Claudia Valero (Bogotá, 1991). Escritora y profesora universitaria. Cursó una maestría en Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo y otra en Historia y Teoría del Arte, la Arquitectura y la Ciudad de la Universidad Nacional de Colombia. Ha trabajado como profesora en universidades colombianas, en facultades de Comunicación, Diseño Visual y Cine y Televisión. En 2025 publicó su primer libro Oficiar el fuego, una colección de doce ensayos literarios, con el sello Random House. Ha sido finalista en el Premio Nacional de Poesía María Mercedes Carranza 2024 y en el Festival de poesía Reverso 2025. Su texto "Envío Estacionado" aparece en la Antología Relata 2024 en la sección de Poesía. En 2018 recibió el Premio Distrital de Cuento "Ciudad de Bogotá". Ha sido invitada a residencias artísticas como Can Serrat, durante septiembre de 2023 en El Bruc, Barcelona, y también a la Casa Taller Boga Mompox, en el Caribe colombiano, durante junio y julio de 2024.
Cálculos
Aquí la tierra parece más antigua, la luz, en cambio, es nueva para mis ojos.
Quedan al menos diez kilómetros por delante.
Reconozco la gravedad de todas las eras superpuestas en este sitio, que son las tres montañas: la que ando, a la que quiero llegar y la que miro desintegrarse en polvo ámbar bajo mis suelas.
Hay formaciones rocosas que parecen falanges dispuestas a mostrarse como la identidad de algo o como la extremidad más última de un cuerpo profundo, cubierto por un viento que suena a tallos quemados.
El aire es una compilación de ocres muy espesa
una acumulación de luz solar.
Contar los pasos y perderse en la cuenta durante cada ascenso que parece el
último y siempre es inicio.
Remontar siendo menos ligera que el viento que seguramente viene de la mitad
del océano, que está lejos de acá, pero no tanto.
Ser feliz, pero estando triste: pensar en esa persona a la que seguramente este
paisaje pudo haberle gustado.
Pensar en esa persona a la que este paisaje, tal vez, le habría ayudado a sanar.
¿Puedo hacerme esa persona? ¿la adeudante de la vida?
Tengo dolor. Lo localizo al lado derecho.
Siento que me levantan la octava costilla con un destornillador, desde adentro.
La fantasía: tal vez otra mujer esté naciendo de mi costado.
La evidencia: tengo un cálculo en la vesícula.
La medicina china dice que las decisiones sin tomar se sedimentan y depositan
en las vísceras.
¿Qué decisión estuve postergando tanto como para formar una piedra de mis
propios fluidos?
Pasan las horas y olvido cuántas han sido, evado que una piedra flota en mí
mientras remonto esta roca gigante.
¿Cómo es posible que algo comparta yo con la naturaleza de la piedra?
¿Cómo es posible que la piedra tenga posibilidades de reproducirse en una
materia tan blanda como yo?
Presto atención a las palabras aquí, porque no abundan.
La gente a veces pasa y solo camina silenciosamente por los senderos.
Estoy repleta de un no afán por decir, por no hacerme entender.
A veces, recuerdo y me siento pequeñísima, sola y extraviada, y me rajo por la
mitad. Veo la montaña rebosada de grutas y grietas, y parece que se las ha
arreglado para atajar su propio centro desde los bordes.
Mi dedo señala en el mapa atajos que son antiguos caminos de agua. Levanto la mirada y alcanzo a ver desde lejos cómo las raíces de algunos árboles se sostienen en el desnivel y sus ramas no crecen para arriba, sino paralelas al horizonte, como reiterando una memoria antigua del curso líquido que originó toda esta materia hoy estática, pero no inerte.
Se me revela algo y entonces decido:
voy a echar mis raíces torcidas, mis ramas ladeadas. Voy a recordar y olvidar
el cálculo a conveniencia.
Voy a honrarlo como un mineral casi sagrado, la promesa de una fe retráctil: soy pequeña, pero siempre puedo volver mi cara—o la cara de la mujer que está naciendo de mi costilla— hacia el sol.
Desalojo
*
Nos varábamos mucho en medio de canteras amarillas
aguardábamos cerca de montañas que habían sido voladas
y se forzaron a ser cóncavas
para acabarse de secar con la luz del sol
Se ahuecaban como si siempre
hubiesen esperado el toque cuchareado del viento
A las niñas nos dejaban en el platón de la camioneta
con un plástico encima
que se ondulaba cuando anochecía
En esa hondura intentábamos dormir
mientras los adultos
revisaban motores y baterías
cambiaban llantas
no sabían el lenguaje del daño
se desesperaban por volver a algún lugar
entero
sin cráter.
**
Llegábamos al pueblo en la mañana
lleno de mundo
en la plaza había una fuente con peces dorados
frente a la iglesia vendían
raspados de hielo fluorescente
que rebosaban los conos de cartón
en la casa había un solar
donde se amontonaban los árboles de
aguacate, papaya y mango
Afuera, a vuelta de la manzana
lo hueco se reiteraba
Nos esperaba un mirador que daba a la carretera y
al abismo del valle
Nos sentábamos de frente a ese paisaje
solas
mirábamos por horas a los gallinazos volando
lejos
en círculos
proyectando sus sombras
encima de la tierra seca.
Algo abismal nos alcanzaba
y se quedaba con nosotras
como un deseo o un
diseño, tal vez
***
Los años han pasado
nuestro recuerdo es desalojo y fantasía
cruzamos imágenes
que solo podrían existir en sueños
injertamos los colores
de los jarabes del raspado
en el plumaje de los gallinazos
que descomponen su sombra eléctrica sobre el valle
Reivindicamos a la cantera
en su pasado de asidero vital
la llenamos con los peces de la fuente
rompiéndose como yemas de huevo en el agua
tejimos complicidad con lo cóncavo
y honramos su poder de resonancia
como una última o primera esperanza
de lo posible
de lo terrestre
también en nosotras.
Otras formas concretas
*
La ruina gris rodea al ginkgo biloba amarillo incandescente.
Ignoramos esas mutaciones virtuosas en las que los azucares han devenido formas más concretas de la luz. A lo mejor, en esas gotas de agua que vienen de raíz a nervadura, hubo algo parecido a un deseo de pendular
tal vez hubo disyuntivas que rasgaron cada hoja del árbol en dos, testimonialmente
quizá ese amarillo de las hojas sobrevivió de un fulgor dividido: un corazón ambarino
tierno y atávico/centenario y estacional/macizo y lábil
**
Los videos de dron que muestran al árbol en planos altos y continuos, rodeado por el antiguo monasterio de Kirkstall me hacen fantasear con verlo desde el piso, recoger una de sus hojas y hacerla girar hasta que su aroma imponga algún rigor que modifique mi idea de contemplación; hasta que al ser negado cualquier intento de iluminación, me sea dada la certeza de su sola presencia
amarilla,
incandescente
envuelta
por mis propias ruinas
***
Estefanía Angueyra / Christian Rincón / Stefhany Rojas Wagner / Alexandra Espinosa / José Rengifo Delgado n/ Daniela Pérez Taborda / Laura Andrea Garzón / Ana López Hurtado / Andrés Restrepo / Daniela Prado / Tomás Collazos / Natalia Martínez Calderón / Luisa Masiel / Michael Benítez Ortiz / María Alejandra Buelbas Badrán / Lina Alonso / Maria Luisa Sanín Peña / Nicolás Peña Posada / Yulieth Mora Garzón / Sebastián Martínez Vanegas / Ramona de Jesús / Nicolás Montaño Caro / Yessica Chiquillo / César Cano / José Gabriel Dávila / Paula Alejandra Castillo / Lucas Herrera / Sergio Muñoz / Nikol Cala / Jorge Francisco Mestre / Alejandra Feijó / Tobías Danazzio / Juan Afanador / Matilde Acevedo / Sebastián Santamaría / Nicole Alzate / Daniel Camilo Fajardo / Damián Salguero / Lina Gabriela Cortés / Johanna Barraza Tafur / Bianca Valentina Febbraio Saetta / / Camila Molano Espitia / / Camila Molano Espitia / Sebastián Pichao / Santiago Rodas / Jessica Toloza / Geraldine A. Ruiz / Daniel Sarmiento / Allison Quiroga /
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