Gustavo Osorio de Ita reseña Please, de Jericho Brown



Presentamos una reseña de Gustavo Osorio de Ita sobre Please, de Jericho Brown, libro que se publicó en 2017 en la editorial española Valparaíso Ediciones, bajo la traducción de la poeta Andrea Cote. Jericho Brown es autor de Please, The New Testament. Y recientemente publicó The Tradition.

 

 

 

Entre la súplica y la exigencia; Please, de Jericho Brown

 

Porque primero, antes que la súplica, fue el sonido, la queja. Dice Octavio Paz, en El arco y la lira que “La poesía no es nada sino tiempo, ritmo perpetuamente creador.” (21) ¿Qué crea el ritmo de Jericho Brown en Please? ¿A quién construye?

Lo primero que podemos atender en Please (Valparaiso Ediciones, 2017) en esta traducción de Andrea Cote que trae por primera vez al español al poeta norteamericano, galardonado en 2016 con la prestigiosa beca Guggenheim, es un corte versal anómalo. Una expectativa y tensión distintas, semejantes a la cadencia del blues, pero apuntalando también la reformulación del pentámetro yámbico; pensemos entonces quizás en Giorgio Agamben para poder referirnos a la construcción de un ritmo creador, tal y como dice Paz. Agamben sostiene –en aquel magnifico ensayo, “The end of the poem”– que la naturaleza y propuesta estética del encabalgamiento, el cómo disponemos de los versos y cómo estos son leídos, no resulta sólo un artificio métrico-visual, sino más bien un ejercicio pragmático e incluso filosófico. La disposición versal juega aquí con algo mucho más importante que la mera forma del poema, atiende a la expectativa que se abisma al final de cada verso, ejerciendo –tal y como bien señalaba Paz– a jugar con el tiempo, que se acelera y se detiene con cada línea de la composición de Please. En Brown así funciona el mundo del verso:

La mujer con el micrófono canta para herirte,

Para verte sacudir la cabeza. El micrófono bien podría

ser una correa de cuero. Conduces hasta el centro del pueblo

Para que te azote la voz de una mujer. No puedes distinguir

entre la correa de cuero y la lengua del amante.

La lengua del amante bien podría llamarte perra,

Un término amoroso en el lugar del que vienes, una especie

De halago precedido por la palabra cantar

En ciertos bares. Exuberante lengüecilla

La tuya: puedes gritar, Canta perra, y, Te amo

Con un trago de Patrón al final de cada frase

Desde el mismo taburete cada sábado en la noche, pero no puedes

Recordar la correa de cuero de tu padre sin sacudir

La cabeza. Eso es lo que complace a la mujer

del micrófono. A ella no le interesa divertirte,

tampoco a mí. Háblame en la lengua del amante

Llámame perra, y cantaré la noche entera.

 

Este juego de expectativas perfila también la constitución de un ritmo singular. A cada verso en Please estamos ante la expectativa de que algo ocurra. Se redobla la forma con el sentido, lo que dice y el cómo lo dice van íntimamente asociados. El lector se encontrará así a la deriva y el vacío en cada escansión, en casa silencio; estará ante la inquietante y creciente súplica de que se realice el dictum, por el cual la forma conspira:

No la palma, no la vara de madera del

Peral, no el palo de escoba,

O el cable más

Cercano, no su cinturón trenzado, pero Dios

Bendice el reverso de la mano de papá

Que, sin empuñar nada en mí contra o estar envuelta

en cuero, eliminó el aire

Entre ella y mi mejilla.

Haz plena esta mejilla con hoyuelos

Indigna de su marca sin puño

Y perdona mi olvido

 

El ritmo en los poemas de Jericho es también voz, y la voz implica un tono. Para contrapesar la propuesta de constantes expectativas del ritmo, en Please se propone un tono perentorio y mordaz: si bien el ritmo nos descoloca e invita a la incertidumbre, el tono edifica órdenes y mandatos claros que recaen sobre la voz propia, comandas para el nombre que nos ha dado el mundo, tensa látigos de autoflagelo sobre la carne sorprendida de lacerarse a sí misma. Con este tono se va apropiando de las formas de la imposición para hablar de tiempos y espacios concretos, para mostrar cómo pertenece a una lengua y a una forma específica de ocuparla; tal y como leemos en y con esta lengua en el poema “Autobiografía”:

Mantén la línea firme             Mantén la espalda recta

Sigue viniendo

Por más          sigue jodiéndome

Cletus

Mantén tus manos sobre mí de esa manera

Y tendrás siempre un lugar donde posar tu cabeza

Mantén mi cintura pequeña   Mantente en forma

Mantén a tu hombre feliz        Mantén a una mujer loca

Mantén a tu padre lejos de tu madre

O la próxima vez llamo a la policía

Mantén a esos niños con pelo de alambre

Lejos de mi verde, verde yerba

Mantén la jerga educada si quieres

Mantén la mirada en mi hombre

Y te cortaré otro párpado

Mantén tus ojos en mi rostro

Cuando digas la próxima mentira

Mantén el paso no estoy hablando contigo ya

Mantén arriba esa última nota           Sigue cantando mientras

Saco la astilla

Sigue cantándole al niño Jesús y todo

estará́ bien.     Mantenme en tus oraciones

Mantennos en tus pensamientos Mantén tus ojos en el negro

Que no sabe lo que dice.        Mantén

Tu dinero en el bolsillo           Nelson

Estas putas

Repartiéndolo             Mantén este

Ocupado         Yo le quitaré la billetera

Sigue viviendo cariño y tú

también te harás viejo.

 

Pero ¿de qué habla esa voz, con aquel ritmo, en ese tono? ¿A qué se atreve la voz de los poemas de Jericho Brown? Recula en el abuso infantil, por ejemplo, en “Otra vez”: 

Debí haberte dicho esto

Hace varios versos. Regresamos

A la casa de la que habíamos huido.

Porque.

Mi madre ama a su marido

Y a sus manos

Aunque pesadas las ponga sobre ella.

 

Se va tensando hacia la violencia en “Track 5: Verano”:

Me llamaron

Perra, pero nunca devolví un mordisco.

Yo no soy un perro

Una motosierra, te digo. Mi voz te corta. Te juro que

Me rasgo la garganta. Me esfuerzo para que suene áspera.

 

Se tuerce entre lo público en “Abierto”:

A menudo yazgo abierto como un campo.

Los aparceros no tienen nombres fijos.

 

Revoca en lo privado en “Apretón”:

Ese niño gordo tropieza por el fango

Del mismo modo en que yo salpico tu incesante nombre

Con temblores sobre mí. Míralo revolcarse.

Si él saborea barro tan amargo como este poema

Mío, entonces yo gano- y tú me amas.

 

Y se vuelve hacia la negritud en “Track 4: Reflejos”:

Obtuve otro #1 y alguien

 

Le prendió fuego a Detroit. Eso era poder- Gente blanca mirándome

De frente y quedándose ciega

 

Para no tener que ver así

Lo que en el mundo ardía hasta volverse negro.

 

Así es entonces que la legua y la voz se ensañan con estos lugares familiares para transformarlos, principalmente descolocándose a sí mismas. Hablando desde el borde del borde, del margen desde la marginalidad, de la violencia desde el violentado que aprende también a ser violencia en un mundo donde no se tolera la diferencia; se habla entonces en Please desde otra parte, se dice súplica –please– desde la culpa o el desahucio, pero también desde el rencor y la exigencia, tal y como ocurre en el poema “Almuerzo”:

En la fila de comida rápida

Un hombre saca un centavo

  De la mano de otro hombre

 

Sonríe con amplia sonrisa

  Y paga el cambio extra.

  Un chico está parado detrás.

 

El cajero confunde mi celosa

  Mirada con una de desaprobación

Y sacude la cabeza para mí

 

Como diciendo, también yo odio

A los maricas. Cuidadosamente cambio

  Mi peso hacia una sola

 

Delgada pierna, abro

Mi apropiada boca

  Y pido.

 

Y tenemos entonces a un ser de carne y hueso y papel y palabras. Un alguien que desde lejos habla, que habla en tensa orden, en mandato, que exige en súplica; un ser que promete y sufre y cumple y frustra; un esquivo tono y entrecortada carencia en la voz y en el verso –que nunca de la voz ni el verso mismos– tenemos el doloroso espasmo y estertor que nos lleva a casi un antiliricismo, a las rupturas del deseo, a los lugares sabidos, a las tumbas de la memoria, al desprecio, al ataque, a la raza, al género, al borde, al dolor y en suma, a todo aquello por lo que alguna vez pudimos, podemos o podríamos suplicar.