Poesía argentina: Héctor Ciocchini

Diego Roel construye un dossier de poesía argentina contemporánea. Leemos aquí algunos textos de Héctor Ciocchini (1922). Mereció el Premio Konex en 1996.

 

 

 

Héctor Ciocchini​​ (1922).​​ Premio Konex 1996. Profesor en Letras, Universidad Nacional de La Plata (1945). Obtuvo la beca Fritz Saxi Warburg Institute y del CONICET (PK). Investigador Principal del CONICET (1981). Director del Instituto de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur (1956-74). Se desempeñó como docente en las universidades nacionales de Buenos Aires y del Sur, en The Hebrew University de Jerusalem (1973) y en el Warburg Institute de la Universidad de Londres en tres períodos. Dictó cursos y seminarios en casas de estudios nacionales e internacionales. Colaboró en suplementos literarios de los diarios La Nación (PK) y La Gaceta de Tucumán y en las revistas El Urogallo (Madrid) y Árbol de fuego (Venezuela), entre otras. Editor de los Cuadernos del Sur. Entre sus publicaciones se destacan:​​ Temas de crítica y estilo​​ (1960),​​ Los trabajos de Anfión​​ (1969),​​ El sendero y los días​​ (1973),​​ Monstruos y maravillas​​ (Con Luigi Volta, 1992) y​​ Homenaje a John Keats​​ (1995). Falleció en 2005.

 

 

 

 

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Me han pedido que escriba una semblanza de Héctor Ciocchini, no es mucho lo que sé de él. Nació en La Plata en 1922, fue director del Instituto de Humanidades de la Universidad Nacional del Sur y docente en las universidades nacionales de Buenos Aires, en The Hebrew University de Jerusalem y en el Warburg Institute de la Universidad de Londres. Publicó​​ Temas de crítica y estilo​​ (1960),​​ Los trabajos de Anfión​​ (1969),​​ El sendero y los días​​ (1973),​​ Monstruos y maravillas​​ (Con Luigi Volta, 1992) y​​ Homenaje a John Keats​​ (1995)   .​​ 

Todo eso lo busqué en internet, porque no lo sabía. Entonces, se preguntarán con justa curiosidad, porque me habrán pedido que escriba estas palabras.  Creo que la convocatoria nace de un error. Circula en internet un artículo que sugiere que el poeta, investigador, académico y docente visitó por última vez la Biblioteca Nacional Mariano Moreno con la intención de entregarme un manuscrito de su libro Piedad de la tierra, esperando un veredicto que no pude dar porque, a los pocos días, falleció. Permítanme aclarar este episodio de una vez y para siempre, ya que no me gusta quedarme con lo que no me pertenece, llámense libros, gloria o amor.

El profesor Ciocchini fue mi primer lector y, hasta dónde sé, fui su última bibliotecaria. Lo conocí en 1987. Él preparaba -junto a José Emilio Burucúa y Omar Vagnoli- la exposición Iconografía de la imaginación científica, en la antigua sede de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, la del barrio sur, la de Jorge Luis Borges.

Yo tenía 18 años y recién empezaba a trabajar. Escribía a máquina con diez dedos, no tenía faltas de ortografía y poseía conocimientos de inglés, por lo que mis jefes consideraron adecuado que los asistiera en el montaje de la exposición. Mi tarea era mecanografiar las fichas de identificación de las piezas expuestas y, también, los textos curatoriales de la muestra. Recibía los originales manuscritos del profesor Ciocchini, escritos con estilográfica de tinta azul, en su particular caligrafía -los trazos de las mayúsculas y de las letras finales de cada palabra extendidos, como si fueran los brazos de una bailarina-.​​ 

Todo lo que tipeaba era completamente desconocido para mí. Autores de los que nunca había oído -Athanasius Kircher, Hartmann Schedel, Ulises Aldrovando, Olaus Magnus- y temas que parecían sacados de la literatura fantástica -monstruos, mirabilia, autómatas, alquimia-.  El profesor visitaba regularmente mi escritorio para verificar que entendía la letra y para disipar, con mucha pedagogía, todas las dudas que mi ignorancia podía pergeñar. Me contaba cosas de los libros que estaban exponiendo, todos antiguos y maravillosos, de las imágenes que ilustraban sus páginas, de la historia de las ideas y del conocimiento, del​​ Mutus liber, de Dioscórides, del Quijote, del Golem, de Diderot y D’Alambert.

De vez en cuando coincidíamos, a la hora del té, en la cafetería de la biblioteca. Entonces él hablaba de Poe y Valéry y yo, insensata, opinaba. Hasta ese momento, para la adolescente del conurbano que era, erudición había sido una palabra sin contraparte real, pero ahí estaba yo, conversando con alguien cuyos saberes hacían que el cerebro se encendiera.​​ 

El profesor tenía esa cualidad, que poseen las personas verdaderamente inteligentes, de hacer que su interlocutor sienta que también sabe de lo que está hablando. Para mí, él poseía, además, una gravitas especial. Porque Héctor Ciocchini, el primer warburgista argentino, discípulo de Arturo Marasso, profesor, investigador y poeta era, también, padre de María Clara, mártir de la lucha por el boleto estudiantil en la Argentina, desaparecida junto a sus compañeros durante la última dictadura militar en el episodio conocido como La noche de los lápices. En mis años de escuela había marchado muchas veces llevando banderas con su nombre y la foto imprecisa de su cara. En varias oportunidades, durante esas conversaciones en el bar, traté de adivinar en los rasgos del profesor, algún parecido con aquella imagen borrosa. No hallé más que la sombra amarga de un padre que había perdido a su hija.

En los años posteriores la Biblioteca se mudó a la zona norte de la ciudad, a un edificio más grande, más moderno e importante. Muchos de nuestros lectores se alejaron. Todo se volvió profesional y distante. Cuando tuve que buscar, en la nueva diagramación institucional, un lugar donde trabajar, no dudé en elegir la Sala del Tesoro. Ahí estaban, junto a muchos otros, los libros increíbles de los que hablaba con el profesor. Quería saber más de esas colecciones y servir a sus lectores.

Allí volvimos a encontrarnos a mediados de 2004. Esta vez, venía acompañado de un discípulo a quien quería mostrarle una edición de la Ilíada, específicamente los grabados que ilustraban, creo, el canto xxiii. Desde ese momento, empezó a venir con regularidad. Pedía un libro, consultaba un repertorio y muy tarde, casi a la hora de cierre, tomábamos el té y hablábamos de poesía. Fue en una de esas oportunidades cuando el profesor me prestó el original de Piedad de la tierra para que lo leyera y lo comentáramos en próximos tés, pero al poco tiempo, falleció. Así fue como me quedé​​ con el original que, ahora entiendo, debo donar a la Sala del Tesoro para que otros lectores lo encuentren.

Me dijeron que en este número de la revista Círculo de poesía iban a publicarse algunos de los poemas de Ciocchini. Tengo dos poemarios suyos, Herbolario (1982) y Ofrenda (1985). Mucho de lo que habitaba su conversación está ahí:  dioses antiguos, ritos olvidados de sangre y ceniza, minerales vivos, metales que cantan, helechos, plátanos, asfódelos, ortigas y una soledad tremenda, y un Dios que calla.

 

Laura Rosato

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De​​ Herbolario

 

 

 

 

 

Junto a las tierras de las demoliciones

las nuevas catacumbas, olor fluvial de túneles.

Aún no se ha disipado

la intimidad de cuartos y escaleras

que dibujan los muros.

La nueva fundación huele a brea

y en el carmín fosforescente parten

como adioses los barcos

grávidos del ancho aliento de la vida.

Se obstina entre alambradas la bella enredadera.

En su fresca salud

los obreros como árboles magníficos

banquetean con su pobre comida.

La luz color azogue los protege.

Un cónsul romano

se asoma por un postigo entreabierto.

Se recluye la majestad del nacimiento

y acepta el destino

de una nueva salud imperturbable.

 

 

 

 

 

 

 

 

Quien sabe de un perfume

a hierbas amargas,

de una escala de techos campesinos

hasta el incendio mismo de todas las cabañas

en ponientes de olivos y de brezos,

sabe del alimento y sus comidas,

de la ciencia de vivir y de amar;

de los cabellos

que la mujer entrega

como una oscura clámide que oculta

la gloria de su cuerpo.

Quien olió por la tarde

un aroma de troncos y de bayas,

y vio​​ crecer las grandes humaredas de hojas

que la lluvia pudrió e hizo turba el invierno

arde como el carbón en pensamientos

ocultos y salvajes.

Su corazón se eleva sin quererlo

como un brazo potente a la oración

sin remedar razones ni palabras,

libre en la sola forma de su gesto.

 

 

 

 

 

 

 

 

Debajo de cada rama hay un pueblo

con caminos de tierra, columnas enterradas,

muertos de pie y jardines.

Y todos van a ver

la excavación de los helechos.

Una estrella de piedra crece sola

entre raíces centenarias.

 

 

 

 

 

 

 

Ese tacto dulcísimo,

ese beso en el fondo de una tierra desierta.

 

 

 

 

 

 

 

 

Destrozar los desolados hábitos,

poder inspeccionar como un tentáculo

o una mano lábil las fibrillas del alga o los helechos

abriendo una vía láctea en el espacio

de lo desconocido. Este ir como nadando

entre las sombras, sin padres ni amigos

que protejan el alma

hasta ser pura especie de lo singular y único

es nuestra herida. Se agita

un encandilamiento de hojas:

el verano nos quema hasta la médula;

podemos ser esa piedra

inciertamente grabada de la que nadie recuerda

su significado.

 

Por las zonas oscuras volando

como una insistente escuela de fosforescentes

peces se abisma el explorar.

La tenue vaguedad nos imanta

y nos pide certidumbres que escapan

como un apetito insaciable

cada vez más lejano.

¿Dónde está, Dios mío,

tu mano protectora?

 

Al blanco, incandescentes como una bala,

nos dirigimos ardientes, vertiginosos

al olvido. Desnudos como una piedra

laminada hasta ser polvo

nos pule el viento.

Dónde estará la vida:

nuevos sentidos se abren

y una aurora magnífica insinúa

las nuevas vegetaciones.

 

Desde este nuevo espacio mi voz suena.

Es otro el modo y la manera de cantar. Es algo

que sólo el contacto de una mano o el canto

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ / de una hoja

hace evidente. Esa evidencia está desnuda

como un agua lustral de siglos

y se nos cae encima para resucitarnos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un olor pesado y encendido de barro que nos devuelve

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ / la respiración

descubre el secreto del salvajismo

y la ferocidad se dice apenas murmurada como una flor

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ / desconocida.

¿Rosa de polvo y desechos,

qué otra cosa puede ofrecer

una frustrada patria?

Pero algunos niños chapotean,

anuncian con su inconsciente danza

un olor de petróleo y barcos

que nutre la esterilidad del alma

y del paisaje.

Un sol de estaño nos observa

del otro lado del horizonte, hundiéndose en las aguas.

 

 

 

 

Todo está​​ por decirse

porque unos dedos invisibles dibujan

con un pincel oscuro

la humedad, el íntimo secreto

de las plantas.

Quisiera tomarte de la mano

y desaparecer de todo recuerdo,

volver a la humedad de la tierra,

hundirme para siempre

en un delicado olvido vegetal.

Algunas finísimas ventanas nos vieron,

alguna última lumbre brilló

en una herrería abandonada

para que se incendiara

una luz que no conocemos.

Para que el ser que nos habita devorara

unos fosforescentes lodos;

y nos dijera que nuestra muerte camina

gozosa hacia un pueblo

de deslumbrante exploración.

 

 

 

 

 

 

 

 

Alguien puede estar tendido aquí, en la playa,

debajo de estas montañas de fortificaciones

hilvanando un tierno amor que no halla sosiego.

Las olas, tranquilizadas, depositan la plata vesperal

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ / de un insinuarse de luna.

Un largo susurro canta en las azoteas

y las tiendas de falsas joyas guardan como un misterio

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ / su penumbra

para el engaño universal

de estar vivo gustando un dulce vino.

La tierra nos mira morir en la belleza

y así descendimos hasta el Santo, secreto de los cruzados,

con la resignación de estar perdidos

en la ruta del hombre.

Probablemente fueron esos espectros

que el amor llena de sensitiva claridad

quienes visitaron la delicada playa y se olvidaron.

Ya pronto llorará el cynocéfalo

la ausencia de la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

Al amanecer, cuando

el aliento del silencio es tangible

y la agonía de la lucidez

intenta una plegaria

viene a la mano el libro, o la pluma, o un pincel

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ / que medita.

Esa mano, que tan pocas veces

habla desde su interior, modula

el canto de la esfera planetaria, se abre

para una dádiva sin medida ni precio.

Sentarse como el escriba sagrado.

Ser todo oído

para la Nada.

La lumbre del poeta agoniza,

pocas hojas quedan sin quemar en la lámpara

y antes de la aurora

ya el sol resplandece en la tiniebla,

argento vivo ahogándose de oro negro y vida.

El humo de un brebaje caliente

es respiración; alientan internos los celajes,

y es un mediodía que nadie

discierne, salvo las frentes que velan.

El silencio de Dios está vivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Otros autores 

Valeria Pariso / Inés Aráoz / Lucas Margarit / César Cantoni / Gustavo Caso Rosendi / Diego Muzzio / Andrés Neuman / José Ignacio Hernández / 

María Bakun / Lorena Strack / Daniela Bastías / Eliana Tomassini / Alejandra Boero / 

 

 

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