Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad. Johan Dos Reyes (Venezuela).

Leemos, en el marco del dossier de nueva poesía venezolana que construyen Zorian Ramírez Espinoza, Juan Lebrun y Bolívar Pérez, algunos poemas de Johan Dos Reyes (Caracas, 1999). Ganador del primer lugar en el noveno Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas (2024). La fotografía es de Estefanía Franco.

 

 

 

 

Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad.​​ Es una selección que reúne voces de poetas venezolanos nacidos a partir de 1990. La muestra nos invita a reflexionar acerca de​​ las diversas identidades que se presentan en la poesía​​ actual venezolana. La escogencia del título rinde homenaje a dos voces que dejaron una huella fundamental en el panorama más reciente de la vida literaria del país: César Panza, con su verso​​ Si el río abriese los ojos qué viera, y Caneo Arguinzones cuando dice que​​ Haber retrocedido al abismo ha convertido la continuidad / en una festiva alabanza. César nos devuelve la pregunta de la identidad sin pretender abrirnos los ojos, sino buscando que habitemos con él la pregunta; defiende lo auténtico mientras nos habla de la impermanencia.​​ Caneo plantea una​​ vivencia corporal que enfrenta a la muerte, pero que, en un detenerse, busca la continuidad de la vida como una “festiva alabanza”. Estos autores y referentes, por siempre jóvenes, son voces desenfadadas, discontinuas, navegantes de lo incierto en el río identitario, vitales, como las que presentamos a continuación.

 

 

 

 

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Johan Dos Reyes​​ (Caracas, 1999)​​ es​​ actor y estudiante de Cine en la Universidad Central de Venezuela. Sus textos han sido publicados en distintas antologías y revistas literarias.​​ Con el poema​​ la letra m​​ resultó ganador del primer lugar en el noveno Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas (2024).​​ Esta selección de textos poéticos se conforma de sus libros:​​ A-hora​​ (Buscadores de libros, 2024)​​ y otros textos inéditos.​​ 

 

 

 

 

 

 

Los padres nuestros

 

No sé quién dice que Dios es el mejor padre

No sé quién dice que Dios es el mejor​​ padre

No sé quién dice que Dios es​​ el mejor padre

No sé quién dice​​ que Dios es el mejor padre

No sé quién​​ dice que Dios es el mejor padre

No sé​​ quién dice que Dios es el mejor padre

No​​ sé quién dice que Dios es el mejor padre

 

 

 

 

 

 

 

 

Un hijo no puede quedarse

 

Me gusta observar a los ciempiés que se pasean por la casa hasta enroscarse en algún punto del suelo, como queriendo salvarse del mundo. Esta mañana vi dos en la cocina, uno más grande que el otro. Parecían madre e hijo. Decidí caminar con la cabeza gacha, cuidando no pisar a ninguno, hasta que en un descuido, mientras sacaba la basura al aseo, pisé al más grande sin querer.​​ 

 

¡Pobre pequeño!​​ 

¡Se quedó solo!​​ 

Pude verlo refugiándose en sí mismo como un caracol.​​ 

 

Quise protegerlo, acompañarlo, abrazarlo, pero pensé en todas las veces que mis tías se hicieron cargo de mí, y aún así yo me escondía bajo la cama, esperando que mamá dejara de hacerse la muerta para venir a buscarme. Pensé también en la palabra​​ casa​​ que se me confundía con​​ infierno, porque la boca de “mis hijos son míos” era la misma que decía: “no vengas a buscarme por tu cuenta, esto queda en el infinito”.​​ 

 

Entonces me acerqué y dejé caer mi pasada sobre él. Sentí el crujido en mi estómago, sus restos de ciempiés embarrando el suelo, su espiral rota.​​ 

 

Lo hice para evitar su dolor.

Porque cuando una madre muere, un hijo no puede quedarse.​​ 

(No puede).

Vivo.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

mamá gallina

 

yo también quise una mujer desnuda

con la mirada abierta y mejillas de terciopelo​​ 

quise una mujer fuerte con dos buenos pechos

que me amamantaran tres veces por día  ​​ ​​ ​​ ​​​​ una mujer​​ 

que me amara

que me besara en la frente​​ 

que me escondiera entre sus brazos

cuando de tanta lluvia no alcanzara la casa​​ 

yo también quise una mujer

distinta a la que hallé en esa caja para cadáveres

mientras le murmuraba:

mamá gallina, sal de ahí,​​ 

tus hijos se están muriendo.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

Capón

 

Siempre dejo los testículos guardados

bajo la cama

mejor en el jarrón

para que nadie los note.​​ 

 

Aprendí a ocultarlos observando a papá.​​ 

Él los usaba sólo en casa

con mis hermanos

con el perro

con las costillas de mamá.​​ 

 

–Hay que tener cojones,​​ decía.​​ 

porque el macho​​ 

tienen el sexo expuesto/desprotegido/vulnerable.

 

La descendencia me pesa.​​ 

 

Algún día iré

a que me cercenen los genitales

a que la hemorragia

el dolor agónico  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ excruciante​​ 

me deshagan la casta​​ 

como vertiendo leche en el río.​​ 

 

Ese día me convertiré en un impotente/eunuco/capón/inepto  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

por mis hijos

los hijos de mis hijos​​ 

que nunca sabrán

lo que es caber en un cuerpo

en una estirpe de hombres cobardes.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

la boca de mi padre esconde una navaja

 

es hermosa la boca de mi padre

cautelosa

se abre albergando frases amables

de la casa para afuera​​ 

sonrisas nuevas

otras veteranas

el lamento es apenas un rumor

la boca de mi padre tiene un aire filoso​​ 

nadie lo dice

se mueve con sus muecas​​ 

cuando mira el partido de su equipo que no gana

cuando toca comer hígado con cebolla

cuando el calor domina las calles

no piensa

exhala duro​​ 

hondo​​ 

esa boca​​ 

de cadencias gustosas

de fachada pulcra

de confianza grácil

no sabe decir te quiero

entonces mata

 

 

 

 

 

 

 

 

Un canto legendario de Reyes (o Saturno vomitando a su hijo)

 

No soy Eneas, padre. No te llevaré en mi hombro cuando la casa se incendie como en una leyenda troyana. No cubriré mi cuello con el pellejo de un león rojo ni de otro color, porque tu cuerpo maltrecho, de manos necias, dedicadas a cargar objetos sagrados para no sentirse viejas e inservibles, morirá hundido en las​​ sombras profundas de una memoria calcinada, sin funeral, sin sepelio, sin doliente, como mueren los que no existen en ningún suelo, con los huesos solitarios pidiendo salvación en una carta rota. No me busques. No habré de contestar ningún lamento,​​ ni por decoro, ni por decencia, ni por humanidad. Yo estaré siempre en el fuego de un final épico, donde el ruego del hijo ya no sea el mismo que el del agraviado. No soy Eneas, padre. La casa ardiendo a mi espalda, por fin, abrigará tu frente. Ese día mi existencia será heroica.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quedará la arena

 

Los padres de mamá se mueren

como se desvanece la espuma de las olas:​​ 

susurrando lento,  ​​​​ sin pasión.​​ 

Ella heredó manos para el entierro,​​ 

quiero decir, para enmarcar fotos de sus difuntos en casa

junto a mí primer día en la escuela​​ 

y cumpleaños favorito vestido de superhéroe.

(Nadie tiene el poder de salvar a sus amados) .​​ 

Los padres de mamá son el cielo,​​ 

quiero decir, el techo de zinc que está a punto desplomarse,​​ 

su incapacidad de pronunciar con atino,​​ 

el tumor vigilante que le larva la cabeza.​​ 

Sé que pronto llegará la hora de hibernar en el agua,​​ 

de romperse entre las viejas rocas,​​ 

de usar las manos que habré legado​​ 

no por naturaleza sino por costumbre.​​ 

Mamá nunca será una espuma.​​ 

Con ella se desvanecerán las olas,

y después, lentamente, yo;​​ 

quiero decir, todo el océano.​​ 

Entonces mi ruido

será el mismo que el de mis muertos.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

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