven poeta” –tan marcada por las bases de los premios y por ciertas expectativas del mundo literario– hacia una etapa de mayor madurez y reconocimiento, y de qué manera Los márgenes remotos, al obtener el XXII Premio Nacional de Poesía “Ciega de Manzanares”, representa para ti no solo una consolidación dentro del panorama poético contemporáneo, sino también una ruptura o desplazamiento respecto de las etiquetas generacionales que suelen imponerse a los poetas?

 

Nunca me he sentido un “joven poeta” porque publiqué poesía por primera vez ya con los 30 años cumplidos, que era la edad máxima para ese premio “Antonio Gala” que gané con Escrito bajo las uñas. Por ese motivo, no tengo nada publicado donde no me reconozca por esa juventud donde creemos saberlo todo y aún tenemos casi todo por aprender. Pude publicar cuando estuve seguro de mi voz, de mi madurez, y eso es algo que me da cierta tranquilidad. Los demás premios y los demás poemarios que he ido publicando son un paso más en ese aprendizaje constante al que me someto a diario, en esa búsqueda permanente de mi yo poético, que, aunque esté ya formado, seguirá adquiriendo nuevas formas.

 

  • En​​ Escrito bajo las uñas, la frontera aparece como un espacio simbólico de tránsito entre la vulnerabilidad del pasado y la construcción de una identidad más firme desde el presente. ¿Cómo nace en tu escritura esa necesidad de cruzar esa frontera interior, de volver sobre las huellas de la infancia y del dolor no para revivirlas, sino para comprenderlas y transformarlas, y de qué manera poemas como “Huellas”; “Intemperie” y “Pretérito” representan ese​​ proceso de reconciliación con el pasado, donde la herida deja de ser únicamente una marca del sufrimiento para convertirse en una fuente de aprendizaje, conciencia y sanación?

 

Una vez me preguntaron (creo que, por el diálogo en una película) que, si tuviera la opción de pulsar un botón para poner a cero mi vida, lo pulsaría. Mi respuesta fue rotunda: no. Todo lo que uno vive, lo bueno, lo malo, lo complicado, lo sencillo, lo que nos hace reír o llorar, cada persona con la que nos cruzamos, aunque algunas nos terminen decepcionando y haciendo daño… Todo nos hace ser como somos y hacer lo que hacemos. No seríamos los mismos si nuestras vidas no hubieran sido exactamente como han sido, por lo que no le veo el sentido a lo de volver atrás. Todo esto, una vez que pude asimilarlo, me hizo ver que mostrarme vulnerable (como hago en algunos de mis poemas ya desde este primer libro), lejos de volverme débil o de dolerme más a través del recuerdo, me da la fuerza necesaria para salir a flote, para superar cada obstáculo que encuentro, para sanar cuando lo necesito. Ese poema que citas, “Pretérito”, es quizá el poema de todos los que he escrito que mejor me describe, que mejor habla de lo que soy. Es, como he dicho al principio, mi forma de aprenderme y de conocerme mejor, y esa es mi manera de ser, mi manera de habitar el mundo. Si, además, y como también he dicho en las respuestas anteriores, dejarlo por escrito puede ayudar a que los lectores sepan aprenderse, conocerse mejor y sanar de sus heridas, encontrarán en mí al poeta más feliz que pueda existir.

 

  • ¿De qué manera​​ Escrito bajo las uñas​​ construye una poética de la transparencia –sustentada en un léxico accesible y en una imaginería de apariencia contenida– para vehicular, sin embargo, una experiencia de dolor que se complejiza y se intensifica con al​​ transcurrir del tiempo, y cómo la figura arquetípica de la “primera herida” se erige no solo como origen simbólico del sufrimiento, sino también como un dispositivo de memoria que reabre, reconfigurarlo y reinscribe ese dolor en una temporalidad cíclica dentro del sujeto poético?

 

Escrito bajo las uñas​​ es mi primer poemario publicado, y sé que tenía que ser así. En este libro me presento no como poeta, sino como persona, y, por ese motivo, consideré fundamental esa transparencia de la que hablas, si comprendemos una escritura transparente como aquella carente de artificio, comprensible, alejada de complicaciones que podrían suponer un rechazo para quienes no están muy familiarizados con la poesía. Al dar mi primer paso poético, creí imprescindible asomarme al núcleo de mis propias heridas, pues es la mejor manera de comprenderse y de aprenderse, y eso es algo que he hecho siempre y que seguiré haciendo. El dolor está dentro de cada uno de nosotros, y negarlo puede hacer que esas heridas no puedan cerrarse jamás. Yo prefiero dejarlas así, ligeramente abiertas a mis ojos y a los ojos de los lectores, para no olvidarme nunca de ellas, ser capaz de domesticarlas y, con suerte, de evitarlas cuando quieran llegar por razones similares.

 

  • ¿Cómo se configura en​​ Escrito bajo las uñas​​ la tríada estructural “Abismo”, “Frontera” y “Retorno” como un itinerario poético-existencial que transita desde el trauma originario –marcado por la incomprensión y la primera herida– hacia su reconocimiento consciente y, finalmente, hacia una reflectora memorial desde el porvenir, y de qué manera este recorrido no solo organiza la arquitectura interna del poemario, sino que también propone una​​ poética del dolor en la que la experiencia se reitera, se resignifica y se reinscribe continuamente en la conciencia del sujeto lírico?

 

La estructura también estuvo clara desde casi el principio del proceso de escritura. Sabía lo que quería mostrar, lo que quería hablar y, del mismo modo, la forma en la que quería mostrarlo, así que este camino desde la asunción de que el dolor llegará antes o después hasta la resignación, con la consecuente necesidad de buscar la forma de encontrar cauterio cuando el cuerpo lo requiere, siempre fue el que quise recorrer. En “Abismo” trato el dolor como algo universal. En “Frontera”, lo acerco a lo individual. Por último, en “Retorno” hago un ejercicio de memoria hacia la infancia para comprender mejor de dónde viene ese daño, desde cuándo lo arrastramos, para terminar con ese último verso, que podría ser un buen resumen de lo que significa este poemario: “La herida no solo sangra en la infancia”.

 

  • En​​ Hogares impropios, tu primera incursión en la poesía, la tradición, la lectura y la música del verso parecen ocupar un lugar fundamental: Pessoa, Rilke, Gamoneda, Szymborska y otros autores dialogan con una escritura que, aun recurriendo al verso libre, mantiene una preocupación rigurosa por el ritmo y la forma. ¿Cómo entiendes la relación entre tradición y renovación, y qué papel desempeñaron sus lecturas y esa búsqueda de la musicalidad en la construcción de tu propia voz poética?

 

Antes de contestar, he de decir que, si bien​​ Hogares impropios​​ se publicó antes, mi primer poemario es​​ Escrito bajo las uñas, y ese es el “orden natural” en que recomiendo leerlos. En este libro hago una denuncia de esa​​ corriente “poética” donde cualquiera se considera poeta, donde se escribe “poesía” sin leerla y sin tener interés por ella, en la que famosos,​​ influencers​​ y cualquiera con muchos seguidores y poca autocrítica se lanza a escribir y las grandes editoriales los reciben con los brazos abiertos, aunque en sus textos no haya ni estudio, ni práctica, ni escucha, ni lectura, ni calidad ninguna. Yo no entiendo la escritura sin todo eso, del mismo modo que no entiendo la poesía sin la tradición. Por eso, para mí es muy importante cuidar cada detalle de cada poema. Existe la falsa afirmación de que el verso libre es escribir como a uno le venga en gana, pero no es así. El verso libre no es una estructura cerrada o clásica, no requiere un número exacto de versos ni una rima determinada (de hecho, no requiere ninguna rima), y ahí está esa libertad, pero no vale cualquier cosa. Yo soy escrupuloso al máximo con la métrica, que es la que da la musicalidad, del mismo modo que lo soy con el respeto a los maestros. “Los ojos hambrientos”, el poema que inicia estos Hogares impropios, así lo constata: “Dime, Mentor,​​ /​​ dónde están las respuestas/a los grandes enigmas,​​ /a todas las incógnitas primarias./​​ Dime dónde buscar,/​​ a quién leer,/​​ cuáles son mis errores,/​​ corrígeme de forma despiadada./​​ Yo solo soy un principiante/con los dedos frágiles y los ojos hambrientos”. No creo que haga falta decir mucho más. Esa es y será mi voz, la que se vaya formando con las voces de esos maestros, de esos Mentores.

 

  • En​​ Hogares impropios, la poesía aparece como un ejercicio de emoción, duda, rigor y fidelidad a unos principios, en abierta oposición al marketing literario y a la búsqueda de reconocimiento. ¿Hasta qué punto consideras que el poeta debe mantenerse al margen de las dinámicas de fama, premios y mercado para preservar la autenticidad de su voz, y qué significa para ti afirmar que un poema puede perdurar precisamente porque no está dirigido a nadie y, al mismo tiempo, a todo el mundo?

 

A todo escritor le gusta que reconozcan su trabajo, y eso no es nada malo. Eso sí, no hay que obsesionarse con ganar premios ni con esa posible fama, y tiendo a desconfiar de esos poetas famosos, porque, por lo general, la fama les llega por motivos muy alejados de la poesía, al igual que no me fío demasiado de poetas premiados hasta la extenuación. Es bueno presentarse a premios, probarse, y siempre es una alegría enorme ganar alguno, pero un poeta no debería escribir solo para eso porque, si es así, termina formando parte de una red de favores que no ayuda en absoluto a la poesía. Un poeta debería escribir por otros motivos, por elección propia, creo que es la única vía para alcanzar esa autenticidad y esa perdurabilidad. “Hacerlo con otros propósitos/se parece a otra cosa./Se convierte, más bien,/en una tarea de marketing,/y el marketing apenas sabe nada/de poesía”.

 

 

  • En​​ Los márgenes remotos, recuperas una estructura de raíz clásica al organizar el libro en tres partes y abrirlo con un poema-pórtico que, aunque enigmático, funciona como una suerte de clave de lectura para lo que vendrá. ¿Qué importancia tiene para ti esta concepción arquitectónica del poemario y qué buscabas provocar en el lector al ofrecerle, desde ese primer poema, ciertas pistas que solo adquieren pleno sentido a medida que se avanza por las distintas partes del libro?

 

De momento, he seguido esa misma estructura en todos mis poemarios. Me ayuda a organizarme la cabeza y a organizar el propio libro y, por ahora, me funciona. Me gusta ofrecer esa especie de introducción, ese primer pellizco que pueda despertar el interés del lector para, después, dejarlos recorrer el​​ resto de los poemas. En el caso concreto que citas, en “Inexactitud”, ese poema que abre​​ Los márgenes remotos, me entrego lleno de dudas (creo que dudar es uno de los ejercicios más sanos que podemos realizar), con los versos que dicen “Esta inexactitud es la constante,/​​ la apacible verdad de mi existencia” que son una​​ firme declaración de intenciones. Quien crea que lo sabe todo, se autoengaña.

 

  • En esta primera parte, “Un simple espectador”, parece desarrollarse uno de los ejes centrales de​​ Los márgenes remotos: la tensión entre el yo y el otro, entre aquello que somos y la imagen que proyectamos o que los demás construyen de nosotros. Además, el libro parece sugerir que nuestra identidad se encuentra atravesada por la memoria, la percepción y nuestros propios temores, hasta el punto de que juzgamos al otro desde nuestras propias vulnerabilidades. ¿Cómo se relaciona esta mirada hacia el otro con la necesidad de enfrentarse a la propia oscuridad y reconocerse también en aquello que juzgamos, y qué papel cumple el poema “Ahí, donde soy vulnerable” dentro de ese proceso de autocrítica y desdoblamiento de la identidad?

 

Este poemario es una encrucijada constante entre la luz y la oscuridad, el ruido y el silencio, la memoria y el olvido, el miedo y la valentía, entre lo real y lo imaginario. Esa tensión es el día a día de todo ser humano, esa búsqueda del equilibrio que nos permite encontrar las respuestas necesarias para ser y, sí, también para ver, tanto a nosotros como a los demás. En mi poesía, además, como bien dices, siempre intento mostrar mis fragilidades, mostrar qué me hace flaquear, por qué sufro, cuáles son los motivos de mis lágrimas, y ese poema, que abre esa primera parte, es una muestra evidente de que no tengo ningún reparo en dejar ver mis heridas. El poema termina​​ diciendo “Despedirme de todo cuanto tuve/y morir abrazado a mis carencias”, y ese es el papel que cumple, el de ofrecerme al lector sin más coraza que mi cuerpo desnudo.

 

  • En​​ Los márgenes remotos, las tres partes –“Un simple espectador”, “Ese que recuerdas” y “Altares sin dioses”– parecen construir un recorrido de despojamiento progresivo: primero, la confrontación con la mirada ajena y con las propias sombras; después, la memoria de la infancia y sus mecanismos de selección, distorsión y reconstrucción; y, finalmente, la pérdida de los referentes religiosos, éticos y afectivos que alguna vez sostuvieron nuestra identidad. ¿Podría decirse que el libro plantea que nuestra identidad no se construye tanto a partir de aquello que realmente vivimos como de aquello que elegimos recordar, perder, reinterpretar y conservar afectivamente, y que la poesía se convierte, en última instancia, en una forma de rescatar esos vínculos y reconstruir un sentido allí donde ya no quedan certezas?​​ 

 

A medida que he ido cumpliendo años y que observo (y me observo) con los ojos abiertos de par en par, me voy dando más y más cuenta de que vivir consiste en buscar la calma, en tratar de estar tranquilos, en paz con lo que da forma a nuestro mundo, incluidos, por supuesto, nosotros mismos. Para eso, es necesario un ejercicio brutal de aprendizaje, de estudio, de análisis; es capital darnos forma con lo que tenemos, con lo que no tenemos, con lo que somos y con lo que no somos, avanzar, volver atrás cuando hay que hacerlo, intentar ser siempre mejores personas, y, para eso, para poder meternos en la cama cada noche y dormir sin preocupaciones, hemos de ser muy cautos con las elecciones que se van tomando. Cada uno tendrá sus​​ herramientas y sus recursos, pero una de mis mayores suertes es tener en la poesía el mejor canal posible para rescatar, reconstruir y sanar. Por eso escribo. Para eso escribo.

 

  • Tu labor como corrector ortotipográfico y de estilo, así como tu experiencia al frente de talleres literarios, grupos de lectura y actividades de fomento de la lectura te sitúan también en un espacio de acompañamiento y formación de otros escritores y lectores. ¿Cómo ha influido este contacto constante con otros textos y autores en tu propia escritura y qué has aprendido como poeta al asumir también el papel de lector, corrector y formador?

 

Además de escritor, soy maestro, soy lector, soy formador, soy corrector, soy deportista… Todas esas facetas son las que me permiten habitar un mundo más completo, estar en contacto con muchas personas, con otros escritores, con otros maestros, con alumnos, con compañeros, y ese contacto es fundamental para mí a la hora de acercarme a la poesía, porque no solo escribo para mí, sino que también lo hago para ellos, para cualquier lector que tenga interés en leerme.​​ 

 

  • ¿Qué significado han tenido en tu trayectoria poética reconocimientos como el Premio Provincia de Guadalajara de Poesía “José Antonio Ochaíta”, en 2021, el XXII Premio Nacional de Poesía “Ciega de Manzanares”, en 2023, y el XV Premio Internacional de Poesía “Antonio Gala”, con el que​​ Escrito bajo las uñas​​ se convirtió en el primer título de la colección “La Baltasara”, en la Editorial El toro celeste? ¿Han influido estos premios en tu manera de entender y desarrollar tu obra?

 

No me importa reconocer que empezar publicando poesía con dos premios seguidos fue un aliciente muy importante, y más con premios de ese calibre y con unos jurados tan prestigiosos, pero también he publicado​​ Alas para los ángeles, que no ha recibido ningún premio, y es tan importante como cualquiera de los tres que sí los recibieron. Con esto quiero decir que no, que ganar premios no ha influido en mi manera de escribir ni de avanzar, son más bien algo circunstancial de lo cual me alegro y por lo que siento mucho orgullo y que, seguramente, ha dado a conocer mejor mi poesía, pero yo, como poeta, no soy los premios que he ganado, sino los libros que he escrito, y eso será así siempre que siga escribiendo.

 

  • ¿Cómo se entreteje tu identidad poética en una urdimbre de afinidades electivas con las voces tutelares de Manuel Francisco Reina, Francisca Aguirre, Ángela Figuera Aymerich –cuyo decir, atravesado por una honda conciencia del dolor, el desgarro, la memoria, parece reverberar en tu propia dicción–, y de qué modo ese linaje íntimamente asumido se expande, se tensiona o se reconfigurarlo con otras sensibilidades contemporáneas como las de Raquel Lanseros o Antonio Díaz Mola, en la siempre inestable búsqueda de una voz que, siendo heredera, aspire también a su propia singularidad?

 

Aunque sigo buscando de forma incansable nuevas voces contemporáneas que me muevan lo suficiente –y reconociendo que sí he encontrado algunas, como a quienes mencionas–, tengo que reconocer que siento una mayor conexión con poetas de otras generaciones. No solo Francisca Aguirre o Ángela Figuera Aymerich, sino otros como Alberti, Margarit, José Hierro,​​ Gamoneda, Antonio Hernández, Elsa López… Esta corriente actual de poetas-influencers, de poetas-famosos, de esa “poesía” que necesita de​​ performances​​ para llenar un vacío que no se llena solo con la propia poesía no va conmigo, como tampoco me reconozco en la llamada poesía de la experiencia ni en quienes siguen esa línea (en mi opinión, ya muy manida). Por eso, quizá, me fije más en autores que, en el mejor de los casos, me duplican la edad, porque esa es la poesía que me conmueve, la que me empuja a escribir y por eso, probablemente, mi voz suene más a las suyas y no me integre en esas corrientes poéticas actuales. Por ese motivo, quizá, mi singularidad estará siempre ligada a lo que he leído, a quienes he leído, y esto, para mí, es motivo de orgullo y de celebración.

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  • ¿De qué manera tu poética articula un tránsito desde la experiencia íntima hacia una dimensión colectiva, convirtiendo lo personal en un prisma de lectura de lo sociocultural, y cómo asumes, en ese proceso, el rol del poeta como instancia de mediación crítica –un filtro sensible y consciente– capaz de traducir los conflictos, tensiones y momentos vitales de su tiempo tanto en el plano individual como en el tejido más amplio de la sociedad?

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Siempre he pensado que si, a través de mi poesía, soy capaz de conectar con otras personas, habré cumplido mi principal objetivo como poeta. En las lecturas, presentaciones o diferentes actos en los que he tenido el inmenso placer de compartir poemas míos, lo que más me gratifica es esa conexión, esa lágrima compartida, ese suspiro común, esa unión en la que mis poemas se vuelven, también, los poemas de quienes los escuchan. Hay temas –como el del dolor, el de la memoria– que son universales, compartidos en cualquier​​ parte del planeta, y la poesía es el canal más certero para encontrar esas conexiones, esa unión, esa humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

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