Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad. Valeria Sisco (Venezuela).

Valeria Valentina Sisco Velásquez (Caracas, 7 de mayo de 2000) es estudiante de historia en la Universidad Central de Venezuela. En 2026 ha resultado ganadora del tercer lugar en el Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas.

 

 

 

 

Si el río abriese los ojos: Antología de la continuidad. Es una selección que reúne voces de poetas venezolanos nacidos a partir de 1990. La muestra nos invita a reflexionar acerca de las diversas identidades que se presentan en la poesía actual venezolana. La escogencia del título rinde homenaje a dos voces que dejaron una huella fundamental en el panorama más reciente de la vida literaria del país: César Panza, con su verso Si el río abriese los ojos qué viera, y Caneo Arguinzones cuando dice que Haber retrocedido al abismo ha convertido la continuidad / en una festiva alabanza. César nos devuelve la pregunta de la identidad sin pretender abrirnos los ojos, sino buscando que habitemos con él la pregunta; defiende lo auténtico mientras nos habla de la impermanencia. Caneo plantea una vivencia corporal que enfrenta a la muerte, pero que, en un detenerse, busca la continuidad de la vida como una “festiva alabanza”. Estos autores y referentes, por siempre jóvenes, son voces desenfadadas, discontinuas, navegantes de lo incierto en el río identitario, vitales, como las que presentamos a continuación.

 

Valeria Valentina Sisco Velásquez (Caracas, 7 de mayo de 2000) es estudiante de historia en la Universidad Central de Venezuela. En el ámbito literario, su escritura se caracteriza por una exploración íntima y reflexiva del lenguaje, donde la palabra indaga en la memoria, los afectos y el pulso de la experiencia cotidiana; una sensibilidad que se plasma en textos como La gramática del hallazgo, con el que obtuvo el tercer lugar en la Décima edición Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas.

 

 

 

 

 

 

 

 

La ley del origen

 

 

El universo sostiene sus acuerdos en silencio:

lo que fue afinado con verdad una vez

no pierde la forma de su canto.

 

Podrán cambiar las escalas y las tonalidades del mundo,

pero quien construyó el tono

siempre sabrá dónde responde la nota.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Bajo el calor de plomo que hacía crujir los horcones de la casa, el olvido se instaló con la parsimonia de una peste incurable. Ya no quedaban rastros en los cuartos largos donde el tiempo parecía dar vueltas en círculos de polvo y mariposas amarillas, sino el rumor lejano de un tren que nunca volvió y el tic-tac de un reloj que medía los años muertos.

 

Aprender a no nombrarlo era una labor de orfebres locos, una paciente carpintería de la desdicha: pulir las aldabas de las puertas, arrancar las glicinas de la memoria y echar al fuego las cartas de naipes marcadas por la mala suerte. Pero la casa seguía oliendo a su sombra, a humedad de río viejo y a tardes interminables de agosto; una se quedaba allí, sentada en la mecedora del corredor, viendo cómo la nada se cerraba sobre el pecho como una tarde de lluvia que no termina jamás.

 

 

 

 

 

 

 

Intemperie

 

 

 

No siempre hace falta un techo

que nos guarde de la lluvia

o del diseño exacto

de lo que otros trazaron en los mapas.

 

A veces, el único refugio honesto

es la intemperie:

Pararse en medio del temblor,

con las manos vacías y la certeza frágil

de no saber adónde va el camino.

No saber también es una decisión.

Un acto de resistencia contra lo que

se nos impone, contra las certezas

obligatorias que otros esperan que

visitamos.

 

Prefiero esta orilla desprotegida,

este desvío donde el aire me atraviesa

sin pedir permiso.

Estar a la Intemperie, vulnerable, expuesta, sabiendo que el desorden

del mundo ya no me pesa,

porque en este espacio sin nombres,

por fin me pertenezco entera.

 

 

 

 

 

 

 

El oficio de escribir

 

 

 

En este tiempo de catarsis, de laberintos circulares donde la memoria se me desborda y las paredes de la casa huelen a humedad y a secreto, escribir ha sido mi vicio solitario para inventar el mundo otra vez. Ha sido abrir una puerta invisible en el muro del fondo, cruzar hacia ese trópico de delirio y sombra donde el tiempo no avanza, sino que se enrosca sobre sí mismo como una serpiente.

 

Mis versos son el coronel que espera una carta que nunca llega, la estirpe condenada que descifra los pergaminos de su propia fiebre, el hacha que clavo en el fondo de la tierra para desenterrar mis propios espectros. No encuentro refugio en las palabras: hay selva, hay dictadores de cartón piedra cayéndose a pedazos en mi cabeza, hay un realismo tan agudo que me duele como una cuchillada en la memoria.

 

Escribir ha sido mi patria portátil, el sortilegio necesario para que la historia no me devore entera.

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin más

 

 

Si no hubiera tocado fondo con las manos vacías

y el eco de mis propios gritos rebotando en las paredes,

quizás hoy sería blanda.

Una madera fácil de doblar,

dispuesta a encogerse para caber en la comodidad ajena.

 

Pero me parió el rigor.

Me armó esta inteligencia de navaja,

esta negativa rotunda a negociar la altura,

esta exigencia implacable conmigo misma

que no consiente la desmedida ni el engaño.

 

 

 

 

 

 

 

 

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