Ange Christ Divin Babakila es un artista multidisciplinar de la República del Congo, nacido el 2 de junio de 1999 en Madingou, conocido bajo los seudónimos de Christ BABACK y Capitán Sin Fronteras. Cantautor, escritor, actor, modelo, poeta de slam, fotógrafo, empresario y filántropo, convierte el arte en una herramienta de compromiso. Segundo premio del concurso internacional Plaidoy’Art 2023 con la obra «Derechos humanos de los enfermos mentales», además, también fue galardonado con el segundo premio del concurso internacional Chansons Sans Frontières (19.ª edición) en 2025 gracias a su texto «Cœur salé». Es fundador de la asociación benéfica Impact Dare y director de la compañía Zaban’Art.
Un puñado de noche.
Sésamo,
ábrete, en la palma de mi mano, gruta agrietada.
Dime
dónde se abre el verdadero pasaje
cuando todos los caminos
simulan llevar a Roma.
Roma…
¿O un simple espejismo administrativo
posado sobre el cansancio de los hombres?
Y yo,
¿hasta qué encrucijada
quieres aún venderme el horizonte invertido?
Soy la voz
que transpira por las calles empapadas de promesas.
La abeja extraviada
entre los neones de la supervivencia.
Libo de izquierda a derecha
los restos del mundo,
y de ellos hago una miel amarga
para los niños a los que se les ha privado de leche.
La vertical
de mis
sueños ha
perdido su
plegaria.
Se ha deslizado.
Ups,
y ha tomado la tangente
de las pesadillas organizadas.
Aquí,
los sueños firman
contratos
con sus propias
cadenas.
Dime,
¿quién sostiene la línea directriz?
¿Quién dicta al viento
la dirección de las
hambrunas
suaves?
Los accionistas rezan.
Los superiores ordenan.
Los comunes ejecutan
con la sonrisa bien guardada
en el bolsillo de las mañanas sombrías.
Al final,
tantos miles de millones se ocultan
en la semilla del mundo
para proteger al rey Dólar
y sus catedrales de cifras en silencio.
Y la tierra,
vuelve a aprender a convertirse en pastelería.
Nos amasan como si fuéramos harina.
Nos cortan en porciones de supervivencia.
Y cada uno mira su trozo
como si fuera el cielo en perspectiva única.
Pero yo,
me mantengo en pie en la noche.
Un puñado de noche en la mano.
Ni llave.
Ni solución.
Solo una brasa viva
que se niega a firmar.
Y en esta oscuridad efímera
algo sigue respirando:
una dignidad minúscula,
insolente,
que no ha aprendido a doblegar su respeto.
Sésamo,
ábrete, en la palma de mi mano, gruta agrietada.
Y dime
dónde se abre, al fin, el verdadero pasaje
cuando todos los caminos
simulan llevar a Roma.
Corazón Salado
Bajo mis párpados, un mundo atrasado,
ciudades que tropiezan, sueños dispersos.
El cielo se arruga como un viejo pergamino,
las estrellas parpadean en un lenguaje lejano.
Tengo el mar en las entrañas y la arena en los labios
Un sabor a tormenta, un eco que se desvanece.
¿Estarás ahí mañana para caminar sobre mis dunas,
y borrar el peso de las lágrimas nocturnas?
Espero, suspendida, entre la tierra y el polvo,
un latido sordo en el hueco de las fronteras.
Tócame,
soy el asfalto y la
brisa,
los vestigios de ayer
que el mañana saquea.
Soy la Tierra, tu corazón salado,
un estribillo perdido,
un soplo velado.
Bebes de mis ríos,
cavas mis venas,
y, sin embargo, resisto,
resisto, a pesar de todo
Soy la Tierra, un grito ligero,
un espejismo difuso, un sueño congelado.
Bajo mis colinas, promesas dobladas,
recuerdos borrosos, sombras enredadas.
Cada grieta es una carta sin respuesta,
cada viento un susurro, una ausencia que escuece.
Dime,
¿Ves mis cicatrices
llorando,
o solo soy un decorado
sin color?
Soy la Tierra, tu corazón agrietado,
un canto frágil,
un mundo olvidado.
Quemas mis ríos,
pesas mis penas,
y, sin embargo, danzo,
persevero.
Soy la Tierra, un grito roto,
un eco marchito, un sueño herido.
Soy la elipsis de un mundo en errancia,
el oxímoron de un futuro latente.
Escribo poemas en el barro de los ríos,
entre el quiasmo y el silencio, danzo, persevero.
Mis montañas suspiran, mis desiertos se extienden,
Y tú, tú consumes, consumes, respiras.
Soy la Tierra, tu corazón desgastado,
un grito que resiste,
un fuego domado.
Robas mis ríos,
trazas tus cadenas,
pero me mantengo en pie,
aunque sea con incertidumbre.
Soy la Tierra, un canto marchito,
un murmullo sordo, un mundo plomizo.
Llegará un día en que el tiempo se detendrá,
en que la arena se tragará los pasos.
Y cuando levantes tus ojos cansados,
yo estaré ahí, la última estrella en brillar.
Soy la Tierra, tiemblo, espero,
un soplo tenue, una llama efímera.
Soy la Tierra, tu corazón sagrado,
un aliento antiguo,
un mundo por amar.
Bebes de mis ríos,
bailas mis penas,
y yo perdono,
una vez más, a pesar de todo.
Soy la Tierra, un grito sagrado,
una esperanza en pie, un sueño por salvar.
La muerte segura
La noche ha vuelto a perder los dientes.
Se le oye masticar camas metálicas,
radiografías arrugadas, diagnósticos de papel maché.
Alguien sangra.
O quizá sea la bombilla del pasillo la que
gotea lentamente sobre el suelo de baldosas de las
certezas.
Ya no lo sé.
Aquí, los estetoscopios han aprendido a escuchar el silencio antes que los
corazones.
Los muros, por su parte, coleccionan las últimas miradas.
Las cuelgan como abrigos húmedos en el armario del olvido.
Entonces llegan los hombres.
Lentos, impecablemente blancos.
Reptiles disfrazados de nieve.
Su sonrisa tiene la fría elegancia de las hojas que nunca corren.
Pasan.
El tiempo tropieza.
Un gotero empieza a tartamudear.
Un aliento cambia de acera.
Y ya la sombra firma al pie del formulario
las semillas de la morgue
crecen más rápido que los bosques.
Cada noche
como un árbol alimentado con el agua de las despedidas
sus raíces atraviesan las habitaciones
sus ramas crecen en los pechos abiertos
sus frutos son nombres,
nombres,
nombres,
nombres que nadie se atreve a comer.
He visto camillas cruzar el amanecer como piraguas llenas de eclipses.
He visto a madres llevar catedrales derruidas en sus ojos.
He visto a Dios esperar su turno en un banco de urgencias
Número treinta y siete.
Expediente incompleto.
Falta la firma.
Y el cielo, ese gran paño suspendido sobre los hombres,
olía a éter y a resignación.
Entonces hablo.
No para despertar a los muertos,
los muertos duermen mejor que nosotros.
Hablo por los vivos
por aquellos que aún caminan
con un ataúd minúsculo escondido bajo la lengua.
Por aquellos cuya confianza se ha convertido en un pájaro
herido que da vueltas sin cesar alrededor de los hospitales
Porque ciertas mordeduras no perforan la piel,
entran por la esperanza,
y cuando la esperanza sangra,
ningún apósito sabe dónde pegarse.
La noche ha vuelto a perder los dientes.
Se le oye masticar camas metálicas,
radiografías arrugadas, diagnósticos de papel maché.
ADN
He clavado mi miedo en la médula más profunda de mis huesos de cruz.
Allí donde los ancestros se convierten en polvo.
Allí donde el silencio aprende a caminar.
Allí donde la noche aún conserva las huellas dactilares del primer vértigo.
No lo he enterrado.
Lo he ofrendado.
A las bacterias del tiempo.
A las lluvias de calcio.
A los gusanos que saben leer los alfabetos
de la materia muerta.
Y durante mucho tiempo,
mis huesos gritaron.
Un grito sin boca.
Un grito mineral.
Un grito tan antiguo que parecía provenir de la época
en que las montañas no eran más que pensamientos.
Entonces el viento entró en mi esqueleto.
Atravesó mi costillar
como se atraviesa una catedral abandonada.
Sopló sobre las brasas de mis derrotas fosilizadas.
Y algo comenzó a germinar.
En la fractura.
En la grieta.
En la geología secreta de mi carne.
Porque el ADN no es un texto.
Es un cementerio de soles.
Una biblioteca de truenos.
Un rebaño de estrellas confinado en la estrechez de una célula.
Cada gen porta la memoria de una caída.
Cada cromosoma arrastra tras de sí una caravana de sombras.
Pero la esperanza,
ella también,
tiene su propio laboratorio.
Mezcla las cenizas con el polen.
Desposa la herida con la luz.
Transforma los gritos de los huesos en raíces del cielo.
Hoy,
cuando camino,
sigo oyendo ese viejo grito.
Pero ya no pide socorro.
Crece.
Como crece un bosque entre las ruinas de un imperio.
Como crece un astro en las entrañas oscuras del espacio.
Como crece la vida
a través de la muerte,
cuando la muerte misma
acaba por convertirse en tierra bajo mis párpados.
***
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