Damián Salguero en La poesía te quiere vivo

Con los poemas de Damián Salguero concluimos la serie "La poesía te quiere vivo", de nueva poesía colombiana, que ha construido Alejo Morales. Salguer

 

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

La bucólica canción

(Niños con los pies de quinua siembran las alturas de los páramos)

 

 

En 1833, Carlyle observó que en la historia universal hay un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender en el que también lo escriben.

Magias parciales del Quijote.​​ 

 

Jorge Luis Borges

 

 

 

Qué triste es el cansancio cuando

se hunde la tierra en plegaria

y cuando el grito desnuda la garganta.

Este julio cansado.​​ 

 

Eduardo Cote Lamus

 

 

 

 

We shall not cease from exploration

And the end of all our exploring

Will be to arrive where we started

And know the place for the first time.

little Gidding.​​ 

 

T.S. Eliot

 

 

 

La historia es un libro de recetas. Los tiranos son los chefs. Los filósofos redactan las cartas. Los curas hacen de camareros. Los gorilas son gente del ejército. Los cantos que oyes son los poetas lavando los platos en la cocina.

El monstruo en su laberinto.​​ 

 

Charles Simic

 

 

 

 

Y ellos, todos tan bellos

siendo nubes coloridas

escribiendo poemas de amor

en las vértebras transparentes

de este amanecer barroco.

 

Me quedo sin tema

y con las manos quietas​​ 

mientras espero a los muchachos

salir detrás del alba.

 

Escarbo en un baile las formas,

pero se me caen y me digo ¡qué mierda!

Las liebres están teñidas de cenizas.

Lloramos su muerte occidental.

 

Ya no hay noches, dicen los muchachos

sacudiéndose los primeros rayos del sol de la cabeza.

Ellos rezan mientras yo cavo en la tierra,

cavo noche y día,

día y noche construyendo recuerdos,

cavando algo parecido a mi tumba

y mirando hacia arriba

preguntándome cuándo vendrá la lluvia

para matarme a besos,

pero en agosto no llueve y vemos arder los valles

y vemos arder los páramos

y vemos arder las montañas

y vemos arder los océanos

y vemos arder las ciudades caucanas.

 

¡Cuánto drama en este mundo!

Ya no hay ganas de llorar, mis señores;

quiero más bien reír a carcajadas

mientras caminamos por los valles andinos

y bailar en la nata de guarapo.

 

Un taita me mira a los ojos y me dice usté está enfermo,

se le han hinchado las manos de tanto escribir poemas de amor,

de tanto arar las nubes

y pescar en el río de los lugares comunes

metáforas viejas de viejos poemas de tierras viejas.

 

Todos tan bellos, me dije:

Esos chicos morenos riendo, mostrándome los campos floridos que siembran en su piel calcinada. Toco sus pieles, blandas rocas históricas. Toco la dulce voz de las muchachas, pero ellas me odian, ha de ser por mi actitud, porque hablo mucho, y les digo vamos a pastar, llevemos nuestros miedos a las altas llanuras caucanas, y gritémosle al eco:

amor, amor, ven a mí, y el eco dirá “amor, amor ven a mí”.

 

Los niños sacan los miedos humanos sobre los altiplanos

y estos gozan la vida solar de las plantas.

 

Reiremos infinitos,

acostados sobre la hierba,

leyendo en la luna diurna

poemas primitivos escritos

por solitarios meteoritos

que perdieron el rumbo de sus infinitas vidas,

y veremos desde Totoró cómo arde el Cauca

mientras los tristes miedos pastan sobre los páramos.

 

Los miedos a lo lejos se emborrachan, algunos hablan mezclando el nasa yuwe, el castellano, el ñam trik, el latín, y otros miedos cantan mezclando los milenios y los llantos y las risas. Más acá los miedos se pierden así mismos cuando sacan machetes y se quedan quietos sin hacer nada.

Las jóvenes niñas nos traen comida. Atrapo sus voces en mis manos. No sé si es lluvia o si es un sol caucano derretido como el jugo de la caña cuando espesa.

Los niños, pastores del miedo, me ven aturdido y ríen y corren.

Quiero darle a cada niño mis huesos para que construyan sus viejos templos y recen a sus dioses y a mi dios católico.

Los muchachos me miran con rabia porque no hablo su lengua.

Los comprendo.

Al irse las muchachas dejan un rastro de tambor en el aire.

Queremos bailar,

pero los muchachos ahora

duermen bajo un sol que les tuesta los ojos.

 

Yo, despierto, he empezado a cavar, fabrico agujeros.

Algunos dirán que cavo tumbas, pero no, mis niños,

hago huecos, cunas terrenas para dulces mares minúsculos.

 

El taita me dice usté tiene una enfermedá adentro,

un animal extranjero, un sol negro atravesando su pecho.

¡Qué cosas

Cavo de sol a sol, cavo mientras —cenitales— duermen sobre el pasto.

 

Las lindas niñas de pálida dorada piel me temen y me aman.

Ellas detrás de las lomas nos observan y me ven cavar.

Las niñas doradas hablan de Tacué, el niño fuerte que desvía los ríos, o de Ulcué, que sabe cantarles a los maizales para que florezcan, o de Quintín, que sabe cabalgar las nubes y producir las lluvias de octubre y hace crecer las amapolas, y las niñas tímidas ríen.

Ellas tejen coronas y las adornan con fresas y habas, con duraznos de monte y ollucos; tejen capas con líneas rojas y negras, rombos volcánicos para que los muchachos en su espalda carguen los Andes.

Los niños despiertan cuando el sol envejece. Miran los hoyos que hice, pero no les importa. Las niñas vestidas de violeta y sus sombreros colgados en el viento bajan las lomas y coronan a cada uno de los muchachos. Ellos cargan la historia botánica en sus cabezas, los muchachos bailan y cada paso es una oración contando la historia del planeta.

Yo los miro y quisiera bailar también, pero esa danza es más vieja que yo, esa historia pertenece a un mundo de piedra, agua, musgo florecido, caminos borrados por maleza.

Los niños descuidan los miedos y el taita alarga su sombra como queriendo atrapar mi sombra y mi sombra entera se enraíza en las altas montañas y ambas sombras forman un gran ojo ciego llamado el sol, y los muchachos bailan bajo ese ojo. Los miedos escapan.

Cada muchacha escapa con un muchacho y se resguardan bajo los guamales donde los muchachos reciben su primer beso, las muchachas muestran sus senos y los muchachos ven una profecía en los pezones:

Ven en los pezones lagos y estrellas bailando, y se ven a ellos mismos gritando en los barrancos: amor, ven a mí, y el eco responde: “amor, voy a ti”. Luego los muchachos se lanzan de los barrancos buscando el amor eterno, pero lo único que encuentran es una sombra blanca devorándose a sí misma.

 

Las niñas sonríen y dicen que una sonrisa puede salvarte la vida. Las niñas huyen riendo y los muchachos vuelven a sus puestos, y ellos con la angustia enteran gritas No hay miedos, gritan. ¿Dónde han ido?

 

Pastan ya no en los páramos.

Caen ya no en las montañas.

¿Dónde escondiéronse los miedos?

Nuestros padres matarasnos

por miedos en los peñascos perdidos,

por miedos en la muriendo ciudad.

 

Vi los niños llorar.

Cabalgamos los lugares comunes

de sus lágrimas y luego ellos dijeron:

 

Miedos nuestros

que están en la terrena cara del cielo,

vengan a nosotros regnum est,

hágase la voluntad del viento.

 

Los niños luego de orar se calman,

hacen hogueras que el cielo se bebe.

 

Es el atardecer, dice uno; los niños cantan:

 

Una tortuga se transformó en el macizo

porque confundió el atardecer con un coral pacífico.

La tortuga se volvió tierra

y su corazón pura estrella de agua

donde nacen los ríos del mundo.

 

Anochece y los miedos vuelven a pastorear cerca de nosotros.

Bailamos contentos, esta vez, todos juntos.

Tacué pregunta por los huecos que hice.

Los miedos duermen y, detrás de ellos,

las ciudades caucanas encienden su pelaje adjetivado.

 

Tacué sonríe. Hacemos más hogueras para calentar la noche y hablamos de antiguos dioses mutilados y de sus tumbas.

Hace frío. Cerca al fuego todo toma una dimensión diferente. Hablan de un nuevo dios que llegó y asesinó a los antiguos dioses, pero que ahora vendrá otro dios y asesinará al que asesinó a los viejos dioses.

Los muchachos ya no quieren pensar en nada y duermen.

El taita me dice que beba la medicina

y le digo que no, que yo en realidad estoy bien.

Las ciudades caucanas apagan su pelaje. Mientras duermen los muchachos los llevo hasta las cunas terrenas que cavé de sol a sol. Los niños se transforman en lagunas rojas, en esas fosas de amor; cada uno de ellos pierde su nombre, cada uno de ellos deja de ser muchacho que baila para transformarse en laguna.

 

Los muchachos siendo lagunas atraen tristes estrellas suicidas

que han decidido ahogarse en esta alta montaña.

 

Duermo. Al despertar ya no hay muchachos ni estrellas, hay retoños de frailejones que esperan ser bautizados en medio de los rebaños, de las muchachas que los buscan loma arriba y loma abajo y gritan sus nombres; sus voces dulces son ardor en la piel. Los muchachos son faunas del mundo personal de algún dios niño y caprichoso.

 

El páramo es mi pastor.

Gloria a su voz de agua,

Gloria su verde espesor de niebla.

 

¡Los muchachos son niebla!

Y las muchachas extienden sus brazos

para atrapar sus besos, ¡qué belleza!

 

Algunas muchachas se plantan frente los peñascos

y juran volverse montañas,

volverse las cimas de las cordilleras

donde los climas polares habitarán hasta el fin del tiempo,

hasta que los muchachos vuelvan con sus nombres

a pastar los páramos y jurar amor a los altos cielos

todo su amor.

 

Los miedos quedan solos, a la deriva; en las altas lomas rezan y beben licor, invaden la maleza y se instalan en la piel de las piedras. Miedos visten de verde, miedos huyen de la minga y se refugian en las tabernas donde descuartizan a los campesinos, miedos inician guerras buscando a los muchachos que ahora bajo la tierra entregan sus ojos a las estrellas.

 

Muchacha ciega y de ojos verdes se toca los senos y piensa en la luna.

La hermana llora por muchacho que ha desaparecido.

La niña de verdes ojos ciegos toca las lágrimas. Muchacha se acerca a hermana y dice:

Tacué se fue. Miedos solos quedaron arrasando pueblos, invadiendo ciudades caucanas, solas dejándonos en los campos, llanuras solas quedaron, fresas mueren, papas florecen y mueren, aguas caen e inundan estos floridos llanos de amor. Ulcué no camina entre nosotros y no habrá más bailes para celebrar la vida. Quisiera bailar y cultivar en mi piel sus besos.

 

Muchacha caucana de ojos verdes abraza a hermana y dice:

Hermana yo extraño también a Tama, extraño su regreso, extraño pensar en sus días celestes. Antes de irse, Tama me robó los ojos y dijo: volveré y te regalaré un campo de caléndulas para que duermas y admires la simetría de las nubes, te regalaré los inmensos campos de Toribio y de Jambaló para que construyas un imperio, te devolveré la vista —dijo Tama— y verás los nevados del Huila y del Tolima florecer de amor. Nos casaremos en el mes en que el cielo se incendia, comeremos carne y beberemos licor y te enseñaré a bailar hasta que cansada caigas en mis brazos, olvidaré tus ojos que han mutado nuestra historia, iremos de iglesia en iglesia profesando la llegada de un nuevo dios que será tu piel de oro, ¡niña de ojos ranas! Te regalaré un futuro que no dependa del pasado ni del presente, serás una reina que morirá entre las montañas. Pero un día Tama se sumergió en las lagunas y se transformó en estrella.

 

Afuera padre mata puerco.

Afuera madre prepara la leña.

Hermanas afuera recogen flores.

Adentro y afuera todos lloran.

 

Padres sobre el dintel de la puerta

ponen cabeza de puerco para que la muerte se sienta halagada

y no llore la desaparición de jóvenes muchachos con la piel de quinua.

 

Negros vestidos bailan solos en la sombra.

 

Ahora los muchachos son lagunas escondidas

entre las montañas que alimentan la niebla.

 

Yo me voy dejando atrás las altas lomas caucanas.

El taita me dice: lo has hecho de nuevo,

has escrito la historia sepultando el futuro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

Cómo Suicidarse En Abril

 

 

 

a Javier​​ 

a Diego

a Sergio​​ 

 

 

 

Hoy primero de mayo.

 

Primero de un día

​​ primera hora de un día cualquier.

 

Qué ganas de escribir un haikú infinito en el que las calles estén vacías, en las que estemos borrachos, una y otra vez, cantando a todo pulmón, en el que podamos bailar y con nuestra orina escribir poemas en las calles vacías de medianoche.

 

Hacerle cicatrices a las paredes de Popayán

Hacer en las paredes de Popayán poemas infinitos. Qué ganas de tocar el cielo,

y la noche larga y el alcohol, y tomarnos un trago hasta que la memoria no exista

 

Pero, qué dolor cuando escucho tu llanto suramericano.

 

No sufro, no sufro, pero todo duele, duele ver que la ciudad se desmorona, que las altas montañas inundadas de cadáveres se vuelven fertilizantes.

 

Qué ganas de emborracharse parceros, qué ganas de hacer mierda la consciencia, de ver los rostros borrosos.

 

Buscar una pelea perdida.

 

Parcero, te acordas, estábamos ebrios, ​​ buscamos basuco y el corazón se nos pegó al paladar, y el amanecer nos dio un abrazo tan fuerte que nos sentimos muertos.

 

​​ La extensión de los valles parecía tan insoportable ante la ansiedad de sabernos vivos.​​ 

 

Dormimos todo el día

Sin futuro

​​ No había comida

pero había alcohol etílico,​​ 

no había comida,

pero había pegante

 

Eldíaseguíaynopodíadormirynopodíamosdormirnopodíamoshacernadateníamoselcorazónpegadoennuestropaladar

 

Parcero, y nos tiramos a nadar en una fuente en donde cagan los indigentes y nos sumergimos desnudos, nos cortamos con piedras y botellas rotas, reíamos parcero, porque la noche era una sola.

 

Y ebrios, quemamos a Popayán, rompimos con nuestros puños los faroles y luego, quitándonos los vidrios de los nudillos reíamos porque no había nada más que hacer

 

Sangramos tanto que inundamos los cielos y las alcantarillas

 

Quisimos romper las tradiciones, pero las formas del vicio nos atraparon

 

Popayán mar de mierda en la que pasé los días más bellos de mi canto personal.

 

En los que mi tragedia se transformó en paredes de cal y clorhidrato de cocaína.

 

En los que mi risa se transformó en la bilis y el vómito que dejé tirado en las esquina.

 

Amigos, amigos, todos locos corriendo calle arriba y calle abajo imaginando una adolescencia eterna.

 

Amigos acostumbrados al abandono y al dolor, a quedar tirados detrás del amanecer.

 

Nos acostábamos en los andenes, medio dormidos, con el corazón hinchado, con la sangre envenenada.

 

Reíamos sin pensar en nada.

 

Confiamos en nuestra juventud y nuestra fuerza.

 

Pero veinte años después estamos solos en una esquina escribiendo.

Treinta años después nuestra belleza se extinguió.

Amigo, tu llanto colombiano se deshace y se hace piedra, estoy cansado de tener que ir día a día hacia una guerra en la que no hay nada que conquistar.

 

Mezclamos todos los alcoholes en un sancocho sintáctico

 

 

Nos sacamos los penes viendo quien lo tenía más grande, pero, en la oscura noche solo éramos enanos perdidos, éramos niños idiotizados por nuestra época.

 

Corrimos avenida abajo y lanzamos piedras sobre esas iglesias que parecen garajes gigantes y una jauría de taxista nos persiguió, y nos gritaban, hijos de Satán, hijos de Satán, el peso del castigo de dios caerá sobre ustedes y nosotros miramos hacia la noche, y sentimos el sudor y la luz.

 

¿Qué pasa cuando la ciudad se acaba?

¿Qué sucede cuando una calle larga frente a nosotros nos muestra una vena que conecta al continente con la desesperación?

 

Y corrimos tanto que dios nos castigó con una juventud errática. Y dios nos castigó con una vida larga y prospera.

 

 

Y dios nos castigó mostrándonos la miseria y la depresión de vivir en un mundo repleto de imágenes y hambre.

 

De tanto correr llegamos a los putiaderos.​​ 

No teníamos dinero.

De tanto correr mis amigos se transforman en alambre y en sed.

 

Tengo el corazón reventado de cal y clorhidrato de cocaína.

 

 

Las venas hinchadas de una carretera que se alarga y conecta mi desesperación con un continente de hambre y sed

 

Llegamos donde las putas. No podemos entrar

Solo tenemos hambre y sed.

 

Solo tenemos nuestra juventud reventada, tenemos estos años que sudan y sangran día y noche. Astros ebrios caen sobre los brazos de las prostitutas, mientras los jóvenes pobres huimos de la furia y el ruido y la rabia de no tener padre, ni madre, ni patria, ni dios, de tener solo la poesía y su traición, de tener amigos destinados a morir un día en alguna esquina de estas calles.

 

Este poema es para recordar, para luchar, para resistir, para aguantar, para no tener norte, para no ser viral, este poema quiere ser un animal, este poema quiere que tu​​ rías y llores, y que tiendas tu corazón a esta noche led, que abras los ojos y mires en cada letra a un grupo de jóvenes bailando en las esquinas, que veas un grupo de gente gritando, exijo no ser un virus, exijo ser la resistencia, exijo podrirme, exijo que todos quememos la ciudad y las pantallas.

 

Exijo una muerte en la que nadie llore

y las mariposas de la ciudad bailen sobre mi cadáver.

 

Mariposa en llamas, soy una mariposa en llamas, soy un triste puente que ha visto a jóvenes caer hacia una muerte seca.

 

 

Mi amigo nos llamó y nos montamos en un carro. Y pensamos que la muerte no existe.

Ya no pensamos en las pantallas, ya no pensamos en nadie

 

Hay whiskey, hay perico, hay drogas ligeras

para nuestros corazones reventados y reídos

 

Y empezamos a decir; sí​​ viste, sí​​ viste, esos taxistas nos querían matar, rompimos dos ventanas y nos querían reventar a machetazos

 

No hay consecuencias en la juventud, pensamos.

 

Y nos dan aguardiente y drogas ligeras y no conocemos a nadie, pero somos jóvenes y somos poetas y estamos buscando romper las fronteras, ya voy yendo hacia el verbo ir del verbo corazón.

 

Mis amigos ríen. Vamos en un auto y vemos las luces hacer un baile e imaginamos que así debe sentirse ser exitoso, así debe sentirse andar por las calles de una ciudad cosmopolita.

 

Y las hembras, dice el conductor, vamos por hembras, dice el tipo desconocido que maneja.

 

Quiero dormir y sentir el aire, quiero sentir la brisa de la noche en mi cara, quiero irme hacia una frontera y allí hacer mi casa.

 

Llegamos a un barrio sobre una loma, y Popayán tan bella brilla como un animal eléctrico. La ciudad tan lejana nos mira y se ríe en nuestras caras, y más allá una oscura loma con su silueta nos recuerda que entre la ciudad y nosotros hay un infinito espacio que no puede ser palpado.

 

Ay luna de cocaína reza por mí, dulzura

canta por todos nosotros luna amarga no llores

 

que moriremos aquí mismos sobre nuestros cuerpos sembraran

geranios blancos, lágrimas semánticas hablaran sobre nuestros poemas

 

los nuevos jóvenes odiaran nuestros poemas los nuevos jóvenes escupirán sobre nosotros

 

 

Y mi corazón está repleto de alcohol y de sustancias que marean.

 

¿Cómo te suicidarías?

Yo me tiraría a una tractomula, de cabeza.

¿Cómo te suicidarías? Yo me ahorcaría

¿Cómo te suicidarías?

Y yo patético digo, me suicidaría en abril para que reciten, Abril es un mes cruel, porque mezcla memoria y deseo.

 

 

Y nos reímos mientras ebrios vemos a Popayán sucumbir al amanecer y al canto de los pájaros

 

¿Cómo te suicidarías en abril?

 

No lo sé, amigos no lo sé, lo único que sé es que no soy un virus. Lo único que sé es que la paranoia me arranca la voz, lo único que sé es que vivo en un péndulo entre, me quiero morir y no quiero que me maten.

 

Les he dicho en broma a mis amigos, cada día que pasa es un alivio, porque, está más cerca el descanso eterno. Pero en el fondo no es broma.

 

Y ellos han reído. Y hablamos de todo

Leemos pdf’s de autores europeos que hablan sobre el fin del capitalismo, que hablan del capitalismo como el gran mal, como la extinción definitiva, nosotros lo sabíamos antes de leerlo, solo que no hemos podido escribirlo. Nos faltó tiempo, nos faltó un pregrado en Bogotá, una maestría en Barcelona, nos faltó un doctorado en Berlín, nos faltó la oportunidad de ser del primer mundo.

 

Todos mis socios saben lo que los grandes doctores saben, pero ellos no tienen doctorados, solo tienen un pecho roto, poemas largos que no caben en una captura de pantalla.

 

Mis amigos muertos ríen, y se lamentan cada vez que pueden sobre esa condición marginal de mirar la larga carretera y saber que nuestro corazón está conectado con la desesperanza de un continente.

 

Amanece y seguimos borrachos.

 

 

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

Epístola de Isabel:

 

Mamá, la luna alucina en tus párpados.​​ 

​​ 

Nunca te lo he dicho, pero en el colegio dicen que soy tonta, lo que ellos no saben es que el sol escupe montañas, nos regala el abismo y que el abismo no es más qué estos inmensos valles de amor.

 

Mamá, mamá, mamá te lo juro, no puedo gritar y mis manos se vuelven hilos que se esparcen en las calles.​​ 

 

Deseo ver tus alas florecer para que salgas de casa, pasees en los parques, como antes lo hacíamos y tus cruces todavía no echaban raíces en nuestra historia.​​ 

 

Hoy cumplo quince años, años mares y parece que no tengo brazos para nadar en tu tristeza de río y maleza.​​ 

 

Todos en la escuela me dicen tonta porque no hablo en clase y me la paso mirando las ventanas; las torcazas que se vuelven aire cuando vuelan.​​ 

 

Te haré alas con el pelo del maíz para que vueles en la noche y no temas el castigo de creo en Dios todo poderoso, del yo pecador.​​ 

 ​​​​ 

A los diez años me regalaste mil libros que leía noche a noche. Los devoraba hasta el cansancio. Mis ojos verdes están deshabitados de toda vida terrena, yo adopté la vida fluvial de las viejas ciudades del mundo y mis compañeros solo conocen el fútbol y las peleas.​​ 

 

Sembré mi soledad en los columpios donde nadie me molesta, y pateo el cielo, y lloro con furia los años que perdí en el colegio porque no sabía nada sobre números.​​ 

Sé que te enojaste cuando los profesores de la escuela te hablaban de mi silencio, de mis ojos del tamaño del Amazonas, del aire extraño que volvía laberinto la tristeza, y con todo ello, pusiste tu mejilla en mis labios y todita tu piel se transformó en esas palomas que todas las mañanas escapan de los tejados.​​ 

 

Se me revientan las vocales.

 

Me gustaría regalarte unas llaves para que abras la puerta de casa y eches a correr en los desérticos páramos.​​ 

​​ 

Estoy encerrada en estos 206 huesos que a diario se vuelven polvo, que se hacen aire, que se tornan tierra para patrias frutales.​​ 

 

Mi lengua, un valle incendiado, las llamas calcinan mis palabras, y soles mis ojos que todo lo hacen barro y fonema.

 

Todas estas letras —que son puntitos unidos— son como los poros de mi piel, y sonrío pensando en que soy una letra, el morfema del agua, o símbolo con forma​​ de hilo y que no tiene miedo de volverse un animal que sueña con constelaciones atrapadas en sus garras.

 

Mi madre se baña desnuda en el río, canta-canta-canta y no se detiene, aunque hombres pasen junto a ella, sin piel, con cruces en la espalda, llorando sus guerras perdidas y olvidadas.​​ 

​​ 

Su voz, el río y sus senos, blandos como guayabas maduras, son mi sagrada trinidad, la constelación indecisa a la que le leo fabulas árabes para no llorar su sueño de madre perdida.

​​ 

La piel de mi madre —templo de barro y cal—, un campo sembrado de sonrisas, donde el sol ha decidido morir para renacer en sus manos.​​ 

​​ 

Fabricaré un par de alas para que vueles a la sombra de los ángeles que seguro se morirán de envidia al verte entre las nubes.​​ 

​​ 

Me llamaste Isabel porque mi cruz

es una i que explota,

porque querías refugiarte en mi a,

y besar cada noche esa e​​ 

que no para de reír.

​​ 

Mis hermanos me golpean y me gritan tonta por llorar mi soledad de quince años. Elevo cometas en la noche con poemas en su cola para que las estrellas las lean en voz alta, rían frenéticas y nunca dejen de bailar.​​ 

 

Tienes una tristeza que parece domingo en tus ojos. Me trenzas el cabello y dices que los hombres son malos. Mis hermanos golpean cada año que tengo mientras ríen ebrios por recibir las puñaladas de los salvajes páramos colombianos.​​ 

​​ 

Mamá dijo que se llama Todo. Yo le dije con mis ojos, calladita: María, espero que esta noche sueñes con avenidas infestadas de niebla, con hombres sin rostros que ya no sienten el aturdimiento de las grandes ciudades imperiales, y al despertar me beses para dejar de sentir el frío del páramo que siempre te acompaña.​​ 

 

Luego, ella miró la ciudad, no dijo nada, empezó a cantar las burlas del colegio, los golpes de mis hermanos, los fríos sueños nunca escuchados.

 

​​ Ella no sabe que en mi sangre guardo sus alas para que vueles, para que me lleve lejos, para no volver.​​ 

​​ 

 

 

 

 

 

 

Epístola de María

Y por verte reír hija, daría lo que fuera, por ver tu nombre en las metáforas de los cantores, verte cantar como canto yo.​​ 

 

Tus ojos, verdes como las arboledas​​ 

ya no cantan a estos cielos modernos,​​ 

solo tararean viejas baladas que se resisten a morir.

 

Te quiero regalar un ángel que no se pudra en la lengua.

 

Mi hija está callada en las esquinas donde

pasa los días tocando un piano invisible.

​​ 

Te condené a esa soledad que incendia los valles y los cerros. Grité Deus domine nostre, y las llamas respondieron tres veces κύριος ἐλέησον. Te abandoné en los ojos de las mujeres que hoy lloran sus hijas desaparecidas, que susurran el nombre de sus hijas muertas en las calles oscuras. El fuego se fugó en mis dedos, y hoy te acarician esperando verte siempre en la orilla dulce de esta infancia solar, y nunca llorar ni susurrar tu nombre en la esquina de los hospitales.

 

Para tus fiestas te regalaré una cicatriz donde nazcan flores y no esta ciudad irreal que se oculta entre las voces.

 

Me violaron, yo siendo virgen, entre las orquídeas y los floripondios, he ahí el nacimiento del hijo de Dios.​​ 

 

Me gustaría que no fueras un barco a la deriva de las guerras, porque hoy domingo me disfrazo detrás del miedo.​​ 

 

Tengo para ti el ruido de los aplausos de un teatro infestado por el asco, el invento de un padre que huyó en las esquinas de las montañas y decidió que mis piernas no eran una estancia tranquila, porque mi cuerpo está invadido por crisálidas rotas y carcomidas por las hormigas.​​ 

 

Me dan ganas de llorarte y con esa sal hacer estatuas de floridos becerros y adornar tu frente, que todos los del pueblo alaben tus risas solas, admiren esa belleza lírica que esconden tus miedos.​​ 

 

Hija, tus ojos son arboledas y mis manos halcones bajo la lluvia que buscan donde escamparse. Cuando duermes mis halcones se esconden en tus ojos.

 

El día que me violaron yo dormía bajo los floripondios, soñé que un arcángel anunciaba tu llegada, pero no llegaste tú, llegó un hombre con sangre de guerra, lo​​ supe desde el momento en que nació. Me gustaría que él y los otros no te golpearan.

 

​​ Siempre estás en silencio, yo sufro tu silencio, sufro la palabra de los hombres que es el calvario de la vida.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

***

 

Estefanía Angueyra / Christian Rincón / Stefhany Rojas Wagner / Alexandra Espinosa / José Rengifo Delgado n/ Daniela Pérez Taborda / Laura Andrea Garzón  / Ana López Hurtado / Andrés Restrepo / Daniela Prado / Tomás Collazos / Natalia Martínez Calderón / Luisa Masiel  / Michael Benítez Ortiz / María Alejandra Buelbas Badrán / Lina Alonso / Maria Luisa Sanín Peña / Nicolás Peña Posada / Yulieth Mora Garzón  / Sebastián Martínez Vanegas / Ramona de Jesús / Nicolás Montaño Caro / Yessica Chiquillo / César Cano /  José Gabriel Dávila / Paula Alejandra Castillo / Lucas Herrera / Sergio Muñoz / Nikol Cala /  Jorge Francisco Mestre / Alejandra Feijó / Tobías Danazzio / Juan Afanador /  Matilde Acevedo / Sebastián Santamaría / Nicole Alzate Daniel Camilo Fajardo 

Librería

También puedes leer