Ahora que la Odisea está discutiéndose entre un amplio público por la adaptación fílmica de Christopher Nolan, leemos una serie de poemas de diferentes épocas y tradiciones relacionados al poema homérico. Las reformulaciones de Odiseo y sus avatares constituyen todavía una fuente inagotable de motivaciones para la escritura y la comprensión de nuestro ser.
Los poemas que leemos son de Constantino Cavafis, Wallace Stevens, Umberto Saba, Jorge Luis Borges, Giórgos Seféris, Paul Celan, Joseph Brodsky, Derek Walcott, Eugenio Montejo, José Emilio Pacheco, Yusef Komunyakaa, Marco Antonio Campos, Theo Dorgan, Jorge Valdés Díaz-Vélez, Minerva Margarita Villarreal, Mario Bojórquez, Sarah Holland-Batt, Rubén Márquez Máximo, Gustavo Osorio de Ita y Luiza Romao. Sirva esta pequeña muestra de poemas para retornar al viaje de Odiseo.
CONSTANTINO CAVAFIS
ÍTACA
Cuando hacia Ítaca salgas en el viaje,
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y, viejo ya, ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.
Traducción de Miguel Castillo Didier
WALLACE STEVENS
EL MUNDO COMO MEDITACIÓN
J’ai passé trop de temps à travailler mon violon, à voyager. Mais l’exercice essentiel du compositeur —la méditation—rien ne l’a jamais suspendu en moi … Je vis un rêve permanent, qui ne s’arrête ni nuit ni jour.
Georges Enesco
¿Es Ulises quien se acerca desde el este,
interminable aventurero? Los árboles se han reparado.
Aquel invierno se ha disipado. Alguien está moviéndose
en el horizonte y alzándose sobre él.
Una forma de fuego se acerca a las cretonas de Penélope
cuya sola presencia salvaje despierta el mundo en el que habita.
Ella ha compuesto durante mucho tiempo un yo para darle la bienvenida,
acompañante de su yo para ella, por ella imaginado,
ambos en un refugio de profundas raíces, amigo y querido amigo.
Los árboles han sido reparados, como un ejercicio esencial
en una meditación inhumana, más grande que la suya.
Ningún viento como un perro la vigilaba por la noche.
Ella no quería nada que él no pudiera traerle viniendo solo.
No quería regalos. Sus brazos serían su collar
y su cinturón, fortuna concluyente de su deseo.
¿Pero era Ulises? ¿O era sólo el calor del sol
en su almohada? El pensamiento seguía latiendo en ella como su corazón.
Juntos seguían latiendo al unísono. Era solamente el día.
Era Ulises y no lo era. Sin embargo, se habían encontrado,
amigo y querido amigo y el ánimo del planeta.
La fuerza bárbara de su interior no fallaría nunca.
Ella hablaría consigo misma un poco mientras se peina,
repitiendo su nombre con sus pacientes sílabas,
sin nunca olvidar a aquel que constantemente se acercaba tanto.
Traducción de Adalberto García López
UMBERTO SABA
ULISES
De joven navegué lo extenso
de la costa dálmata. Islotes
surgian sobre las olas, donde extraña
un ave se posaba atenta a su presa,
cubierta de algas, esquiva, bajo el sol
tan hermosa como las esmeraldas.
Cuando la marea alta y la noche
las ocultan, las velas
a sotavento se pierden mar adentro,
para sortear esos peligros. Hoy mi reino
es esa tierra abandonada. El puerto
enciende sus luces para otros; yo, lejos
en alta mar, aún conservo el espíritu indomable,
y el doloroso cariño por la vida.
Traducción de Alfredo Soto Guillén.
JORGE LUIS BORGES
ODISEA, LIBRO VIGÉSIMO TERCERO
Ya la espada de hierro ha ejecutado
la debida labor de la venganza;
ya los ásperos dardos y la lanza
la sangre del perverso han prodigado.
A despecho de un dios y de sus mares
a su reino y su reina ha vuelto Ulises,
a despecho de un dios y de los grises
vientos y del estrépito de Ares.
Ya en el amor del compartido lecho
duerme la clara reina sobre el pecho
de su rey, pero ¿dónde está aquel hombre
que en los días y noches del destierro
erraba por el mundo como un perro
y decía que Nadie era su nombre?
GIÓRGOS SEFÉRIS
SOBRE UN VERSO EXTRANJERO
¡Feliz quien pudo hacer el viaje de Ulises!
Feliz, si, a su partida, sintió que, fuerte, recorría el bagaje de un amor todo su cuerpo, como las venas donde hierve la sangre.
De un amor infinito, invencible como la música y eterno,
porque nació con nosotros y que, al morir, no sabemos, ni nosotros ni nadie, si a su vez morirá.
Ruego a Dios que me deje decir en un instante de dicha lo que es este amor.
A veces, sentado en tierra extraña, escucho su murmullo lejano como el rumor del mar que llega con la inexplicable borrasca.
Y aparece ante mí, una y otra vez, la imagen de Ulises, con los ojos enrojecidos por la sal de las olas y la nostalgia por ver de nuevo el humo que sale de la chimenea de su casa, y el perro que envejeció en el portal esperándole.
Yérguese, enorme, pronunciando en voz baja, por entre las canas de su barba, palabras de nuestra lengua tal como la hablaban hace ya tres mil años.
Extiende una mano encallecida por las jarcias y el timón, con la piel reseca por el viento, el calor y los hielos.
Dirías que se dispone a expulsar de entre nosotros al gigantesco Cíclope que tiene sólo un ojo, y a las Sirenas, que pierden a quien las escucha, y a Escila y Caribdis,
monstruos tan complicados que no nos permiten imaginarnos que él también era un hombre que luchó en este mundo con alma y cuerpo.
Es grande Ulises, el que inspiró la construcción del caballo de madera con el que los aqueos conquistaron a Troya.
Me imagino que viene a explicarme que yo también podría construirme un caballo de madera y conquistar mi Troya.
Porque habla humildemente, en calma y sin esfuerzo, dirías que me conoce como un padre
o como aquellos viejos marineros, que, apoyados en sus redes, cuando rugía la tormenta y el aire se irritaba,
me cantaban, en mis tiempos de niño, la canción de Erotócrito con lágrimas en los ojos,
cuando temblaba en sueños al escuchar la triste suerte de la infeliz Areti al bajar las escaleras de mármol.
Me cuenta el terrible dolor de sentir las velas de la nave hincharse por el recuerdo y tu alma convertirse en timón, mientras tú estás solo, envuelto en la tiniebla de la noche, sin rumbo como la paja en la era.
¡Qué amargura la de ver a tus compañeros hundidos en los elementos, dispersados uno tras otro!
¡Qué extraña fuerza sientes al hablar con los muertos cuando ya no te bastan los vivos que quedaron!
Habla... Aún veo sus manos, que sabían comprobar si estaba bien grabada la sirena en la proa.
Que me concedan un mar azul y tranquilo en el corazón de la tormenta.
Traducción de José Alsina Clota
PAUL CELAN
EL TAMBOR DEL MALABARISTA,
con mi centavo de corazón suena.
Los peldaños de la escalera, sobre
la que Odiseo, mi changuito, trepa hacia Ítaca
rue de Longchamp, una hora
después de derramado el vino:
añade esto a la imagen,
que nos arroja a casa dados
en el cubilete, en que yazgo junto a ti
ininterpretable.
Traducción de Roberto Amézquita
JOSEPH BRODSKY
ODISEO SE DIRIGE A TELÉMACO
Telémaco hijo,
la guerra de Troya ha terminado.
Quién fue el vencedor, no lo recuerdo.
Tal vez los griegos, es costumbre suya
arrojar tantos cadáveres fuera de sus casas…
Y a pesar de todo tan largo resultó el camino a casa,
como si durante nuestra ausencia
Poseidón hubiera prolongado el regreso.
No sé dónde estoy, ni qué hay al frente.
En esta isla asediada por la desidia,
por el rastrojo, por los muros sin concluir y por el gruñido
de los cerdos; hay una princesa y un jardín desolado,
no veo más que piedras y vegetación.
Amado Telémaco, todas las islas se parecen
al final de tantos viajes y la mente
se extravía contemplando a las olas,
los ojos, agobiados por el horizonte,
se llenan de lágrimas.
No recuerdo qué pasó después de la guerra,
ni cuántos años tienes ahora.
Crece Telémaco, querido,
sólo los dioses saben si habremos de vernos.
Ya no eres el niño de entonces,
¿recuerdas que me veías enfrentar a los toros?
Si no hubiera sido por Palamedas, estaríamos juntos.
Pero acaso tenía razón, sin mí
te has librado del complejo de Edipo,
y tus sueños no serán retorcidos.
Ingresé a la celda en lugar del salvaje animal,
consumí mi tiempo y atravesé la histeria en una barraca,
viví junto al mar, aposté al azar,
vestido de frac cené con quien resultaría un traidor.
Desde la altura de un glaciar avizoré medio mundo,
tres veces naufragué, dos veces fui cortado.
Abandoné al país donde me alimentaron.
Con los que me olvidaron se poblaría una ciudad.
Me fui errante por las estepas llenas de los ecos de Atila,
estaba vestido con lo que siempre pasaba de moda,
sembré centeno y me protegía con encerado para embalajes.
Y lo único que no bebí fue agua seca.
Admití en mis sueños la negra pupila del centinela,
sin perder una migaja devoré el pan del destierro.
Mis cuerdas vocales emitieron todos los sonidos, más allá del aullido,
modulé después el susurro.
He cumplido cuarenta años.
¿Qué debo decir sobre la vida? que resultó dilatada.
Sólo siento solidaridad con el dolor.
Pero mientras no tapen mi boca con barro,
lo único que tendré serán palabras agradecidas.
Traducción de Rubén Darío Flórez Arcila
DEREK WALCOTT
UVAS DE PLAYA
Aquella vela que en la luz se apoya,
cansada de islas,
una goleta batiendo el Mar Caribe
para llegar a casa, podría tratarse de Odiseo
con rumbo al Mar Egeo;
aquel anhelo de esposo y padre
bajo rugosas uvas agrias
es como el nombre adúltero de Nausicaa
oído en el clamor de las gaviotas.
Esto a nadie apacigua. La antigua guerra
entre obsesión y responsabilidad
no tendrá fin, y siempre ha sido igual
para el que vaga por el mar o para aquel
que ahora en tierra se zafa las sandalias
para andar hasta su casa, desde que Troya
escupió su última flama,
y el canto rodado del gigante volteó la artesa
de cuyo mar de fondo los enormes hexámetros
concluyen en exhaustos oleajes.
Los clásicos consiguen consolar. Pero no lo suficiente.
Traducción de León Félix Batista
EUGENIO MONTEJO
ÍTACA
Para un homenaje a C. Cavafy
Por esta calle se va a Ítaca
y en su rumor de voces, pasos, sombras,
cualquier hombre es Ulises.
Grabando entre sus piedras se halla el mapa
de esta tierra añorada. Síguelo.
El pájaro que escuchas está cantando en griego;
no lo traduzcas, no va ahorrarte camino.
Aquellas nubes vienen de su mar, contémplalas;
son más puros los cielos de las islas.
Por esta calle, en cualquier auto,
hacia el norte o el sur se viaja a Ítaca.
En los ojos de los paseantes arde su fuego;
sus pasos rápidos delatan el exilio.
Aun sin moverte, como estos árboles,
hoy o mañana llegarás a Ítaca.
Está escrita en la palma de tu mano
como una raya que se ahonda
día tras día.
Aunque te duermas despertarás en Ítaca;
la lluvia de este valle todo lo arrastra
despacio hasta sus puertas.
No tiene otro declive.
Ya puedes anunciarnos tu llegada, buscar hotel,
dar al olvido tu destierro.
Por esta calle no ha cruzado un hombre
que al fin no alcance su paisaje.
Prepara el corazón para el arribo.
Una vez en su reino, muestra tu magia,
será el reto supremo del exilio.
A ese mar no se miente. La furia de sus olas
todo lo hace naufragio. Pero no te amilanes.
Demuéstranos que siempre fuiste Ulises.
JOSÉ EMILIO PACHECO
A CIRCE, DE UNO DE SUS CERDOS
De entre todas las bestias
que en mi cuerpo lucharon contra mi alma
acabó por triunfar el cerdo.
Circe, amor mío, cuánta paz y felicidad sabernos
nada más cerdos. No ambicionar
la aprobación de nadie,
no suplicarle a nadie: entiéndeme,
tienes que comprenderme, soy falible, perdóname.
No hay embrujo tan grande como el placer
de revolcarnos en el lodo:
tú la hechicera, yo el cerdo.
Qué triste dicha ser uno más de tus cerdos.
Somos tu piara, la zahúrda es tu templo.
Disfruta, Circe, la pasión de tus cerdos.
Paga en amor la humillación de tus cerdos.
YUSEF KOMUNYAKAA
LATITUDES
Si no soy Ulises, soy
su querido y cruel medio hermano.
Átame al mástil
para que pueda soportar a las sirenas nocturnas
cantando mi nacimiento cuando el agua
estallaba en mil flores
en un pueblo sureño, sin salida al mar,
antes de que mi nombre se oyera
en el mundo con forma de vientre
de profundas aguas sonoras.
Las tormentas llevaron mi barco a la orilla,
y yo no era yo mismo en un reino
de animales sin nombre y árboles totémicos,
pero jamás quise anular mis votos.
Desde las vigas de maderas incrustadas con sal
sólo podía alzar un ariete
o una cruz, y entonces aprendí que Dios
es ritmo y esporas. Si soy
Ulises, hecho de sus palabras
y sus hazañas, nadé con vacas marinas
y sirenas en una estación perdida,
comí ostras y bayas venenosas
para acercarme a la idea de la muerte
enredado con la cuerda de seguridad
sobre ese barco que rodaba como un barril,
para luego volver a casa y encontrar algo más
que el olor a manzanas y los pesados remos
que crujían con la misma música que nuestra cama.
Traducción de Adalberto García López.
MARCO ANTONIO CAMPOS
CEFALONIA
Era agosto. Era 1988.
Yo veía desde lejos, como si estuviera
en cubierta, la línea verde, la línea larga
verde y sinuosa de la isla de Ítaca.
Oía el silbido de las embarcaciones
a punto de partir.
Bajo el sol en fuego de las cuatro de la tarde
a diario subía la colina para contemplar Ítaca
y oía los versos de los líricos arcaicos en el murmullo
de plata de los olivos. E imaginaba Ítaca.
En los caseríos de la isla miraba a las ancianas
tejer asiduas a la hora del atardecer y a los viejos
hablar como sólo lo hace el rumor de las olas.
Oía pláticas de los ancianos (que me sonaban
pero no entendía) frente a puertas y ventanas
de pequeñas casas albas que fulguraban más
con la fulguración del sol. E imaginaba Ítaca.
Con dos barcelonesas en las noches
cenaba cordero y ensalada,
mal gustaba del vino de resina, y decía que sí,
con seguridad decía que al día siguiente
me embarcaría hacia Ítaca: me esperaba el barco
en el que iría a la isla que era el final de la navegación.
La isla donde pensaba llegar. La isla
donde siempre pensé llegar.
Pero al alba siguiente posponía el viaje
para el alba siguiente y al alba siguiente
para el otro día. Mientras tanto,
subía a diario las colinas, visitaba en el bus
precipitados pueblos, saludaba
de mañana a los recién llegados,
los despedía al partir, y miraba
de tarde desde la colina
la costa esmeralda y ligeramente sinuosa
de la isla de Ítaca.
THEO DORGAN
ÍTACA
para Leonard Cohen
Cuando emprendas el viaje desde Ítaca otra vez
deja que sea otoño, temprano, que las hojas planas caigan mientras te vas,
para la primavera te sacudirían sus premuras,
sus rumores de juventud.
Te habrás ganado el camino de vuelta al puerto,
deber cumplido, tu cuota de trabajo pagada,
arraigada la casa, tu hijo en el pleno de la paternidad,
su madre, tu largamente amada, disuelta en la penumbra.
Camina por los umbrales, no mires a diestra o siniestra,
no vayas a inhalar el humo de la leña,
el tímido brillo de las muchachas,
la resina y el pino de la casa.
Quédate ahí, mantén su mirada,
ellos han sido buenos vecinos.
Tabla con tabla, trabajo lento y seguro,
el mástil recto como tu espalda.
Agua y vino, aceite, sal y pan.
Estrecha una mano en la tuya para la Suerte.
Suelta las amarras sin un atisbo en retaguardia
y el paño en la vela.
Habrá puertos, refugio del clima;
Habrá pasajes largos y vacíos lejos de tierra.
Habrá quizá amor o amabilidad, no cuentes con eso
pero admite la posibilidad,
está preparado para tormentas.
Cuando hayas tomado distancia de Ítaca, rodeado por el Sur
y luego asaltado bajo y lejos por Circe, Calipso,
lo que recuerdas, lo que debes tener en mente.
Confianza en tu curso, desde hace tanto dispuesto para ti.
Nunca hubo pregunta alguna para tornar atrás.
Todos aquellos que contigo vinieron al viaje
aquellos que sucumbieron al destello del bronce,
aquellos que se desviaron hacia otro destino,
están largamente reunidos en los Asfódelos y el polvo.
Tú iras sin compañía, pero debes ir.
Ya habrá tiempo en las largas noches y días,
turbado por el sol o conducido por las estrellas,
para desenredar la madeja de tu vida.
Debes aprender otra vez lo que siempre supiste—
el viento se lo lleva todo.
Cuando emprendas el viaje fuera de Ítaca otra vez,
no necesitarás preguntar a dónde es que vas.
Dale a cada día tu completa, reflexiva, atención—
la insurrección y el destello del resplandor de tu rayo,
el ascenso al interior de pequeños puertos—
y no olvides Ítaca, mantén Ítaca en tu mente.
Todo lo que fue y es, todo lo que sin ti
será.
Sé agradecido por donde has estado
por aquellos que se mantuvieron junto a ti,
aquellos que se largaron delante tuyo
o que retrocedieron y te miraron zarpar.
Sé agradecido por la benevolencia en la oscuridad perfumada
pero tarde o temprano vas a navegar de nuevo.
Alguna mañana, alguna noche clara,
tú vendrás a las Columnas de Hércules,
Navegarás al través, si quieres. Eres libre de tornar atrás.
Avanza sobre la cubierta, pon tu mano sobre el mástil,
escucha el viento en su ramo sumergido.
Ahora tú eres libre de hogar y travesía
sacudido en la cúspide de las mareas.
Ítaca es anterior a ti, Ítaca está detrás de ti.
El hombre nace vagabundo, y es formado por el mar.
Tú tienes que hacer lo que es mejor.
Traducción de Roberto Amézquita
JORGE VALDÉS DÍAZ-VÉLEZ
NADIE
Volví a Ítaca, a sus médanos
de bruma evanescente, al sol
que la traspasa y a las calles
que mi memoria soñó hermosas.
Degusté el sexo de los higos,
la pulpa de un dátil, el cálido
resplandecer de la aceituna.
Fui un extranjero entre los míos.
Nadie advirtió que tras la máscara
tallada por la espuma, iba
yo, el heroico (ese mendigo
sin sombra que salió una noche
de lágrimas al mar) Ulises,
el pródigo en historias vuelto
del más allá de su leyenda.
Antes que el alba, regresé
a la costa y enfilé al sur.
No reconoceré los muelles
a donde vaya mi deliro.
Sólo sabré que estuve en Ítaca
para reinar sobre mi espectro.
MINERVA MARGARITA VILLARREAL
ODISEO
Penélope solloza sobre el pecho de Ulises
que a su regreso le cuenta
de su nueva esposa y sus pequeños hijos
MARIO BOJÓRQUEZ
HIJO DE LAERTES
I
Suben las olas de mi patria
y oigo
los cuernos de la tarde
las ovejas
el corazón del día sin reposo
Suben las aguas de tus muslos
veo
la tierra sin arar
el esqueleto
de mi casa olvidada
de mi huerto
Suben las ondas tibias
la memoria
de otro tiempo que acaso ya no existe
Afuera yo soy Nadie
no hay regreso.
II
Este mar que circunda mi delirio
es otro mar en sueños
otro acento
del agua en que me hundo
sin futuro
Ningún monstruo me asusta
me agigantan
el ardor de la vuelta
la espesura
de tu cuerpo de trigo recobrado
No hay peligros
ni manos que detengan
mi regreso a tu centro venturoso
estoy en ti
tan lejos
tan adentro.
SARAH HOLLAND-BATT
PENÉLOPE EN LAS TINIEBLAS
Escucha, ya estoy cansada
de este cuento, ese
donde hacemos el papel de amantes suspirando
quienes sólo conocen imágenes
de ellos en otra vida,
nuestros corazones cerrados
como mejillones muertos,
en astuta oscuridad, que sella
ese núcleo amargo: tú y yo.
El cuento nos hace ver como sicópatas.
Pues en él nunca notamos
los cambios del mundo;
aguardamos en la ventana
como perros dementes
que la muerte gire la llave –
Si estuvieras muerto, yo sería feliz.
Podría anudar los años, apretarlos como puños.
Podría dormir.
Pero no estás muerto;
Simplemente olvidaste tu papel en el cuento.
Estás en una isla remota,
persiguiendo sirenas. Dime, Odiseo –
cuando ellas cantan
¿lo hacen como yo?
En el imperio despojado del mañana
bajo hasta la costa
y observo a pescadores en la matanza.
Seguramente nunca los viste,
sus manos en lo profundo de lo plateado
como alguna muestra de piedad –
Traducción de Alain Pallais
RUBÉN MÁRQUEZ MÁXIMO
CUANDO ESTOY CON DELIA ME PREGUNTO
para qué mirar antiguos mares
las islas que albergaron a Odiseo.
Para qué zarpar
si en su vientre el mar germina
con el roce más discreto de mi boca.
GUSTAVO OSORIO DE ITA
TELÉMACO DUERME
Duerme siempre del lado derecho
Para aliviar la presión sobre el corazón
Porque todo mundo sabe que el peso encima
De algo que se mueve sin cesar
Hasta que se rompe o se aburre
Sólo causa que el sonido producido
Por el esfuerzo de la arteria
Por el contenido rumor de sangre atrapada
Se vuelva un sueño de espasmos
Y veranos de playas áridas donde el mar
Se retrae temeroso de la sombra
Dijiste que el mar vuelve
Porque extraña mirar desde las montañas
El fin del mundo y el vacío que se crece ante su ausencia
La sangre se retrae y avanza sobre las costas de los sueños
Dijiste que durmiera del lado derecho
También para que pudiera ver hacia la ventana
Desde donde no se puede ver el mar que vuelve
Ni los vacíos que quedan ni el fin del mundo
Ni donde tú tensas las velas de una barcaza demasiado frágil
Para llegar al otro lado de la noche
Y así lo hago.
LUIZA ROMAO
ulises
nada como contar una buena historia
apasionarse por la manía la camisa mantenida limpia
una legión de fans para honrarte
míralo él es grandioso
míralo él las hazañas
¿quién más callaría a las sirenas?
¿habría sin argucias victoria?
en el periódico hablan de acuerdos y estado de excepción
su foto impresa junto a diplomáticos yankis
sin el yelmo de jabalí hasta parece digno
sin el ghoswriter hasta parece verdad



