Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad. Es una selección que reúne voces de poetas venezolanos nacidos a partir de 1990. La muestra nos invita a reflexionar acerca de las diversas identidades que se presentan en la poesía actual venezolana. La escogencia del título rinde homenaje a dos voces que dejaron una huella fundamental en el panorama más reciente de la vida literaria del país: César Panza, con su verso Si el río abriese los ojos qué viera, y Caneo Arguinzones cuando dice que Haber retrocedido al abismo ha convertido la continuidad / en una festiva alabanza. César nos devuelve la pregunta de la identidad sin pretender abrirnos los ojos, sino buscando que habitemos con él la pregunta; defiende lo auténtico mientras nos habla de la impermanencia. Caneo plantea una vivencia corporal que enfrenta a la muerte, pero que, en un detenerse, busca la continuidad de la vida como una “festiva alabanza”. Estos autores y referentes, por siempre jóvenes, son voces desenfadadas, discontinuas, navegantes de lo incierto en el río identitario, vitales, como las que presentamos a continuación.
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Johan Dos Reyes (Caracas, 1999) es actor y estudiante de Cine en la Universidad Central de Venezuela. Sus textos han sido publicados en distintas antologías y revistas literarias. Con el poema “la letra m” resultó ganador del primer lugar en el noveno Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas (2024). Esta selección de textos poéticos se conforma de sus libros: A-hora (Buscadores de libros, 2024) y otros textos inéditos.
Los padres nuestros
No sé quién dice que Dios es el mejor padre
No sé quién dice que Dios es el mejor padre
No sé quién dice que Dios es el mejor padre
No sé quién dice que Dios es el mejor padre
No sé quién dice que Dios es el mejor padre
No sé quién dice que Dios es el mejor padre
No sé quién dice que Dios es el mejor padre
Un hijo no puede quedarse
Me gusta observar a los ciempiés que se pasean por la casa hasta enroscarse en algún punto del suelo, como queriendo salvarse del mundo. Esta mañana vi dos en la cocina, uno más grande que el otro. Parecían madre e hijo. Decidí caminar con la cabeza gacha, cuidando no pisar a ninguno, hasta que en un descuido, mientras sacaba la basura al aseo, pisé al más grande sin querer.
¡Pobre pequeño!
¡Se quedó solo!
Pude verlo refugiándose en sí mismo como un caracol.
Quise protegerlo, acompañarlo, abrazarlo, pero pensé en todas las veces que mis tías se hicieron cargo de mí, y aún así yo me escondía bajo la cama, esperando que mamá dejara de hacerse la muerta para venir a buscarme. Pensé también en la palabra casa que se me confundía con infierno, porque la boca de “mis hijos son míos” era la misma que decía: “no vengas a buscarme por tu cuenta, esto queda en el infinito”.
Entonces me acerqué y dejé caer mi pasada sobre él. Sentí el crujido en mi estómago, sus restos de ciempiés embarrando el suelo, su espiral rota.
Lo hice para evitar su dolor.
Porque cuando una madre muere, un hijo no puede quedarse.
(No puede).
Vivo.
mamá gallina
yo también quise una mujer desnuda
con la mirada abierta y mejillas de terciopelo
quise una mujer fuerte con dos buenos pechos
que me amamantaran tres veces por día una mujer
que me amara
que me besara en la frente
que me escondiera entre sus brazos
cuando de tanta lluvia no alcanzara la casa
yo también quise una mujer
distinta a la que hallé en esa caja para cadáveres
mientras le murmuraba:
mamá gallina, sal de ahí,
tus hijos se están muriendo.
Capón
Siempre dejo los testículos guardados
bajo la cama
mejor en el jarrón
para que nadie los note.
Aprendí a ocultarlos observando a papá.
Él los usaba sólo en casa
con mis hermanos
con el perro
con las costillas de mamá.
–Hay que tener cojones, decía.
porque el macho
tienen el sexo expuesto/desprotegido/vulnerable.
La descendencia me pesa.
Algún día iré
a que me cercenen los genitales
a que la hemorragia
el dolor agónico excruciante
me deshagan la casta
como vertiendo leche en el río.
Ese día me convertiré en un impotente/eunuco/capón/inepto
por mis hijos
los hijos de mis hijos
que nunca sabrán
lo que es caber en un cuerpo
en una estirpe de hombres cobardes.
la boca de mi padre esconde una navaja
es hermosa la boca de mi padre
cautelosa
se abre albergando frases amables
de la casa para afuera
sonrisas nuevas
otras veteranas
el lamento es apenas un rumor
la boca de mi padre tiene un aire filoso
nadie lo dice
se mueve con sus muecas
cuando mira el partido de su equipo que no gana
cuando toca comer hígado con cebolla
cuando el calor domina las calles
no piensa
exhala duro
hondo
esa boca
de cadencias gustosas
de fachada pulcra
de confianza grácil
no sabe decir te quiero
entonces mata
Un canto legendario de Reyes (o Saturno vomitando a su hijo)
No soy Eneas, padre. No te llevaré en mi hombro cuando la casa se incendie como en una leyenda troyana. No cubriré mi cuello con el pellejo de un león rojo ni de otro color, porque tu cuerpo maltrecho, de manos necias, dedicadas a cargar objetos sagrados para no sentirse viejas e inservibles, morirá hundido en las sombras profundas de una memoria calcinada, sin funeral, sin sepelio, sin doliente, como mueren los que no existen en ningún suelo, con los huesos solitarios pidiendo salvación en una carta rota. No me busques. No habré de contestar ningún lamento, ni por decoro, ni por decencia, ni por humanidad. Yo estaré siempre en el fuego de un final épico, donde el ruego del hijo ya no sea el mismo que el del agraviado. No soy Eneas, padre. La casa ardiendo a mi espalda, por fin, abrigará tu frente. Ese día mi existencia será heroica.
Quedará la arena
Los padres de mamá se mueren
como se desvanece la espuma de las olas:
susurrando lento, sin pasión.
Ella heredó manos para el entierro,
quiero decir, para enmarcar fotos de sus difuntos en casa
junto a mí primer día en la escuela
y cumpleaños favorito vestido de superhéroe.
(Nadie tiene el poder de salvar a sus amados) .
Los padres de mamá son el cielo,
quiero decir, el techo de zinc que está a punto desplomarse,
su incapacidad de pronunciar con atino,
el tumor vigilante que le larva la cabeza.
Sé que pronto llegará la hora de hibernar en el agua,
de romperse entre las viejas rocas,
de usar las manos que habré legado
no por naturaleza sino por costumbre.
Mamá nunca será una espuma.
Con ella se desvanecerán las olas,
y después, lentamente, yo;
quiero decir, todo el océano.
Entonces mi ruido
será el mismo que el de mis muertos.
***
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