Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad. Ricardo Suárez (Venezuela)

Leemos, en el marco del dossier de poesía joven venezolana Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad que preparan Zorian Ramírez Espinoza, Bolívar Pérez y Juan Lebrun, algunos poemas del escritor y traductor Ricardo Suárez (Maturín, Venezuela, 2000). Hojaldre, es su primer libro de poemas publicado en 2024 con Luba ediciones.

 

 

 

 

 

Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad. Es una selección que reúne voces de poetas venezolanos nacidos a partir de 1990. La muestra nos invita a reflexionar acerca de las diversas identidades que se presentan en la poesía actual venezolana. La escogencia del título rinde homenaje a dos voces que dejaron una huella fundamental en el panorama más reciente de la vida literaria del país: César Panza, con su verso Si el río abriese los ojos qué viera, y Caneo Arguinzones cuando dice que Haber retrocedido al abismo ha convertido la continuidad / en una festiva alabanza. César nos devuelve la pregunta de la identidad sin pretender abrirnos los ojos, sino buscando que habitemos con él la pregunta; defiende lo auténtico mientras nos habla de la impermanencia. Caneo plantea una vivencia corporal que enfrenta a la muerte, pero que, en un detenerse, busca la continuidad de la vida como una “festiva alabanza”. Estos autores y referentes, por siempre jóvenes, son voces desenfadadas, discontinuas, navegantes de lo incierto en el río identitario, vitales, como las que presentamos a continuación.

 

Ricardo Suárez (Maturín, Venezuela, 2000). Escribe poesía, ensayo y traduce en su tiempo libre. Colaboró con poemas para UBICUO, Digopalabratxt y Temporales. Finalista del VIII Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. En la actualidad cursa el quinto año de Letras en la Universidad Católica Argentina (UCA). Publicó Hojaldre, su primer libro de poemas, en 2024 con Luba ediciones

 

 

 

 

 

 

 

 

Manifiesto

 

Una frase es el laberinto perfecto. No va a ninguna parte.

Mario Montalbetti

Era cuestión de salar bien

las guaridas en las que todavía

no habías nacido,

de endiosarlas en silencio

hasta que parezcan globos

inflados a medias,

reacios a contener aire,

 

era cuestión de saber ​​ 

diferenciar cuánto cala

una huella en el suelo

de cuánto se abren

las válvulas de una esclusa

e ignorarlo a conveniencia,

 

era tiempo de espantar

todo asomo de lo oportuno

de cualquiera de mis ventajas,

de prescindir no de peldaños,

sino de su degeneración

en ladinas escaleras,

 

era tiempo de la sola cáscara,

de horas pulcras, tímidas

e irresponsables.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tardes

 

A Rizzu

 

Ciertas tardes nos instarían a hablar

de esos dioses que nacen con defectos,

como ese cuyo cuerpo, en vez de orificios,

contaba con numerosos grifos

por donde secretaba

acuosas formas de auxilio ​​ 

en busca de teólogos

que lo ayuden a morir.

 

Los imaginaríamos, entonces,

apurando sus doctorados en plomería,

consagrados a la estampita

de esos salmones de NatGeo

que, justo como ellos, desovan

y son devorados a contracorriente.

 

Con suerte, alguno de ellos

lograría socorrer al pobre,

acompañándolo en su trayecto

de mito a curiosidad

a pie de página.

 

Nosotros, llegada la noche, ​​ 

nos contentaríamos

con que esta charla

fuera casi un recuerdo.

 

Pero, al irnos, no llegaremos a saber

quién rematará al dios

a fuerza de evocarlo

y quién lo revivirá un poco en secreto

queriendo prohibírselo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Las iglesias hundidas

 

Es cuestión de ensimismarnos un rato

–casi por cortesía,

por no decir vergüenza–

ante un mundo que no se acaba

delante de cualquiera,

sostenerle las crías

al acantilado adecuado,

ese que uno considere apto

para despeñarse

en cámara lenta.

 

Sobre todo, se trata de bucear

en la excusa más delgada,

calcarnos la mano

en cualquiera de sus arrecifes,

convertirse, eso sí,

muy educadamente,

en el más oportuno de los percances. ​​ 

 

Conviene creer en las iglesias hundidas.

 

 

 

 

 

 

 

Unos cuantos pormenores ​​ 

 

hacer del escapismo un arte

y al fin huir del arte mismo

Fabio Morábito

 

I

 

No se imaginan cuánto calor da

ser invisible. Ni hablar de las gotas

de sudor que no tardan en hinchar

tu silueta: al percatarte eres una cosa

parecida a un largo lente multifocal,

curvada a la altura de tus axilas.

 

En los días de lluvia la humedad es tal

que puedes empañarte un poco,

casi como el espejo de un baño donde

se acaba de abrir la ducha. Algún ocioso

dibuja líneas en el vaho que ahora cubre

tu rostro, otro mira absorto el color

de las luces que difuminas,

la mayoría te sigue ignorando,

en el mejor de los casos agradecida

de que algo como tú les vele,

por accidente, el tedioso regreso a casa.

 

 

 

II

 

Se habla poco, pues, de las mañas

que se agarran siendo invisible, como

esa de confundir lejanía con ternura.

Uno empieza a recostarse

en la tibia indiferencia de los demás

hasta casi quedar dormido, ​​ 

a la manera de un gato sobre

el teclado de tu computadora.

Cuando llega el aburrimiento

se cae con facilidad en la creencia

de que basta engañarse lo suficiente

para hacer que la gente te vea,

así que ululas muy fuerte en sus caras

creyendo que se asustan no del viento,

sino de ti, y por un momento

te ríes, dándote por satisfecho.

 

A la hora de dormir, colgado

de un asta, piensas que debe haber

algo fino en ser una bandera

que nadie ni nada reclama.

Pero qué va. No tienes sueño.

Qué calor da ser invisible.

 

 

 

 

 

 

 

Lo mundano

 

Lo que nadie imagina es lo más práctico

E. Montejo

 

Vale ver el sol para aprender a estar ciego,

pespuntear con denuedo un abismo

en el que no se termina de creer, ​​ 

 

tomarlo por alguna de sus mangas

y tenderlo para que se acompase

al ritmo de la ropa que se está secando,

 

ensayar una tímida constelación

con las migajas de la mesa

y darse el privilegio de sentirse

ridículo al respecto,

 

clavar el asta de una bandera

a lo largo de olas de vapor

confiando en que, eventualmente,

se astillará en algo sólido,

 

aun si caemos y caemos

hasta quedar medio dormidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

***

 

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