Laura Valentina Bonil Arciniegas en La poesía te quiere vivo

Leemos, el el marco del dossier La poesía te quiere vivo, de nueva poesía colombiana, preparado por Alejo Morales, algunos poemas de Laura Valentina Bonil Arciniegas (Bogotá, 2002). Es estudiante del pregrado en Creación Literaria de la Universidad Central e integrante de los semilleros La palabra en el espacio y Puntos cardinales

 

 

Laura Valentina Bonil Arciniegas​​ (Bogotá, 2002).​​ Estudiante del pregrado en Creación Literaria de la Universidad Central e integrante de los semilleros​​ La palabra en el espacio​​ y​​ Puntos cardinales. Es tallerista y ha participado en eventos como la Feria del Libro Distrital de Barrancabermeja y el PPP Parque el Renacimiento de BibloRed. Actualmente trabaja en su tesis de grado, un proyecto que constituye su primer poemario.

 

 

 

 

 

 

Del cielo a la boca

 

El primer alimento de la humanidad​​ 

debió ser el plátano maduro​​ 

para que el verbo naciera dulce.

 

En casa todo se hace silencio​​ 

se contempla el preámbulo en la escucha​​ 

allí cerca del fuego

cuando las tajadas son sumergidas en aceite.

 

Ese sonido, me recuerda al del aguacero

entonces imagino que abuela Santana

invoca nuestras propias lluvias, allí en la sartén.

Baja un pedazo de cielo y lo frita​​ 

para nosotros poder saborearlo.​​ 

 

Las nubes también son doradas, crocantes

podemos tener el sol en nuestras bocas,

masticarlo, alargar un poco más la noche.

 

Así como un muerto comparte de su carne a un buitre​​ 

abuela comparte las tajadas con los vecinos.​​ 

En sus rostros la tarde se ha vuelto ligera.

 

El dulce nos sostiene,

amasa nuestro paladar.

 

Cultivamos la ternura​​ 

debajo de cada lengua.

 

 

 

 

 

 

 

Prematura

 

I

De niña soñé​​ 

con ese mundo​​ 

en el que estamos antes de nacer.​​ 

 

Allí,

Dios tenía cola de alacrán:

en lugar de picar con su aguijón

nos lo enterraba en la espalda,​​ 

abría la piel en línea recta.​​ 

 

Con su mano dura,​​ 

la columna expuesta,​​ 

arrancaba uno a uno nuestros huesos,

construía con ellos su propio reclinatorio.

 

 

 

 

II

 

Debe ser por eso que nacemos curvos​​ 

y lloramos ante el dolor mudo

de un cuerpo machacado.​​ 

 

Solo con el tiempo

se vuelven evidentes los síntomas:

ser el nido​​ 

del peso de sus rodillas,

la tinaja de su veneno en nuestro lenguaje rabioso:

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ tartamudeo para conjurar las palabras de alivio.​​ 

 

 

 

 

III

 

La materia es tierna,

mas no inocente.

 

No somos, ni estamos intactos.​​ 

 

Nunca ha existido el afuera.​​ 

Nos lanzan de un pozo a otro,

como animales huérfanos

con esta herida plural:

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ maraña descosida​​ 

que nos hace ser la misma cosa.

 

No importa​​ 

que alguien haya esperado​​ 

para recibirnos,​​ 

dedicarnos nuestras primeras palabras.

 

Es la herida,

tan larga, tan honda, ​​ 

que a nadie lo han parido con amabilidad.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

En el camino

 

Enséñame el secreto

bajo el velo​​ 

de la piel amarga.

 

A preparar agua de piña,

para que las niñas

que te hinchan el vientre

nazcan con la sangre dulce.​​ 

 

Enséñame

a leer las constelaciones​​ 

que las abejas dejan en mis brazos,​​ 

antes de morir.​​ 

​​ 

A no comerme las uñas:

arrastrarlas en la tierra más negra,

hacer un hoyo, promesa a cuatro manos:

sembrar en el patio una noche de jacarandás,

que sea el faro de luz​​ 

de los zorzales sonámbulos cuando pierden su camino a casa.

 

Enséñame​​ 

a estirar los dedos cortos,

para alcanzar a tocar los bagajes

suaves de la vida.

 

A besar el pescado

antes de sajarlo,​​ 

limpiar sus vísceras,

las ajenas,​​ 

que las propias no podemos.

 

Enséñame​​ 

a caer despacio,​​ 

rasparme las rodillas,​​ 

escoger dos o tres recuerdos,

escapar de lo tangible e involuntario​​ 

del olvido.​​ 

 

A desaprender​​ 

lo que tengo,

encontrar claridad en los sentidos:

ver esas otras luces​​ 

en la sombra de lo minúsculo,​​ 

dentro de los malestares de cada día;

oler el amor

en la miseria de las malas noticias.​​ 

 

En este aceleramiento​​ 

que no tiene ritmo,

ni dirección,​​ 

enséñame el destiempo,​​ 

la torpeza de quien

pisa la rayuela​​ 

y lo vuelve a intentar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

***

 

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