Cinco poemas de Anne Carson: Premio Nobel de Literatura 2026

Hace un momento se anunció a la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2026: la poeta, traductora, ensayista y clasicista canadiense Anne Carson (Toronto, 1950). La Academia Sueca le otorgó el Nobel “por su obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”. Presentamos cinco poemas de Canicula di Anna de Anne Carson en la traducción de Roberto Amézquita.

 

 

 

 

 

Los clásicos lo son por la inagotable tea de su poesía, de su discurso y ritmo significante, de su maleable forma, por lo que en todos los tiempos nos dicen, tanto su decir original como el sentido del presente. Anne Carson es una de las voces más singulares de la poesía contemporánea, traductora también de Safo, Simónides, Catulo, y muchos otros clásicos grecolatinos. Con sus propios poemas, en sus hibridas formas, con su fragmentaria (in)totalidad y su hondura anímica, además de traer para nosotros renovadas las antiguas voces del agua y del fuego de los clásicos, lleva su propia voz al océano de la poesía de todos los tiempos. Esta madrugada en que ha obtenido el Premio Nobel de Literatura, traduzco para Círculo de Poesía, cinco poemas de uno de sus primeros y más singulares libros, a mi ver, Canicula di Anna (1984), libro de poesía en 53 estancias que forman una écfrasis sobre obra inventada, que se escribe mientras se va pintando, en ella Carson logra un fresco nuevo, e imposible, del pintor renacentista Perugino, leamos pues el estuco plateado de la poesía de Anne Carson en el que acaso nos asomemos a nuestra propia mirada.

 

Roberto Amézquita
8 de octubre de 2026

 

 

 

 

CANICULA DI ANNA

(1984)

 

 

 

¿QUÉ TENEMOS AQUÍ?

 

 

I

 

Lo que tenemos aquí
es la historia de un pintor.
Ocurre en Perugia
(la antigua Perusia)
donde vivió el pintor Pietro Vannucci
(c.1445–1523)
también llamado Perugino,
un contemporáneo de Miguel Ángel
y maestro de Rafael.
¿Qué es lo que necesitas saber?
Hay algunas pocas cosas.
En el siglo quince
los Duques de Perugia,
sitiados por los ejércitos papales,
se retiraron al interior de la roca sobre la que estaba edificada su ciudad
y establecieron una segunda,
ciudad interior.
Que pasó a llamarse La Rocca
y no llegó a salvarlos
pero aún sigue ahí.
El aire dentro es asombrosamente frío.
En la historia que nos ocupa
algunos filósofos de la actualidad
se reúnen en cónclave
sobre la antigua roca de Perugia.
Ellos parecen haber comisionado,
con fines de relaciones públicas,
a un pintor para que los retratara
con pigmentos del siglo quince.
Quizá lo hacen por razones históricas
(Perusia tiene un pasado en pintura).
Quizá, una pequeña broma verbal:
per-rojusia precisa una cara pintada.
Tú entenderás
más de eso que yo.
El pintor, en cualquier caso,
no es un hombre feliz.
La mujer, como de costumbre, es el problema.
Ella también tiene un rostro
y un pasado
digno de ser pintado.
¿Te parece suficiente para una historia?
Vediamo.

 

 

2

 

Creo que me gustaría llamarle Anna.
Cuando llegué llovía. Todos
parecían estar enojados conmigo.
No pude encontrar
el nombre de Anna en la lista, ellos
hicieron otra lista, no, formaron
un círculo, gesticulando,
sin remedio. Salí silenciosa.
Afuera sigue lloviendo.
Dos cosas pasaron
(en la pintura, la superposición de colores)
a la vez, ambas imposibles.
Escuché a alguien decir el nombre de Anna. Miré el mar.
Ahora, estamos aquí rodeados de tierra.
Perugia (la antigua Perusia)
se encuentra a 1444 pies sobre el nivel del mar
sobre un grupo de cerros que dominan el Tíber:
1000 pies más abajo.
Su contorno
es irregular. Dentro de las murallas medievales
se conservan considerables restos de los altos
muros de la terraza de época etrusca.
Algún antiguo llamado etrusco, “Ah…” bajo la lluvia,
¿será posible? Duplicándose
y cayendo encima del parapeto,
perdido ya en el mar.
Perros salvajes, con hocicos goteando tales sílabas
sangrientas, corriendo y recorriendo sobre el lecho
del océano, allá abajo.
Attenti ai cani.

 

 

3

 

Aquí ellos no la conocen. Esto es,
¡soy libre de inventarla!, dulces
perros.

 

 

51

 

“No”, dijo Perugino.
La oscuridad rugía a su alrededor.
“Sí”, dijeron los Duques de Perugia
y empezaron a correr la enorme piedra de la puerta.
Antiguos planetas vinieron al sur en un estruendo
mientras la empujaban
por el pasadizo
hasta la abertura.
Anna no escuchó
la vuelta de los perros.

 

 

53

 

Negro para los pinos,
negro para los cipreses,
negro para el Cristo pensativo.
Pero
plata estucada
blanco para los huesos
cuando la encontramos pues
se erguían
en las llagas como metafísicos
quietos,
sin sangre,
mirando
fuera.

 

 

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