Poesía africana: Ange Christ Divin Babakila (República del Congo)

Mariela Cordero construye un dossier de poesía africana contemporánea, poesía africana de expresión francesa. Leemos aquí algunos poemas de Ange Christ Divin Babakila (República del Congo, 1999). Además de poeta hace slam, es cantautor, actor, modelo y fotógrafo.

 

 

 

Ange Christ Divin Babakila es un artista multidisciplinar de la​​ República del Congo, nacido el 2 de junio de 1999 en Madingou, conocido bajo los seudónimos de Christ BABACK y Capitán Sin Fronteras. Cantautor, escritor, actor, modelo, poeta de slam, fotógrafo, empresario y  ​​ ​​ ​​ ​​​​ filántropo, convierte el arte en una herramienta de compromiso. Segundo premio del concurso internacional Plaidoy’Art 2023 con la obra «Derechos humanos de los enfermos mentales», además, también fue galardonado con el segundo premio del concurso internacional​​ Chansons Sans Frontières​​ (19.ª edición) en 2025 gracias a su texto «Cœur salé». ​​ Es fundador de la asociación benéfica Impact Dare y director de la compañía Zaban’Art.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un puñado de noche.

 

Sésamo,

ábrete, en la palma de mi mano, gruta agrietada.

Dime

dónde se abre el verdadero pasaje

cuando todos los caminos

simulan llevar a Roma.

Roma…

¿O un simple espejismo administrativo

posado sobre el cansancio de los hombres?

Y yo,

¿hasta qué encrucijada

​​ quieres aún venderme el horizonte invertido?

 

Soy la voz

que transpira por las calles empapadas de promesas.

La abeja extraviada

entre los neones de la supervivencia.

Libo de izquierda a derecha

los restos del mundo,

y de ellos hago una miel amarga

para los niños a los que se les ha privado de leche.

 

 

La vertical

de mis

sueños ha

perdido su

plegaria.

Se ha deslizado.

Ups,

y ha tomado la tangente

de las pesadillas organizadas.

Aquí,

los sueños firman

contratos

con sus propias

cadenas.

Dime,

¿quién sostiene la línea directriz?

¿Quién dicta al viento

la dirección de las

hambrunas

suaves?

Los accionistas rezan.

Los superiores ordenan.

Los comunes ejecutan

con la sonrisa bien guardada

en el bolsillo de las mañanas sombrías.

 

Al final,

tantos miles de millones se ocultan

en la semilla del mundo

para proteger al rey Dólar

y sus catedrales de cifras en silencio.

 

Y la tierra,

vuelve a aprender a convertirse en pastelería.

Nos amasan como si fuéramos harina.

Nos cortan en porciones de supervivencia.

Y cada uno mira su trozo

como si fuera el cielo en perspectiva única.

 

Pero yo,

me mantengo en pie en la noche.

Un puñado de noche en la mano.

Ni llave.

Ni solución.

Solo una brasa viva

que se niega a firmar.

Y en esta oscuridad efímera

algo sigue respirando:

una dignidad minúscula,

insolente,

que no ha aprendido a doblegar su respeto.

 

Sésamo,

ábrete, en la palma de mi mano, gruta agrietada.

Y dime

dónde se abre, al fin, el verdadero pasaje

cuando todos los caminos

simulan llevar a Roma.

 

 

 

 

 

 

 

Corazón Salado

 

Bajo mis párpados, un mundo atrasado,

ciudades que tropiezan, sueños dispersos.

El cielo se arruga como un viejo pergamino,

las estrellas parpadean en un lenguaje lejano.

Tengo el mar en las entrañas y la arena en los labios

 

Un sabor a tormenta, un eco que se desvanece.

¿Estarás ahí​​ mañana para​​ caminar sobre​​ mis dunas,

y​​ borrar​​ el peso de las lágrimas nocturnas?

Espero, suspendida, entre​​ la​​ tierra y​​ el​​ polvo,

un latido sordo en el hueco de las fronteras.

Tócame,

soy el asfalto y la

brisa,

los vestigios de ayer

que el mañana saquea.

 

Soy la Tierra, tu corazón salado,

un estribillo perdido,

un​​ soplo​​ velado.

Bebes de mis ríos,

cavas​​ mis venas,

y, sin embargo,​​ resisto,

resisto,​​ a pesar de todo

Soy la Tierra, un grito ligero,

un espejismo​​ difuso, un sueño congelado.

 

 

Bajo mis colinas, promesas dobladas,

recuerdos borrosos, sombras enredadas.

Cada grieta es una carta sin respuesta,

cada viento un susurro, una ausencia que escuece.

Dime,

¿Ves mis cicatrices

llorando,

o solo soy un decorado

sin color?

 

Soy la Tierra, tu corazón agrietado,

un canto frágil,

un mundo olvidado.

Quemas mis ríos,

pesas mis penas,

y, sin embargo,​​ danzo,

persevero.

Soy la Tierra, un grito roto,

un eco marchito, un sueño herido.

 

Soy la elipsis​​ de un mundo​​ en errancia,

el oxímoron de un futuro latente.

Escribo poemas en el barro de los ríos,

entre el quiasmo y el silencio,​​ danzo, persevero.

Mis montañas suspiran, mis desiertos se extienden,

Y tú, tú consumes, consumes,​​ respiras.

 

 

Soy la Tierra, tu corazón desgastado,

un grito que resiste,

un fuego domado.

Robas mis ríos,

trazas tus cadenas,

pero me mantengo en pie,

aunque sea con incertidumbre.

Soy la Tierra, un canto marchito,

un murmullo sordo, un mundo​​ plomizo.

 

Llegará un día en que el tiempo se detendrá,

en que la arena se tragará los pasos.

Y cuando levantes tus ojos cansados,

yo estaré ahí, la última estrella en brillar.

Soy la Tierra, tiemblo, espero,

un soplo tenue, una llama efímera.

 

Soy la Tierra, tu corazón sagrado,

un aliento antiguo,

un mundo​​ por​​ amar.

Bebes de mis ríos,

bailas mis penas,

y​​ yo perdono,

una vez más, a pesar de todo.

Soy la Tierra, un grito sagrado,

una esperanza en pie, un sueño​​ por​​ salvar.

 

 

 

 

 

 

 

La muerte segura

 

La noche ha vuelto a perder los dientes.

Se le​​ oye masticar camas metálicas,

radiografías​​ arrugadas, diagnósticos de papel maché.

Alguien sangra.

O quizá sea la bombilla del pasillo la que

gotea lentamente sobre el suelo de baldosas de las

certezas.

Ya no lo sé.

Aquí, los estetoscopios han aprendido a escuchar el silencio antes que los​​ 

 ​​ ​​​​ corazones.

Los muros, por su parte, coleccionan las últimas miradas.

 

Las cuelgan como abrigos húmedos en el armario del​​ olvido.

Entonces llegan los hombres.

Lentos, impecablemente blancos.

Reptiles disfrazados de nieve.

 

Su sonrisa tiene la fría elegancia de las hojas que nunca corren.

Pasan.

El tiempo tropieza.

Un gotero empieza a tartamudear.

Un aliento cambia de acera.

 

Y ya la sombra firma al pie del formulario

las semillas de la morgue

crecen más rápido que los bosques.

Cada noche

como un árbol alimentado con el agua de las despedidas

sus raíces atraviesan las habitaciones

sus ramas crecen en los pechos abiertos

sus frutos son nombres,

nombres,

nombres,

nombres que nadie se atreve a comer.

He visto camillas​​ cruzar​​ el amanecer como piraguas llenas​​ de eclipses.

He visto a madres llevar catedrales derruidas en sus ojos.

 

He visto a Dios esperar su turno en un banco de urgencias

Número treinta y siete.

Expediente incompleto.

Falta la firma.

Y el cielo, ese gran paño suspendido sobre los hombres,

olía a éter y a resignación.

Entonces​​ hablo.

 

No para despertar a los muertos,

los muertos duermen mejor que nosotros.

Hablo por los vivos

por aquellos que aún caminan

con un ataúd minúsculo escondido bajo la lengua.

 

Por aquellos cuya confianza se ha convertido en un pájaro

herido que da vueltas sin cesar alrededor de los hospitales

Porque​​ ciertas​​ mordeduras no perforan la piel,

entran por la esperanza,

y cuando la esperanza sangra,

ningún apósito sabe dónde pegarse.

 

La noche ha vuelto a perder los dientes.

Se le​​ oye masticar camas metálicas,

radiografías arrugadas, diagnósticos de papel maché.

 

 

 

 

 

 

 

ADN

 

He clavado mi miedo en la médula más profunda de mis huesos de cruz.

Allí donde los ancestros​​ se convierten en polvo.

Allí donde el silencio aprende a caminar.

Allí donde la noche aún conserva las huellas dactilares del primer vértigo.

 

No lo he enterrado.

Lo he ofrendado.

A las bacterias del tiempo.

A las lluvias de calcio.

A los gusanos que saben leer los alfabetos

de la materia muerta.

Y durante mucho tiempo,

mis huesos gritaron.

Un grito sin boca.

Un grito mineral.

 

Un grito tan antiguo que parecía provenir de la época

en que las montañas no eran más que pensamientos.

Entonces el viento entró en mi esqueleto.

Atravesó​​ mi costillar

como se atraviesa una catedral abandonada.

Sopló sobre las brasas de mis derrotas fosilizadas.

Y algo comenzó a germinar.

En la fractura.

En la grieta.

 

En la geología secreta de mi carne.

Porque el ADN no es un texto.

Es un cementerio de soles.

Una biblioteca de truenos.

Un rebaño​​ de estrellas confinado​​ en la estrechez de una célula.

 

Cada gen​​ porta​​ la memoria de una caída.

Cada cromosoma arrastra tras de sí una caravana de sombras.

Pero la esperanza,

ella también,

tiene su propio laboratorio.

Mezcla las cenizas con el polen.

Desposa​​ la herida con la luz.

Transforma los gritos de los huesos en raíces del cielo.

Hoy,

cuando camino,

sigo oyendo ese viejo grito.

 

Pero ya no pide socorro.

Crece.

Como crece un bosque entre las ruinas de un imperio.

Como crece un​​ astro​​ en las entrañas oscuras del espacio.

Como crece la vida

a​​ través de la muerte,

cuando la​​ muerte misma

acaba​​ por convertirse​​ en tierra bajo mis párpados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

***

 

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