La Odisea: veinte poemas para comprender el viaje de Odiseo

Leemos veinte poemas sobre la Odisea, uno de los poemas fundacionales de Homero.

Ahora que la​​ Odisea​​ está discutiéndose entre un amplio público por la adaptación fílmica de Christopher Nolan, leemos​​ una serie de poemas de diferentes​​ épocas​​ y tradiciones​​ relacionados al poema homérico.​​ Las reformulaciones de Odiseo y sus​​ avatares​​ constituyen todavía una fuente inagotable de motivaciones para​​ la escritura y​​ la comprensión de nuestro ser.

Los poemas que leemos son de Constantino Cavafis, Wallace Stevens,​​ Umberto Saba, Jorge Luis Borges, Giórgos Seféris, Paul Celan, Joseph Brodsky, Derek Walcott, Eugenio Montejo, José Emilio Pacheco,​​ Yusef Komunyakaa,​​ Marco Antonio Campos, Theo Dorgan, Jorge Valdés Díaz-Vélez, Minerva Margarita Villarreal, Mario Bojórquez, Sarah Holland-Batt, Rubén Márquez Máximo,​​ Gustavo Osorio de Ita​​ y Luiza Romao.​​ Sirva esta pequeña muestra de poemas para retornar al viaje de Odiseo.

 

 

 

CONSTANTINO CAVAFIS

 

ÍTACA

 

Cuando hacia Ítaca salgas en el viaje,

desea que el camino sea largo,

pleno de aventuras, pleno de conocimientos.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,

al irritado Poseidón no temas,

tales cosas en tu ruta nunca hallarás,

si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta

emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.

A los Lestrigones y a los Cíclopes,

y al feroz Poseidón no encontrarás,

si dentro de tu alma no los llevas,

si tu alma no los yergue delante de ti.

 

Desea que el camino sea largo.

Que sean muchas las mañanas estivales

en que con cuánta dicha, con cuánta alegría

entres a puertos nunca vistos:

detente en mercados fenicios,

y adquiere las bellas mercancías,

ámbares y ébanos, marfiles y corales,

y perfumes voluptuosos de toda clase,

cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;

anda a muchas ciudades Egipcias

a aprender y aprender de los sabios.

 

Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.

Llegar hasta allí es tu destino.

Pero no apures tu viaje en absoluto.

Mejor que muchos años dure:

y, viejo ya, ancles en la isla,

rico con cuanto ganaste en el camino,

sin esperar que riquezas te dé Ítaca.

 

Ítaca te dio el bello viaje.

Sin ella no hubieras salido al camino.

Otras cosas no tiene ya que darte.

​​ 

Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.

Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,

ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.

 

Traducción de Miguel Castillo Didier

 

 

 

WALLACE STEVENS

 

EL MUNDO COMO MEDITACIÓN

 

J’ai passé trop de temps à travailler mon violon, à voyager. Mais l’exercice essentiel du compositeur —la méditation—rien ne l’a jamais suspendu en moi … Je vis un rêve permanent, qui ne s’arrête ni nuit ni jour.

Georges Enesco

 

¿Es Ulises quien se acerca desde el este,

interminable aventurero? Los árboles se han reparado.

Aquel invierno se ha disipado. Alguien está moviéndose

 

en el horizonte y alzándose sobre él.

Una forma de fuego se acerca a las cretonas de Penélope

cuya sola presencia salvaje despierta el mundo en el que habita.

 

Ella ha compuesto durante mucho tiempo un yo para darle la bienvenida,

acompañante de su yo para ella, por ella imaginado,

ambos en un refugio de profundas raíces, amigo y querido amigo.

 

Los árboles han sido reparados, como un ejercicio esencial

en una meditación inhumana, más grande que la suya.

Ningún viento como un perro la vigilaba por la noche.

 

Ella no quería nada que él no pudiera traerle viniendo solo.

No quería regalos. Sus brazos serían su collar

y​​ su cinturón, fortuna concluyente de su deseo.

 

¿Pero era Ulises? ¿O era sólo el calor del sol

en su almohada? El pensamiento seguía latiendo en ella como su corazón.

Juntos seguían latiendo al unísono. Era solamente el día.

 

Era Ulises y no lo era. Sin embargo, se habían encontrado,

amigo y querido amigo y el ánimo del planeta.

La fuerza bárbara de su interior no fallaría nunca.

 

Ella hablaría consigo misma un poco mientras se peina,

repitiendo su nombre con sus pacientes sílabas,

sin nunca olvidar a aquel que constantemente se acercaba tanto.

 

Traducción de Adalberto García López

 

 

 

UMBERTO SABA

 

ULISES

 

De joven navegué lo extenso​​ 

de la costa dálmata. Islotes

surgian sobre las olas, donde extraña​​ 

un ave se posaba atenta a su presa,

cubierta de algas, esquiva, bajo el sol

tan hermosa como las esmeraldas.

Cuando la marea alta y la noche​​ 

las ocultan, las velas

a sotavento se pierden mar adentro,

para sortear esos peligros. Hoy mi reino

es esa tierra abandonada. El puerto

enciende sus luces para otros; yo, lejos​​ 

en alta mar, aún conservo el espíritu indomable,

y el doloroso cariño por la vida.

 

Traducción de Alfredo Soto Guillén.

 

 

 

JORGE LUIS BORGES

 

ODISEA, LIBRO VIGÉSIMO TERCERO

 

Ya la espada de hierro ha ejecutado

la debida labor de la venganza;

ya los ásperos dardos y la lanza

la sangre del perverso han prodigado.

 

A despecho de un dios y de sus mares

a su reino y su reina ha vuelto Ulises,

a despecho de un dios y de los grises

vientos y del estrépito de Ares.

 

Ya en el amor del compartido lecho

duerme la clara reina sobre el pecho

de su rey, pero ¿dónde está aquel hombre

 

que en los días y noches del destierro

erraba por el mundo como un perro

y decía que Nadie era su nombre?

 

 

 

GIÓRGOS SEFÉRIS

 

SOBRE UN VERSO EXTRANJERO

 

¡Feliz quien pudo hacer el viaje de Ulises!

Feliz, si, a su partida, sintió que, fuerte, recorría el bagaje de un amor todo su cuerpo, como las venas donde hierve la sangre.

 

De un amor infinito, invencible como la música y eterno,​​ 

porque nació con nosotros y que, al morir, no sabemos, ni nosotros ni nadie, si a su vez morirá.​​ 

 

Ruego a Dios que me deje decir en un instante de dicha lo que es este amor.​​ 

A veces, sentado en tierra extraña, escucho su murmullo lejano como el rumor del mar que llega con la inexplicable borrasca.

 

Y aparece ante mí, una y otra vez, la imagen de Ulises, con los ojos enrojecidos por la sal de las olas y la nostalgia por ver de nuevo el humo que​​ sale de la chimenea de su casa, y el perro que envejeció en el portal esperándole.​​ 

 

Yérguese, enorme, pronunciando en voz baja, por entre las canas de su barba, palabras de nuestra lengua tal como la hablaban hace ya tres mil años.​​ 

 

Extiende una mano encallecida por las jarcias y el timón, con la piel reseca por el viento, el calor y los hielos.

 

Dirías que se dispone a expulsar de entre nosotros al gigantesco Cíclope que tiene sólo un ojo, y a las Sirenas, que pierden a quien las escucha, y a Escila y Caribdis,​​ 

 

monstruos tan complicados que no nos permiten imaginarnos que él también era un hombre que luchó en este mundo con alma y cuerpo.

 

Es grande Ulises, el que inspiró la construcción del caballo de madera con el que los aqueos conquistaron a Troya.​​ 

 

Me imagino que viene a explicarme que yo también podría construirme un caballo de madera y conquistar mi Troya.

 

Porque habla humildemente, en calma y sin esfuerzo, dirías que me conoce como un padre​​ 

o como aquellos viejos marineros, que, apoyados en sus redes, cuando rugía la tormenta y el aire se irritaba,

 

me cantaban, en mis tiempos de niño, la canción de Erotócrito con lágrimas en los ojos,​​ 

cuando temblaba en sueños al escuchar la triste suerte de la infeliz Areti al bajar las escaleras de mármol.

 

Me cuenta el terrible dolor de sentir las velas de la nave hincharse por el recuerdo y tu alma convertirse en timón, mientras tú estás solo, envuelto en la tiniebla de la noche, sin rumbo como la paja en la era.

 

¡Qué amargura la de ver a tus compañeros hundidos en los elementos, dispersados uno tras otro!​​ 

¡Qué extraña fuerza sientes al hablar con los muertos cuando ya no te bastan los vivos que quedaron!

 

Habla... Aún veo sus manos, que sabían comprobar si estaba bien grabada la sirena en la proa.​​ 

Que me concedan un mar azul y tranquilo en el corazón de la tormenta.

 

Traducción de José Alsina Clota

 

 

 

PAUL CELAN

 

EL TAMBOR DEL MALABARISTA,

con mi centavo de corazón suena.

 

Los peldaños de la escalera, sobre​​ 

la que Odiseo, mi changuito, trepa hacia Ítaca​​ 

rue de Longchamp, una hora​​ 

después de derramado el vino:

 

añade esto a la imagen,

que nos arroja a casa dados  ​​ ​​​​ 

en el cubilete, en que yazgo junto a ti

ininterpretable.

 

Traducción de Roberto Amézquita

 

 

JOSEPH BRODSKY

 

ODISEO SE DIRIGE A TELÉMACO

 

Telémaco hijo,

la guerra de Troya ha terminado.

Quién fue el vencedor, no lo recuerdo.

Tal vez los griegos, es costumbre suya

arrojar tantos cadáveres fuera de sus casas…

Y a pesar de todo tan largo resultó el camino a casa,

como si durante nuestra ausencia

Poseidón hubiera prolongado el regreso.

No sé dónde estoy, ni qué hay al frente.

En esta isla asediada por la desidia,

por el rastrojo, por los muros sin concluir y por el gruñido

de los cerdos; hay una princesa y un jardín desolado,

no veo más que piedras y vegetación.

Amado Telémaco, todas las islas se parecen

al final de tantos viajes y la mente

se extravía contemplando a las olas,

los ojos, agobiados por el horizonte,

se llenan de lágrimas.

No recuerdo qué pasó después de la guerra,

ni cuántos años tienes ahora.

Crece Telémaco, querido,

sólo los dioses saben si habremos de vernos.

Ya no eres el niño de entonces,

¿recuerdas que me veías enfrentar a los toros?

Si no hubiera sido por Palamedas, estaríamos juntos.

Pero acaso tenía razón, sin mí

te has librado del complejo de Edipo,

y tus sueños no serán retorcidos.

Ingresé a la celda en lugar del salvaje animal,

consumí mi tiempo y atravesé la histeria en una barraca,

viví junto al mar, aposté al azar,

vestido de frac cené con quien resultaría un traidor.

Desde la altura de un glaciar avizoré medio mundo,

tres veces naufragué, dos veces fui cortado.

Abandoné al país donde me alimentaron.

Con los que me olvidaron se poblaría una ciudad.

Me fui errante por las estepas llenas de los ecos de Atila,

estaba vestido con lo que siempre pasaba de moda,

sembré centeno y me protegía con encerado para embalajes.

Y lo único que no bebí fue agua seca.

Admití en mis sueños la negra pupila del centinela,

sin perder una migaja devoré el pan del destierro.

Mis cuerdas vocales emitieron todos los sonidos, más allá del aullido,​​ 

modulé después el susurro.

He cumplido cuarenta años.

¿Qué debo decir sobre la vida? que resultó dilatada.

Sólo siento solidaridad con el dolor.

Pero mientras no tapen mi boca con barro,

lo único que tendré serán palabras agradecidas.

 

Traducción de Rubén Darío Flórez Arcila

 

 

 

DEREK WALCOTT

 

UVAS DE PLAYA

 

Aquella vela que en la luz se apoya,

cansada de islas,

una goleta batiendo el Mar Caribe

 

para llegar a casa, podría tratarse de Odiseo

con rumbo al Mar Egeo;

aquel anhelo de esposo y padre

 

bajo rugosas uvas agrias

es como el nombre adúltero de Nausicaa

oído en el clamor de las gaviotas.

 

Esto a nadie apacigua. La antigua guerra

entre obsesión y responsabilidad

no tendrá fin, y siempre ha sido igual

 

para el que vaga por el mar o para aquel

que ahora en tierra se zafa las sandalias

para andar hasta su casa, desde que Troya

escupió su última flama,

 

y el canto rodado del gigante volteó la artesa

de cuyo mar de fondo los enormes hexámetros

concluyen en exhaustos oleajes.

 

Los clásicos consiguen consolar. Pero no lo suficiente.

 

Traducción de León Félix Batista

 

 

 

EUGENIO MONTEJO

 

ÍTACA

 

Para un homenaje a C. Cavafy

 

Por esta calle se va a Ítaca

y en su rumor de voces, pasos, sombras,

cualquier hombre es Ulises.

Grabando entre sus piedras se halla el mapa

de esta tierra añorada. Síguelo.

El pájaro que escuchas está cantando en griego;

no lo traduzcas, no va ahorrarte camino.

Aquellas nubes vienen de su mar, contémplalas;

son más puros los cielos de las islas.

Por esta calle, en cualquier auto,

hacia el norte o el sur se viaja a Ítaca.

En los ojos de los paseantes arde su fuego;

sus pasos rápidos delatan el exilio.

Aun sin moverte, como estos árboles,

hoy o mañana llegarás a Ítaca.

Está escrita en la palma de tu mano

como una raya que se ahonda

día tras día.

Aunque te duermas despertarás en Ítaca;

la lluvia de este valle todo lo arrastra

despacio hasta sus puertas.

No tiene otro declive.

Ya puedes anunciarnos tu llegada, buscar hotel,

dar al olvido tu destierro.

Por esta calle no ha cruzado un hombre

que al fin no alcance su paisaje.

Prepara el corazón para el arribo.

Una vez en su reino, muestra tu magia,

será el reto supremo del exilio.

A ese mar no se miente. La furia de sus olas

todo lo hace naufragio. Pero no te amilanes.

Demuéstranos que siempre fuiste Ulises.

 

 

 

JOSÉ EMILIO PACHECO

 

A CIRCE, DE UNO DE SUS CERDOS

 

De entre todas las bestias

que en mi cuerpo lucharon contra mi alma

acabó por triunfar el cerdo.

 

Circe, amor mío, cuánta paz y felicidad sabernos

nada más cerdos. No ambicionar

la aprobación de nadie,

no suplicarle a nadie: entiéndeme,

tienes que comprenderme, soy falible, perdóname.

 

No hay embrujo tan grande como el placer

de revolcarnos en el lodo:

tú la hechicera, yo el cerdo.

 

Qué triste dicha ser uno más de tus cerdos.

Somos tu piara, la zahúrda es tu templo.

 

Disfruta, Circe, la pasión de tus cerdos.

Paga en amor la humillación de tus cerdos.

 

 

YUSEF KOMUNYAKAA

 

LATITUDES

 

Si no soy Ulises, soy

su querido y​​ cruel​​ medio hermano.

Átame al mástil

para que pueda soportar a las sirenas nocturnas

cantando mi nacimiento cuando el agua

estallaba en mil flores

en un pueblo sureño,​​ sin salida al​​ mar,

antes de que mi nombre se oyera

en el mundo con forma de vientre

de​​ profundas​​ aguas sonoras.

Las tormentas llevaron mi barco a​​ la orilla,

y yo no era yo mismo en un reino

de animales sin nombre y árboles totémicos,

pero jamás quise​​ anular​​ mis votos.

Desde las​​ vigas de​​ maderas incrustadas​​ con​​ sal

sólo podía alzar un ariete

o una cruz,​​ y entonces​​ aprendí que Dios

es ritmo y esporas. Si soy

Ulises, hecho de sus palabras

y​​ sus​​ hazañas, nadé con vacas marinas

y sirenas en una estación perdida,

comí ostras y bayas venenosas

para acercarme a la idea de la muerte

enredado​​ con la cuerda de seguridad

sobre​​ ese​​ barco que rodaba como un barril,

para luego volver a casa y​​ encontrar​​ algo más

que el olor a manzanas y los pesados ​​remos

que crujían con la misma música que nuestra cama.

 

Traducción de Adalberto García López.

 

 

 

MARCO ANTONIO CAMPOS

 

CEFALONIA

 

Era agosto. Era 1988.

Yo veía desde lejos, como si estuviera

en cubierta, la línea verde, la línea larga

verde y sinuosa de la isla de Ítaca.

Oía el silbido de las embarcaciones

a punto de partir.

​​ 

Bajo el sol en fuego de las cuatro de la tarde

a diario subía la colina para contemplar Ítaca

y oía los versos de los líricos arcaicos en el murmullo

de plata de los olivos. E imaginaba Ítaca.

 

En los caseríos de la isla miraba a las ancianas

tejer asiduas a la hora del atardecer y a los viejos

hablar como sólo lo hace el rumor de las olas.

Oía pláticas de los ancianos (que me sonaban​​ 

pero no entendía) frente a puertas y ventanas

de pequeñas casas albas que fulguraban más

con la fulguración del sol. E imaginaba Ítaca.

 

Con dos barcelonesas en las noches

cenaba cordero y ensalada,

mal gustaba del vino de resina, y decía que sí,

con seguridad decía que al día siguiente

me embarcaría hacia Ítaca: me esperaba el barco

en el que iría a la isla que era el final de la navegación.

La isla donde pensaba llegar. La isla

donde siempre pensé llegar.

Pero al alba siguiente posponía el viaje

para el alba siguiente y al alba siguiente

para el otro día. Mientras tanto,

subía a diario las colinas, visitaba en el bus

precipitados pueblos, saludaba

de mañana a los recién llegados,

los despedía al partir, y miraba

de tarde desde la colina

la costa esmeralda y ligeramente sinuosa

de la isla de Ítaca.

 

 

THEO DORGAN

 

ÍTACA

 

para Leonard Cohen

 

Cuando emprendas el viaje desde Ítaca otra vez

deja que sea otoño, temprano, que las hojas planas caigan mientras te vas,

para la primavera te sacudirían sus premuras,

sus rumores de juventud.

 

Te habrás ganado el camino de vuelta al puerto,

deber cumplido, tu cuota de trabajo pagada,

arraigada la casa, tu hijo en el pleno de la paternidad,

su madre, tu largamente amada, disuelta en la penumbra.

 

Camina por los umbrales, no mires a diestra o siniestra,

no vayas a inhalar el humo de la leña,

el tímido brillo de las muchachas,

la resina y el pino de la casa.

Quédate ahí, mantén su mirada,

ellos han sido buenos vecinos.

 

Tabla con tabla, trabajo lento y seguro,

el mástil recto como tu espalda.

Agua y vino, aceite, sal y pan.

Estrecha una mano en la tuya para la Suerte.

 

Suelta las amarras sin un atisbo en retaguardia

y el paño en la vela.

Habrá puertos, refugio del clima;

Habrá pasajes largos y vacíos lejos de tierra.

Habrá quizá amor o amabilidad, no cuentes con eso

pero admite la posibilidad,

está preparado para tormentas.

 

Cuando hayas tomado distancia de Ítaca, rodeado por el Sur

y luego asaltado bajo y lejos por Circe, Calipso,

lo que recuerdas, lo que debes tener en mente.

Confianza en tu curso, desde hace tanto dispuesto para ti.

Nunca hubo pregunta alguna para tornar atrás.

Todos aquellos que contigo vinieron al viaje

aquellos que sucumbieron al destello del bronce,

aquellos que se desviaron hacia otro destino,

están largamente reunidos en los Asfódelos y el polvo.

Tú iras sin compañía, pero debes ir.

 

Ya habrá tiempo en las largas noches y días,

turbado por el sol o conducido por las estrellas,

para desenredar la madeja de tu vida.

Debes aprender otra vez lo que siempre supiste—

el viento se lo lleva todo.

 

Cuando emprendas el viaje fuera de Ítaca otra vez,

no necesitarás preguntar a dónde es que vas.

Dale a cada día tu completa, reflexiva, atención—

la insurrección y el destello del resplandor de tu rayo,

el ascenso al interior de pequeños puertos—

y no olvides Ítaca, mantén Ítaca en tu mente.

Todo lo que fue y es, todo lo que sin ti

será.

 

Sé agradecido por donde has estado

por aquellos que se mantuvieron junto a ti,

aquellos que se largaron delante tuyo

o que retrocedieron y te miraron zarpar.

Sé agradecido por la benevolencia en la oscuridad perfumada

pero tarde o temprano vas a navegar de nuevo.

 

Alguna mañana, alguna noche clara,

tú vendrás a las Columnas de Hércules,

Navegarás al través, si quieres. Eres libre de tornar atrás.

Avanza sobre la cubierta, pon tu mano sobre el mástil,

escucha el viento en su ramo sumergido.

Ahora tú eres libre de hogar y travesía

sacudido en la cúspide de las mareas.

Ítaca es anterior a ti, Ítaca está detrás de ti.

El hombre nace vagabundo, y es formado por el mar.

Tú tienes que hacer lo que es mejor.

 

Traducción de Roberto Amézquita

 

 

 

JORGE VALDÉS DÍAZ-VÉLEZ

 

NADIE

 

Volví a Ítaca, a sus médanos

de bruma evanescente, al sol

que la traspasa y a las calles

que mi memoria soñó hermosas.

Degusté el sexo de los higos,

la pulpa de un dátil, el cálido

resplandecer de la aceituna.

Fui un extranjero entre los míos.

Nadie advirtió que tras la máscara

tallada por la espuma, iba

yo, el heroico (ese mendigo

sin sombra que salió una noche

de lágrimas al mar) Ulises,

el pródigo en historias vuelto

del más allá de su leyenda.

Antes que el alba, regresé

a la costa y enfilé al sur.

No reconoceré los muelles

a donde vaya mi deliro.

Sólo sabré que estuve en Ítaca

para reinar sobre mi espectro.

 

 

 

MINERVA MARGARITA VILLARREAL

 

ODISEO

 

Penélope solloza sobre el pecho de Ulises

que a su regreso le cuenta

de su nueva esposa y sus pequeños hijos

 

 

 

MARIO BOJÓRQUEZ

 

HIJO DE LAERTES

 

I

Suben las olas de mi patria

y oigo

los cuernos de la tarde

las ovejas

el corazón del día sin reposo

 

Suben las aguas de tus muslos

veo

la tierra sin arar

el esqueleto

de mi casa olvidada

de mi huerto

 

Suben las ondas tibias

la memoria

de otro tiempo que acaso ya no existe

 

Afuera yo soy Nadie

no hay regreso.

 

II

Este mar que circunda mi delirio

es otro mar en sueños

otro acento

del agua en que me hundo

sin futuro

 

Ningún monstruo me asusta

me agigantan

el ardor de la vuelta

la espesura

de tu cuerpo de trigo recobrado

 

No hay peligros

ni manos que detengan

mi regreso a tu centro venturoso

estoy en ti

tan lejos

tan adentro.

 

 

 

SARAH HOLLAND-BATT

 

PENÉLOPE EN LAS TINIEBLAS

 

Escucha, ya estoy cansada

de este cuento, ese

donde hacemos el papel de amantes suspirando

quienes sólo conocen imágenes

de ellos en otra vida,

nuestros corazones cerrados

como mejillones muertos,

en astuta oscuridad, que sella

ese núcleo amargo: tú y yo.

 

El cuento nos hace ver como sicópatas.

Pues en él nunca notamos

los cambios del mundo;

aguardamos en la ventana

como perros dementes

que la muerte gire la llave –

 

Si estuvieras muerto, yo sería feliz.

 

Podría anudar los años, apretarlos como puños.

Podría dormir.

 

Pero no estás muerto;

Simplemente olvidaste tu papel en el cuento.

 

Estás en una isla remota,

persiguiendo sirenas. Dime, Odiseo –

cuando ellas cantan

¿lo hacen como yo?

 

En el imperio despojado del mañana

bajo hasta la costa

y observo a pescadores en la matanza.

Seguramente nunca los viste,

sus manos en lo profundo de lo plateado

como alguna muestra de piedad –

 

Traducción de Alain Pallais

 

 

 

RUBÉN MÁRQUEZ MÁXIMO

 

CUANDO ESTOY CON DELIA ME PREGUNTO

para qué mirar antiguos mares

las islas que albergaron a Odiseo.

 

Para qué zarpar

si en su vientre el mar germina

con el roce más discreto de mi boca.

 

 

 

GUSTAVO OSORIO DE ITA

 

TELÉMACO DUERME

 

Duerme siempre del lado derecho

Para aliviar la presión sobre el corazón​​ 

Porque todo mundo sabe que el peso encima

De algo que se mueve sin cesar​​ 

Hasta que se rompe o se aburre​​ 

Sólo causa que el sonido producido

Por el esfuerzo de la arteria​​ 

Por el contenido rumor de sangre atrapada​​ 

Se vuelva un sueño de espasmos​​ 

Y veranos de playas áridas donde el mar

Se retrae temeroso de la sombra​​ 

Dijiste que el mar vuelve​​ 

Porque extraña mirar desde las montañas​​ 

El fin del mundo y el vacío que se crece ante su ausencia

La sangre se retrae y avanza sobre las costas de los sueños

Dijiste que durmiera del lado derecho

También para que pudiera ver hacia la ventana

Desde donde no se puede ver el mar que vuelve​​ 

Ni los vacíos que quedan ni el fin del mundo

Ni donde tú tensas las velas de una barcaza demasiado frágil​​ 

Para llegar al otro lado de la noche​​ 

Y así lo hago.

 

 

 

LUIZA ROMAO

 

ulises

 

nada como contar una buena historia

apasionarse por la manía la camisa mantenida limpia

una legión de fans para honrarte​​ 

míralo él es grandioso

míralo él las hazañas

¿quién más callaría a las sirenas?

¿habría sin argucias victoria?

en el periódico hablan de acuerdos y estado de excepción

su foto impresa junto a diplomáticos yankis

sin el yelmo de jabalí hasta parece digno

sin el​​ ghoswriter​​ hasta parece verdad

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